Colombia debería distanciarse de la política militarista de EU en el tema de las drogas y convertirse en un referente en el cambio del paradigma para el combate al crimen organizado.

 

Colombia es uno de los países de América que más ha sufrido la política exterior de primacía –mantener su superioridad militar y económica– de los Estados Unidos. Dentro de su mapa estratégico, el país sudamericano es la última frontera para su seguridad nacional. De ahí que fomentaran la separación de Panamá en 1903,de forma análoga a como lo hizo Rusia con Crimea recientemente. El canal estaba en construcción y a inicios del siglo pasado Panamá era considerado la puerta a la modernidad para Colombia. Sin embargo vivía la Guerra de los Mil Días, y EU apoyó la separación para evitar que la inestabilidad afectara sus intereses.

A pesar de ello, tanto Colombia como Panamá se convirtieron en los grandes aliados en la región para EU. De hecho, en Colombia eran vistos como el eje rector, la estrella a seguir. Mientras que en Panamá no les quedaba más opción. Sobre todo con una base militar estadounidense en su territorio y el principal centro de entrenamiento de oficiales y fuerzas contrainsurgentes del continente, la School of the Americas (SOA). De este centro egresaron varios golpistas y violadores de derechos humanos, hoy presos o bajo proceso judicial.

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Durante el gobierno de Álvaro Uribe, la estrategia colombiana de acoplamiento hacia la política exterior de los Estados Unidos se intensificó, y en lo que va del siglo ha sido uno de los factores de mayor peso de desunión en América Latina, donde los actores relevantes bregaron contra la corriente, sobre todo contra la postura belicista de George W. Bush y su belicismo rampante.

El plegamiento colombiano alentó directamente la postura de desafío frente a los Estados Unidos de parte de los gobiernos del fallecido Hugo Chávez (hoy mantenida por Nicolás Maduro) en Venezuela y Rafael Correa en Ecuador. Quienes a su vez toleraron acciones clandestinas de las FARC, dando lugar a una espiral donde Colombia estrechaba lazos con la potencia mundial, como una medida para defender sus fronteras. El ejemplo más claro del llamado dilema de seguridad.

A través del llamado Plan Colombia, este país ha profesionalizado y abastecido a sus Fuerzas Armadas. Sin embargo, el costo en vidas humanas e inestabilidad también ha ido en aumento.

Durante más de una década, las preocupaciones de EU se centraron en el nexo entre drogas y crimen organizado; el despliegue de terrorismo transnacional de alcance global, y la debilidad o ausencia del Estado. Y todo esto presente en Colombia. Su estrategia al respecto fue intentar encapsular el problema. Pero a la fecha no se ha solucionado. Las FARC cumplieron ya 50 años de existencia, lo que las convierte en el grupo subversivo en activo más antiguo del continente. El narcotráfico y las bandas del crimen organizado, no sólo no han menguado su actividad, sino que han migrado a otros países, como Perú, que en la actualidad es ya el principal productor de cocaína del mundo. Por otro lado, el crimen organizado transnacional con sede en México se ha ido extendiendo hacia el sur en busca de controlar ya no sólo el tráfico sino también la producción.

La buena noticia es que América Latina no es hoy día una prioridad para los Estados Unidos. Están más preocupados por que el resurgimiento de China sea pacífico como prometen; que las aspiraciones de Rusia no desemboquen en un conflicto bélico; controlar el caos que desató G. W. Bush con sus guerras en el Medio Oriente. O como explicara la ex secretaria de Estado de EU Hillary Clinton, el futuro de la política se decidirá en Asia.

Colombia debería aprovechar este momento para distanciarse de la política militarista de EU respecto al tema de las drogas y convertirse en un referente en el cambio del paradigma para el combate al crimen organizado. Pensemos en algo en apariencia radical: podría comenzar con una liberalización gradual de la producción de hoja de coca y su consumo de manera no industrializada; esto es, la masticación. Lo importante es ir desagregando toda la cadena de producción y legislar gradualmente hasta encontrar un óptimo entre la regulación del Estado, la liberación del mercado y libertad de los individuos.

Para lograr este propósito debería optar por una estrategia de contención limitada para construir en primera instancia un bloque con Perú y Bolivia para aprovechar el precedente que este último país generó, al tiempo que apoya su iniciativa para suspender los párrafos 1c y 2e del artículo 49 de la Convención Única de 1961, que prohíben la masticación tradicional de la hoja de coca.

De manera paralela sería importante estrechar los lazos con Brasil en materia de lucha contra el crimen organizado. No sólo por su vecindad con Colombia, sino por el estatus de los brasileños como potencia emergente y motor económico. Con su apoyo y el de los países andinos, Colombia debe aprovechar su experiencia para poner en marcha y encabezar el Consejo Suramericano en materia de Seguridad Ciudadana, Justicia y Coordinación de Acciones contra la Delincuencia Organizada Trasnacional (CES), mismo que ya se encuentra –sin funcionar– dentro de la estructura de Unasur.

Sería prudente, de igual manera, explorar la posibilidad de aprovechar el precedente sentado por Uruguay para la legalización de la marihuana. El principal objetivo es aprovechar los organismos e instituciones multilaterales existentes en la región para cambiar un paradigma que ya cumplió 100 años sin arrojar resultados positivos. Es urgente emprender este cambio que permita en el mediano y largo plazo disminuir la violencia, la corrupción y la inestabilidad que generan las bandas del crimen organizado, todo ello a un costo menor en vidas humanas de lo que se viene haciendo hasta el momento.

Para América del Sur es necesario apoyarse en el multilateralismo regional que le permita restringirle poder a EU y otros actores externos, al tiempo que busca alternativas que permitan disminuir la violencia interna de los países, consolidar la paz hemisférica, e impulsar el desarrollo tan anhelado, pero sobre todo reducir la desigualdad.

 

 

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