Por Ricardo Perret*

En México existen cinco millones de funcionarios públicos: 1.7 millones en el ámbito federal, 2.3 millones en el estatal y uno en el municipal. Y, al mismo tiempo que el gasto para pagar sueldos a servidores públicos aumenta año con año hasta alcanzar la cifra récord de 250,000 millones anuales, sólo a nivel federal, más otros 350,000 millones de los niveles estatal y municipal, la corrupción alcanza también niveles récord nunca registrados.

Algunos organismos internacionales calculan que la corrupción le cuesta a México 2% de su PIB (aunque yo creo que es mucho más), mientras que hay instituciones nacionales que aseguran que una tercera parte del recurso público jamás llega a su destino planeado. Para muestra, un botón: se estima que no hay registros del paradero de 42,000 millones de pesos del erario tan sólo en el gobierno de Veracruz.

Esto nos hace dimensionar el orden del problema: muchísimos funcionarios, nómina altísima, gran ineficiencia y alarmante corrupción.

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Así, podemos asumir que miles de funcionarios estarán involucrados en actos de corrupción y que, probablemente, sus mismos puestos y sueldos fueron creados a través de estrategias opacas de nepotismo o de asignación de plazas a cambio de favores.

Hasta cierto punto, la gran mayoría de los servidores, en algún momento, se entera de o participa en un acto opaco, un trato en lo oscuro, una asignación nepotista, un desvío o robo literal de recursos. Pero, a diferencia de lo que debería ocurrir, no lo denuncia, por temor, costumbre… o por colusión.

Miles de funcionarios firman, dejan pasar y/o participan en actos deshonestos, tanto porque se llevan una parte del pastel, como por el simple mecanismo de hacer lo que el jefe diga. En muchos casos, son los funcionarios los que terminan pagando con cárcel, inhabilitación o sanciones, mientras que sus jefes andan tan libres y campantes.

Mi pregunta aquí es: ¿Qué tanto estos seres humanos en estas posiciones de servicio son conscientes de lo que sucede y son capaces de aplicar sus valores y ética en la toma de decisiones? ¿O son simples “robots” que validan todo lo que sus jefes dicen, a cambio de migajas, de mantener su puesto o de seguir siendo aceptados en su partido político?

Ejemplo: ¿Cuántos funcionarios estuvieron al tanto de los actos de espionaje que hubo en los gobiernos o de los desvíos multimillonarios registrados en Nuevo León, Sonora, Sinaloa, Coahuila, Nayarit o Quintana Roo? Miles, pero nadie hizo algo para impedirlos o denunciarlos.

Muchos seres humanos, a lo largo de su vida, van entregando su poder creador y su capacidad de toma de decisiones a otros, hasta convertirse en zombis o máquinas al servicio de sus superiores.

Claro, los jefes corruptos están felices de tener personas adiestradas para seguir órdenes, y no personas libres que toman decisiones desde sus virtudes y valores. Los jefes se aprovechan de la lealtad de sus funcionarios y los involucran, embaucan y hasta amenazan para que les aprueben y operen sus despiadados actos de corrupción, desviando dinero que tenía como destino la salud de niños y ancianos, la educación, las pensiones, el mantenimiento o la creación de infraestructura que tanto necesita el país.

Es hora de que los cinco millones de servidores públicos despierten y se conviertan en personas pensantes que toman decisiones con su ética y virtudes bajo el brazo; y que impidan o denuncien actos corruptos en su área.

México entero necesita de seres éticamente conscientes de su rol, tan importante, de funcionarios públicos.

Creo, que en estos tiempos (y probablemente en los años venideros), serán los funcionarios los que habrán de liderar una revolución para alcanzar la transparencia y dar fin a la corrupción, ya que, entre las filas de jefes, no se ve clara esa voluntad.

Ante esta situación, hago un llamado a los funcionarios públicos: México y los mexicanos necesitamos de ustedes para que eviten, impidan y denuncien los actos de corrupción, que dejen de ser robots programados para autorizar y ver pasar los actos de ilegalidad, y que, con sus valores, ayuden a cambiar, para bien, el gobierno.

*Ricardo Perret es fundador de La Montaña, Centro de Transformación y autor de 10 libros.

 

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Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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