Por Miriam Jiménez

En los últimos dos años, el go­bierno federal recortó 15,000 millones de pesos (mdp) al sector salud en México. En los próximos años, el sistema enfrentará una población que además de haber envejecido, presentará grandes índices de enfermos crónicos que deman­darán tratamientos costosos y prolongados, que pondrán a prueba la capacidad del gobierno para generar políticas que disminuyan el rezago en salud pública.

El caso de Diana Rosado es ilustrativo. Enfrentó hace cinco años el diagnóstico de demencia vascular de su madre, y a partir de ese momento empezó su vía crucis por clínicas y hospitales; un lustro después, y a pesar de contar con un dictamen de una enfermedad crónico-degenerativa, esta maestra universitaria sólo consiguió cita con su médico familiar en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Es decir: su madre no fue transferi­da con ningún neurólogo, psiquia­tra u otro especialista. Después de andar un tiempo de ventanilla en ventanilla, se dio por vencida y empezó a enfrentar la enfermedad en la medicina privada, con cargo a su bolsillo y el de su familia.

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Historias como la de Diana se escriben día con día en el sistema de salud mexicano. Los protagonis­tas son, por un lado, una población que de acuerdo con los especialistas envejece seis veces más rápido que lo que envejecieron los europeos en los últimos 30 años, a una tasa de 0.5%. Y por el otro, un sistema pú­blico desarticulado y con recursos insuficientes para responder a la demanda, incluso en los de nivel de atención básicos.

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Cifras del Consejo Nacional de Población (Conapo) estiman que la transición demográfica será el cambio más notorio del siglo XXI en la República Mexicana.

En la década de los años 70, la apuesta era disminuir el número de nacimientos, que en ese tiempo alcanzaba los siete hijos por pareja, pero aunque se redujo significa­tivamente la tasa de fecundidad hasta llegar a un promedio de dos hijos por familia, con los avances de la medicina se elevó hasta los 82 años de edad la esperanza de vida de los mexicanos; el resultado, una población que envejece a pasos agigantados.

En unos años, en México habrá más adultos mayores de 60 años que niños menores de 14.

Para 2050 se estima a una cifra de 17.4 millones de niños de 0 a 14 años y 28 millones de personas de más de 65 años, quienes representarán una cuarta parte de la población. Con el tiempo, ese grueso sector de la po­blación de tipo geriátrico demanda­rá tratamientos que requerirán una mayor carga presupuestaria.

Son nueve las enfermedades crónico-degenerativas de mayor incidencia en la población mexica­na, que además de cobrar el mayor número de vidas, demandan al Es­tado mayores recursos presupues­tarios para su atención cada año. La diabetes, el cáncer, los padecimien­tos cardiovasculares, cerebrovascu­lares, la neumonía, enfermedades crónico-respiratorias, hipertensión, obesidad y enfermedades del híga­do son los enemigos número uno de la salud pública en México.

 

Males crónicos

Hoy, la diabetes es el padecimien­to que causa el mayor número de muertes en el país, alrededor de 90,000 decesos por año. Sólo durante el sexenio anterior, esa enfermedad causó 500,000 defun­ciones, de acuerdo con datos de la Secretaría de Salud.

A este factor es preciso sumar el resto de enfermedades crónico-de­generativas, que no solamente son las más complicadas de tratar, también son las que demandan ma­yores recursos económicos, pues su tratamiento es caro y de muy larga duración.

“En 1990, enfermedades como la diabetes, la insuficiencia renal crónica y cardiopatía isquémica no figuraban como padecimientos de atención prioritaria; hoy estas enfermedades ocupan los prime­ros tres lugares que causan mayor discapacidad. Esto es un ejemplo de cómo las enfermedades crónicas no transmisibles se han vuelto la principal preocupación en mate­ria de salud”, advierte Cristóbal Thompson, director ejecutivo de la Asociación Mexicana de Industrias de Investigación Farmacéutica (AMIIF).

Dicha problemática no sólo es un asunto del grupo de mayor edad, pues en todos los niveles de edad adulta e incluso entre los infantes se presentan problemas de salud que antes no eran frecuentes, resultado del sedentarismo y los estilos de vida poco saludables que predominan entre las poblaciones urbanas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha señalado que México es la nación con mayor obe­sidad en el mundo, mientras que el segundo Estudio sobre los Sistemas de Salud en México OCDE 2016 resalta que uno de cada tres niños tiene sobrepeso u obesidad, y en la población adulta 71% la padece. Esta enfermedad es denominada de alto riesgo porque de ella se derivan otros padecimientos, como es el caso de la diabetes y enfermedades del corazón y el hígado.

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Lo anterior impacta no sólo en la salud de las personas, sino también en su actividad laboral. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) estimó en 2014 que el impacto anual de la obesidad en la productividad fue de 400 millones de horas laborales perdidas, lo que implica 32% de los empleos forma­les creados en ese año.

El cambio demográfico estará generando una transformación en la epidemiología.

“Las enfermedades infecciosas todavía tienen presencia en algunas zonas del país y, en términos de fre­cuencia, son mucho más relevantes que las crónico-degenerativas, que se expresan con mayor incidencia en zonas urbanas, de tal forma que el desafío para el sistema nacional es atender a estos dos grupos de padecimientos”, puntualiza Juan Francisco Millán, director del Consejo de Ética y Transparencia de la Industria Farmacéutica (Cetifarma).

 

Graves y sin dinero

El panorama no pinta nada bien para un país que destina 6.2% del PIB a la salud, cuando el promedio de los países miembro de la OCDE es de 9.3%. Aun así, en los últimos 18 meses el presupuesto para el sector se ha reducido. En febre­ro de 2015 se recortaron 10,000 millones de pesos (mdp) que serían destinados a capacitación y nuevas inversiones hospitalarias. Para el presupuesto de 2016, el recorte al gasto en salud fue de 5,263 mdp.

La situación se agrava porque a pesar del bajo crecimiento de la po­blación, la infraestructura médica y hospitalaria actual es insuficiente para atender los requerimientos futuros de la población. Para los especialistas en la materia, México enfrenta varios retos. Todos ellos coinciden en que el primero y más importante será unificar el sistema de salud.

“Esto requiere realizar modifi­caciones a la Ley General de Salud para garantizar que instituciones como IMSS, ISSSTE y las secreta­rías de Salud, tanto federales como locales, brinden atención médica a cualquier paciente sin importar de cuál de ellas es derechohabiente. Un tema que desde el ámbito jurí­dico se ha tratado de empujar, pero hoy todavía está lejos de hacerse realidad”, menciona Luis Adrián Quiroz, presidente de la asociación Derechos, Salud y Justicia.

Otro elemento que ayudaría a que la portabilidad y homologación de los servicios de salud se hicieran realidad, además del aspecto legal, es la implementación del Expedien­te Clínico Electrónico Integral y Unificado, mismo que podría con­vertirse en el eje de las soluciones con las cuales se beneficie a todos los participantes de la atención médica, resalta el documento “Pers­pectivas del Sector Salud en México 2015”, elaborado por la consultora PwC.

La fragmentación del sistema es tal que existen en el país tres tipos de beneficiarios de las instituciones de salud: los trabajadores asala­riados y jubilados, así como sus familias; los autoempleados, los trabajadores del sector informal, los desempleados y la población con capacidad de pago. Cada uno de ellos, según el grupo al que pertenezcan, pareciera que son ciudadanos de primera, segunda, tercera y hasta de cuarta categorías.

“La propuesta del Seguro Popu­lar es maravillosa, pero te pongo un ejemplo, entre las personas que vivimos con VIH, las que se atien­den en el Seguro Popular se mueren más rápido porque no tienen todos los servicios, la curva de muerte es más rápida en este sistema que en el IMSS”, asegura el presidente de la asociación Derechos, Salud y Justicia.

Eso ocurre porque mientras en un lado tienen hospitalización, antirretrovirales, seguimiento, etcé­tera, del otro lado no tienen nada y entonces el gasto de bolsillo, a cargo de los familiares, que en México es muy alto, aumenta aún más.

No es de extrañar entonces que México tenga una de las cifras más altas de gasto de bolsillo entre los países de la OCDE, el cual repre­senta 45% del total de los recursos destinados al sistema de salud, algo así como 216 dólares mensuales, dependiendo del tipo de padeci­miento atendido.

Cuando se trata de padecimien­tos crónicos-degenerativos que requieren tratamientos por un largo periodo pueden llegar a dejar en la pobreza a cualquier familia que no cuente con una cobertura de seguro que respalde el padecimiento de su familiar. Por ejemplo, el estudio de la OCDE revela que 33% de las re­cetas emitidas en el seguro popular no se surte en la institución debido a la falta de medicamentos.

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Xavier Tello, médico cirujano y consultor en comunicación en salud, expone que menos de 6% de la población posee un seguro privado de gastos médicos y sólo poco más de 55% cuenta con acceso a medicina institucional y, aún así, un número no determinado de estos pacientes se ven obligados a comprar algún complemento para su tratamiento o el total de sus medicinas en una farmacia privada, ya que ninguna cobertura de seguro cubre al 100% los medicamentos requeridos, y en el caso de los derechohabientes, las instituciones públicas de salud no cuentan con el abasto adecuado de medicamentos.

El cuadro se complica cuando observamos que el informe de la OCDE revela que el sistema del Seguro Popular no cubre infartos cardiacos en personas mayores de 60 años, tampoco los eventos car­diovasculares, las diálisis por insufi­ciencia renal, la esclerosis múltiple y el cáncer de pulmón.

Si a lo anterior sumamos que poco más de 80% de los padeci­mientos crónicos son atendidos en instituciones como IMSS, ISSSTE y Seguro Popular y que apenas el 3% es atendido en instituciones privadas, mientras que el resto se atiende en los sistemas de salud de Pemex, Sedena, DIF y Marina, podemos advertir que las personas con alguna enfermedad crónico-de­generativa enfrentan un panorama de incertidumbre en cuanto a la eficiencia del tratamiento de su padecimiento.

 

Apenas se checa

Según cifras de la Secretaría de Salud, en 45% de los hogares en México se tiene acceso al sistema de salud pública, en donde al menos un miembro de la familia está afi­liado a alguno de los formatos de servicios de salud, IMSS, ISSSTE o Seguro Popular. Datos recientes de este último sistema de salud revelan que se alcanzaron ya los 50 millo­nes de afiliados.

Pero quizás el problema mayor es un régimen de salud que está totalmente fragmentado, provo­cando que se destinen mayores recursos económicos y atención a un reducido número de personas e instituciones de la sociedad, mien­tras otras quedan en un estado de vulnerabilidad.

“Tenemos un sistema mixto, en el cual los gobiernos presentan una oferta muy diversa de servicios, en donde la calidad del servicio es heterogénea, así como los recursos materiales y humanos”, apunta Xavier Tello.

“Se debe ver la salud como un todo. Pensar en sistemas únicos de atención y trabajar en ello, aunque eso nos llevaría años. España se atrevió en los años 80 y actualmen­te su sistema es uno de los mejores del mundo”, agrega Luis Adrián Quiroz.

La precariedad en la atención médica de primer nivel, compren­dida entre los consultorios de los centros de salud y los puestos de salud provisionales, es en donde se debería priorizar la prevención y el diagnóstico temprano y certero de los padecimientos, en donde ade­más se debe contar con médicos, enfermeras y trabajadores sociales adecuadamente capacitados y con mayores herramientas de informa­ción para desempeñar su trabajo.

“El primer problema que se tie­ne en el país es que el primer nivel de atención es obsoleto y el perso­nal no cuenta con una capacitación y actualización adecuada, cuando es ahí a donde llegan las personas para hacerse un primer diagnóstico, visita que muchas veces retrasa el paciente porque las personas prefieren automedicarse antes de ir con un doctor”, menciona Luis Adrián Quiroz.

“Cuando te decides a ir a una clínica u hospital es porque ya estás extremadamente jodido y si aparte entras a un sistema que no agiliza los procesos de envío a un segun­do nivel, el asunto se complica. Y cuando finalmente te remiten a la consulta con un especialista, ya estás más amolado. No sólo eso. Llegas con un tratamiento de muy alto costo, debido a que ya perdiste al menos dos años para iniciar un tratamiento intensivo”, comenta el especialista.

Un hecho que no deja de ser preocupante en todo el complejo entramado de la salud es la adecua­da atención a los pacientes.

“No se trata sólo de la inmedia­tez, que no deja de ser importante. Las estimaciones más conserva­doras dicen que en promedio el tiempo de espera para una consulta en instituciones públicas es de hora y media, si bien te va; mientras en hospitales privados esto se reduce a media hora. Si hablamos de una cirugía, el tiempo de espera para conseguir una cita puede exten­derse hasta seis meses”, expone Quiroz, de la asociación Derechos, Salud y Justicia.

Además, a la lista hay que agregar que el sistema de salud del país enfrenta el reto de aumentar la afiliación de personas que, en su mayoría, se encuentran en la econo­mía informal, pues de acuerdo con el informe de la OCDE, 60% de los trabajadores mexicanos está en esa situación.

Sin duda, el diagnóstico del sistema de salud en México es delicado, y de no atenderse desde ahora, en los próximos años podría entrar en terapia intensiva.

 

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