Descalificar las manifestaciones sociales puede ser una maniobra política que resulte contraproducente para los gobiernos. Las protestas de los  “Çalpucu” en Estambul son un ejemplo de la falta de cooperación para el diálogo. 

 

 

Alguien debería explicarle al primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, lo que está pasando a su alrededor. Alguien debería contarle el mundo en el vive y que lo que está pasando en la capital de lo que el considera “su país” no es nuevo ni ajeno al resto del planeta, sino más bien una tendencia mundial donde las masas están tomando un rol cada vez más importante. Que alguien le diga por favor que todo lo que está haciendo sólo va a empeorar las cosas. Porque parece que Erdogan no entiende.

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No entendió nada de la Primavera Árabe, manifestaciones pacíficas que fueron creciendo con cada golpe represivo hasta terminar como en Siria en una violenta guerra civil. No se ha asomado a los informativos de televisión para ver a los estudiantes chilenos luchar contra los tanques antimotines armados de palos piedras y bombas molotov; tampoco debió haberse enterado de los reportes de su embajada en México, que debieron comentarle de la violencia de grupos anarquistas durante la toma de protesta de su homólogo mexicano.

Tampoco se enteró de las protestas en Wall Street, y seguramente piensa que fuera del comercio internacional y las instituciones supranacionales, la globalización no existe.

A 10 días de protestas sentenció: “No rendiremos cuentas ante grupos marginales, sino ante la nación, que nos condujo al poder y es ella la única que nos sacará”. La pregunta es ¿a quién considera Erdogan la nación? Queda claro que a la gente amotinada en diversas provincias no.

Es posible que piense que todos los demás, menos ellos, sí lo son, siempre y cuando no protesten contra él. Sin embargo, sus decisiones lo entramparon en un proceso que Michael Hardt y Antonio Negri describen en su libro Multitude.

Ambos autores señalan que la multitud debe ser entendida como una red en expansión, en cuyo seno todas las diferencias puedan ser expresadas. Por tanto, una multitud que se moviliza y protesta podrá ser marginal en un inicio, pero de a poco irá convocando a otros sectores para construir una red anárquica, en el sentido que carecerá de un liderazgo central y de una estructura organizativa jerárquica.

Cada uno de esos grupos llevará sus demandas, hasta entonces, marginales al seno del colectivo, el cual servirá como amplificador y colector de demandas en una espiral simbiótica que terminará por darle sentido a la masa.

Tanto Hardt como Negri aclaran que la multitud necesita un proyecto político para transformarlo en realidad: ese proyecto es la revuelta, la cual moviliza a la comunidad en dos sentidos: por un lado, incrementa la intensidad con cada protesta (y si es reprimida da nuevas banderas a la lucha, y si hay muertos, le otorga mártires al movimiento) y, por el otro, se extiende hacia otras protestas, primero en el ámbito nacional y después comienza a comunicarse con otras multitudes en diferentes partes del planeta, sin importar que sus demandas sean a veces incompatibles.

Así los Ocuppy de Londres, los Indignados en España, los Pingüinos en Chile, la Revolución Azafrán en Myanmar, la Ola Verde en los países árabes, los Zapatistas en México y ahora los “Çalpucu” en Estambul están luchando contra un mismo enemigo que, al igual que ellos, está en todas partes aunque, a veces, sea imposible describirlo: El Sistema.

Si vemos, cada uno de esos movimientos tuvieron un origen diferente, con demandas razonables y todas pacíficas. Algunos en regímenes dictatoriales o donde gobernaban juntas militares, otros en democracias liberales, otros más bajo regímenes islámicos. Poco importan, pues, para este análisis los orígenes de los movimientos o el régimen al que se sublevan, sino el peso que está adquiriendo la sociedad civil no organizada.

Así, la política de Erdogan, lejos de intimidar a la población, la está incendiando. Cada vez que endurece su discurso, lanza más gente de diversos niveles sociales, edades e ideologías a las calles a protestar contra él. Digamos que sirve de levadura para aumentar el tamaño de la masa, que por el momento ya tiró la bolsa de valores y ahuyentó a los capitales más sensibles.

En este momento, las salidas que le quedan son pocas: una, es retirar a la policía e iniciar el diálogo con miras a cumplir las demandas más sensibles; otra, es la represión a ultranza, lo cual terminaría en una masacre y quizá en un alzamiento generalizado, que Europa, ante lo sensible de su situación, no pueda soportar; otra más es que renuncie. Así que alguien debería explicarle a Erdogan cómo funciona el mundo porque queda claro que él no lo entiende.

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