Después de muchos años, finalmente en 2000 se dio la llegada de la alternancia democrática a nuestro país y no necesariamente ha concluido el proceso de transición. Pareciera que paulatinamente la alternancia democrática toma forma y cada pieza se está acomodando en su lugar, que el país avanza en la consolidación de las autoridades electorales, que lidiamos con elecciones cerradas, que aprendemos respecto al desarrollo de más y mejores encuestas y que avanzamos en el acceso a la información. Aparecen al mismo tiempo nuevos retos como son el financiamiento y control de los gastos de las campañas, así como el costo mismo del aparato electoral y las elecciones, además del tema de la legitimidad de las mismas y la segunda vuelta.

Si bien todos esto logros y retos son avances muy importantes, en un sentido más amplio una transición hacia la democracia implica sentar las bases del país que queremos crear y trasciende el tema propio de las contiendas y la competencia electoral. Esto implica definir algunas políticas clave de Estado que van más allá de los gobiernos mismos y unos acuerdos básicos en ciertos temas sustantivos para el desarrollo y marcha del país. Aquí hemos avanzado -bastante menos diría yo- aunque existen algunos elementos que nos dan cierta certidumbre respecto a valores básicos. Recientemente han surgido temas que parecían ya resueltos como el manejo macroeconómico y los niveles de endeudamiento sobre los que parece no haber acuerdo entre los distintos actores políticos. Quizá el aspecto más relevante sea la forma de relacionarnos, de convivir políticamente como mexicanos, para operar como país y en este tema pareciera que hemos avanzado muchos menos a pesar que ha habido algunos logros como fue, en su momento, el Pacto por México cuya capacidad de ser replicado pareciera más circunstancial que institucional.

De esta forma, si bien hemos avanzado en aspectos de competencia electoral, quedan otros aspectos de gran trascendencia en los que se ha avanzado bastante menos y que son fundamentales para completar nuestro proceso de transición democrática. Entre los que quedan pendientes está quizá uno de los más importantes -si no es que el fundamental- en un proceso de transición como el que vivimos: la reconciliación nacional. A lo largo del periodo del antiguo régimen –predemocrático- se fueron juntando una serie de agravios reales o imaginarios que han tenido un impacto importantísimo en el sentir, en la percepción, en el escuchar y, por supuesto, en el bienestar y riqueza de los mexicanos. Y desde la llegada misma de la democracia no ha habido un proceso para cerrar ese pasado con el antiguo régimen. Por cerrar me refiero a ese espacio en el que como país nos permitimos reconciliarnos con ese pasado y agravios y, desde un espacio limpio y nuevo, acordamos movernos hacia adelante hacia un futuro juntos. Hemos tenido alternancia, ido y venido pero no hemos cerrado con ese pasado.

Si bien hubieron algunos intentos de cerrar con el pasado de cara al futuro como los “Acuerdos de Chapultepec” en 2001  y el “Acuerdo Nacional para la Unidad, el Estado de Derecho, el Desarrollo, la Inversión y el Empleo” en 2005, estos acuerdos no tuvieron en realidad un impacto en lo sustantivo: la reconciliación nacional que permite movernos y trabajar juntos hacia adelante sin zancadillas. De alguna manera se firmaron sin tocar la parte de dejar todo “limpio” y hablado para podernos perdonarnos por un pasado común del que todos somos parte, del que todos nos sentimos afectados y del que todos tenemos algo que decirnos para dejarlo cerrado. El resultado de no haber hecho eso hoy es que existe un pasado inmenso que se aparece cada vez que vienen temas sustantivos sobre nuestro futuro y, se interponen, precisamente, con ese futuro hacia el cual queremos ir al no lograr avanzar porque cualquier propuesta o acción se bloquea porque está impregnada de agravio. Cuando caemos en esos agravios que no cesan, hacemos pedazos a un partido y le escamoteamos el apoyo; mismo que mañana hará pedazos uno a otro. O también cuando no reconocemos los resultados de las elecciones pues para muchos la democracia quiere decir que gane su partido y, si no, pues no acepta al ganador. Esta politización en la que es preferible que se hunda México para que se hunda por quien yo no voté. Esa falta de cooperación de la que tanto nos quejamos. Esa conducta de los cangrejos en la otra cubeta.

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Esto se debe a que la explicación de muchos de nuestros males durante el antiguo régimen, previo a la alternancia democrática, era bastante convincente. No vivíamos en un régimen democrático y el resultado de eso fue que tuviéramos gobiernos nefastos que nos traían el monopolio exclusivo de muchos males. Las famosísimas crisis económicas de los setenta y ochenta con exceso de gasto, corrupción, dispendio, inflación, devaluación y caída eran el resultado de tener este arreglo institucional antidemocrático. Sin embargo, cuando uno mira a los vecinos de nuestra mismísima América Latina encuentra que muchos de estos eventos desafortunados -que considerábamos eran patrimonio mexicano por nuestro peculiar régimen- resulta que se vivieron con la misma e incluso con mayor intensidad en otros países de la región. Las crisis económicas, escenarios de hiperinflación como en Bolivia, las devaluaciones continuas de las monedas como en Argentina y el exceso de gasto y populismo, así como las economías cerradas al comercio internacional como el caso de Brasil, son todos eventos que se vivieron a lo largo y ancho de la región. Más aún, la famosísima crisis de la deuda de mediados de los ochenta detonada por la caída en los precios de los commodities y la subida en las tasas de interés con el consecuente impacto en las economías y que se conoció como la llamada “década perdida” -por el bajo crecimiento económico- fueron comunes a todos los países de América Latina. Incluso la solución que fueron los famosos “Bonos Brady” fue una solución gestionada por las autoridades de nuestro país y luego adoptada por el resto de los países. Sin embargo, en nuestra conversación como país fueron patrimonio de nuestro arreglo institucional. Llegó la alternancia y seguimos de alguna forma culpando al antiguo régimen de muchos de nuestros males actuales.

Y es claro que todas estas crisis y formas de conducir los gobiernos en el antiguo régimen tuvieron un impacto en el bienestar y calidad de vida de todos los mexicanos. Y eso no se va ir si no logramos como país hablarlo para “limpiarlo” y dejarlo atrás. El regreso del PRI ha creado en gran medida esta sensación de que estamos regresando al antiguo régimen y nos ha polarizado. Existe una simbiosis entre el antiguo régimen y el PRI. A pesar de que su regreso fue resultado del proceso democrático que vivimos existe una sensación profundamente arraigada en muchos de que es un viaje forzado al pasado. Ciertas formas de conducirse, de discurso o de manejar la administración pública han hecho que el recuerdo esté en carne viva y la crispación sea muy evidente. Esto se ha mezclado con años de un crecimiento moderado después de las grandes expectativas generadas con las reformas estructurales. Y lo que tenemos es nuevamente un ambiente de molestia y, políticamente poco constructivo, que no hace más que entorpecer y desempoderar las acciones de la actual administración y, sin darnos cuenta conscientemente, el rumbo de nuestro país.

Países que han vivido experiencias similares en las que ha habido un régimen o partido dominante han encontrado formas de lidiar con estos agravios en forma constructiva. El caso de España, por ejemplo, con los Acuerdos de la Moncloa que le permitieron pasar de la dictadura a un gobierno estructurado y funcional inmediatamente después de la muerte de Franco, dejando atrás los estira y afloja resultado de ajustes de cuentas por agravios de décadas. O el caso de Chile que paulatinamente ha encontrado la forma de trabajar en forma conjunta para realizar las reformas necesarias e impulsar el crecimiento de ese país a pesar de los agravios latentes y desapariciones forzadas entre su gente. Apenas recientemente Colombia se encuentra culminando un proceso para cerrar un tema que dividía grandemente a los colombianos como era reconciliarse con las décadas de guerrilla. Si bien estos acuerdos son fundamentales y necesarios, nunca son perfectos y requieren refrendarse día a día y momento a momento. Esa forma de dejar atrás -sin olvidar quizá- pero siendo capaces de mirar hacia delante y trabajar juntos por un interés mayores clave para México. Cada país encuentra su tiempo y su forma, es el turno de México de hacerlo. Y no va a pasar si no lo causamos para que ocurra.

Para México no implica otra cosa que perdonarnos y para hacerlo es necesario tomar responsabilidad individual donde cada quien haya estado como mexicano -y del lado que haya sido- para limpiar ese pasado con su impacto y que nos detiene en el agravio y cerrarlo. Sólo esto nos permitirá ir hacia delante. En el fondo implica tomar responsabilidad para dejar de victimizarme y admitir:

  • Que el antiguo régimen no fue una imposición y que yo, como ciudadano, participé con lo que hice y con lo que no hice en la creación y operación del mismo cualquiera sea la forma en que haya operado.
  • Que todos los males y los impactos causados no necesariamente se debieron a que teníamos un sólo partido en el poder y que en América Latina vivimos crisis financiero-económicas muy similares a pesar de que en algunos países de la región había alternancia democrática.
  • Que los gobiernos del antiguo régimen y sus miembros están conscientes en que le fallaron en muchos aspectos a los ciudadanos y esto tuvo un impacto profundo en la calidad de vida y bienestar de los mexicanos.
  • Que muchos de los males de los que como sociedad me quejo, ya sea falta de estado de derecho y la corrupción tienen su origen en conductas sobre las cuales puedo actuar si me lo propongo.
  • Que es la ciudadanía el espacio en el que surgimos todos, incluyendo al gobierno; primero somos ciudadanos y a partir de allí empresarios, artistas o políticos.

Esta es una oportunidad para ver algo en México: logramos la alternancia pero no hemos logrado reconciliarnos con el régimen anterior y vivimos presos de esos agravios, algunos reales y otros imaginarios, pero están allí y afectan nuestra convivencia política y efectividad como país. En momentos en los que queremos crecer más y recibimos embates de una nueva administración en los Estados Unidos la pregunta sobre qué nos falta para tener la fortaleza interna y cerrar filas es cada vez más importante. Hasta que nos perdonemos -en infinitivo- como mexicanos y nos liberemos los unos a los otros, estaremos realmente por el país; al reconciliarnos y perdonar, sin darnos cuenta, habremos liberado el camino hacia el país que anhelamos.

 

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