Los atentados terroristas de San Petersburgo son una muestra más de la falta de equilibrio de poder que hay en el mundo, hacen evidente que desde el final de la Guerra Fría hay un vacío de liderazgo por lo que no se ha logrado balancear las diferentes fuerzas de los actores internacionales.

Al no existir ningún hegemon con la estabilidad interna y externa que sea capaz de sustentar el peso de la dinámica internacional, la especulación que hay en torno a la relación entre Estados Unidos y Rusia o mejor dicho entre el presidente Donald Trump y Vladimir Putin da muestra de que aún hoy el esquema bipolar no es la respuesta para la estabilidad y la pacificación mundial.

Si bien es cierto que en Rusia desde 1995, la mayor cantidad de ataques terroristas están asociados a la rebelión chechena, hoy en día sabemos que las células del terrorismo transnacional trastocan los esquemas y patrones de comportamiento mundial.

Al vincular el autor kirgistano del atentado a las células del Estado Islámico, nos pone frente a una de las más grandes amenazas para el orden internacional actual no tanto por el radicalismo o el extremismo propio del Estado Islámico sino por la inminente incapacidad de los sistemas de seguridad al interior de los países para prever más que para contener un ataque de estas proporciones.

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Hay que recordar que no es la primera vez en la que Rusia o algún país europeo han visto vulnerada la integridad de sus sistemas de seguridad, lo que asombra es que a pesar de los esfuerzos comunes al interior de la Unión Europea por establecer un sistema antiterrorismo común que permita enfrentar contingencias previas a la amenaza de un ataque, o bien, a la erradicación de estas amenazas con acciones de identificación de células terroristas.

La realidad hoy, nos hace pensar que esta cuarta fase en el desarrollo del terrorismo está más acentuada y fortalecida desde la fluidez que ofrecen los medios digitales y la atomización de los grupos terroristas que les permiten la expansión ideológica que tanto preocupa a los gobiernos del mundo.

La capacidad de respuesta ante un atentado terrorista se vuelve más lenta e ineficiente debido a que virtualmente un atentado terrorista podría ocurrir en cualquier lado y en cualquier momento. De ahí que la preocupación central hoy en día sea respecto a la falta de impacto que tienen las estrategias tradicionales (militares y de inteligencia) en la lucha contra el terrorismo.

Hablar de una guerra o lucha contra el terrorismo hoy en día, no debe quedarse en la parte estratégica, táctica-operativa; sino que debe ir en función de los patrones sociales, culturales e ideológicos a través de los cuáles las ideologías y tendencias llegan a todas las latitudes del mundo.

Buscar la contención del terrorismo global implica el desarrollo de estrategias integrales que ofrezcan elementos para la atención de asuntos coyunturales y no únicamente del manejo de crisis (posterior a un ataque consumado).

La polarización y estigmatización de grupos e ideologías solo conlleva al fortalecimiento de la violencia y al debilitamiento de la agenda internacional y, por supuesto, obstaculiza la consecución de los objetivos para el desarrollo sustentable.

 

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