¿Y después del fracaso… qué?

No hay un camino correcto o uno que no lo sea. Sea cual sea el que elijas, lo importante es que lo disfrutes. (Foto: Reuters)

Hay un padecimiento que ataca a hombres y mujeres talentosos: el síndrome de la hoja en blanco. Lo causa que siempre nos preparamos para tener éxito y perdemos de vista que también existe el fracaso. Te digo cómo superarlo.

 

Con mucha frecuencia, para mi fortuna, gran parte de los proyectos que me presentan tanto mis alumnos como quienes solicitan mis servicios, se convierten en realidad. A todos les digo que en el clóset ya tengo listos los zapatos de tacón para el día en que se abra la cortina del nuevo negocio y cortemos el listón. Contar historias de éxito es maravilloso, pero concentrarse nada más en ello es dejar de lado la otra parte que también existe: fracasar es una posibilidad.

Hace unos cuantos meses me buscó una alumna que se lanzó a las aguas del emprendimiento, y hasta donde me quedé, a ella y a sus socios les había ido bien. El proyecto, inspirado en las tiendas efímeras o pop-ups, consistía en ofrecer servicio de lavado de ropa a turistas que visitaban Acapulco durante la temporada de verano. Ofrecían precios mucho más competitivos que los hoteles, recogían la ropa por la mañana, la entregaban por la tarde. Les fue espléndidamente.

Desde un inicio, el proyecto me encantó porque tenía un acento de responsabilidad social: quienes lavaban eran mujeres de una zona marginada del puerto. El proyecto le venía bien a todo mundo. Ellas ganaban dinero, los turistas ahorraban y los socios tenían un negocio sustentable, con lo que pensaban pagar sus vacaciones. Pero el negocio creció. Aumentaron los clientes y los problemas. La naturaleza del proyecto cambió: la demanda no se podía satisfacer a esos niveles de incremento, se requería infraestructura e inyección de dinero fresco que los socios no tenían. Alguien se interesó, hizo una oferta y en sesión democrática decidieron vender.

Dos de los tres socios encontraron empleo y se contrataron rápidamente. Ella dedicó parte del dinero a viajar, a tomar fotografías, leer y recorrer todos los cafés del interior de la República. Sus antiguos socios la veían disfrutando mucho y preocupándose poco de lo que haría después. Pasó tiempo pegada a la computadora, viendo todas las series, jugando, hasta que la vida de nini le fastidió y le empezó a remorder la conciencia. En esa condición, la volví a encontrar. Tenía ganas de retomar el rumbo, sólo que no sabía cuál.

Así pasa con empresarios y con artistas que han conocido el éxito y luego se ha evaporado. ¿Después del fracaso… qué? Es la pregunta obligada.

En una especie de bloqueo, se entra en un estado de angustia en el que se cree que el cerebro se ha hecho chiquito, que la visión se ha atrofiado y que la inteligencia ha menguado. Entre escritores se le conoce como el síndrome de la hoja en blanco: a hombres y mujeres talentosos, que tienen recursos y que no se atreven a usarlos porque no se sienten inspirados, no se les ocurre qué hacer ni cuál dirección tomar.

Este padecimiento es más común de lo que pensamos y se debe a que a lo largo de la vida nos preparamos para tener éxito y perdemos de vista que también podemos fracasar. Más aún, nos formamos para ser gente triunfadora y olvidamos que nada es para siempre, ni la victoria y, por suerte, tampoco el fracaso. El que triunfa debe ser consciente de que todo es un ciclo. El que fracasa tiene que entender que le sucede algo similar a una persona que sufre una caída y se fractura la pierna: tendrá que reservar un tiempo para curarse y entender que una cosa es ponerse de pie y otra salir a correr un maratón. Hay que tener paciencia y hacer un plan.

La angustia de la hoja en blanco nos lleva a entrar a escenarios de especulación en los que rige más la opinión que los datos duros. Además, aparecen elementos exógenos que confirman lo evidente que eran las probabilidades de fracasar y lo amenazador que sería volverlo a intentar. La mayor parte de estos elementos vienen de gente que los dice con cariño y sin el menor sustento. De ahí que el mejor antídoto para curarse es el análisis. Nada aminora con mayor efectividad la ansiedad que conocer el terreno en el que estamos parados. Del análisis se deben desprender varias respuestas concretas.

¿Cuánto dinero tengo para vivir sin agobios? Una vez que conocemos el tiempo, empezamos a encaminar las ideas.

No hay que darle muchas vueltas: se quiere buscar un empleo o en el fondo no se quiere conseguir uno.

Si el camino del emprendimiento vuelve a hacer cosquillas, es que ya se anidó alguna idea, y el miedo está impidiendo que brote y salga de ahí. Lo importante es que no hay un camino correcto o uno que no lo sea. Sea cual sea la opción elegida, lo importante es disfrutarla.

En seguida viene la reflexión profunda. Hay que pensar qué es aquello que nos motiva y nos puede sacar de ese estado de letargo. En esta etapa, la prisa no es bienvenida. Hay que dedicar el tiempo necesario. ¿Cuánto? El suficiente.

De la lista que surja hay que ver cuál de todas esas actividades nos pueden abrir un camino, y entonces tenemos que empezar a ver cómo ese gusto nos puede ayudar a ganar dinero. Este paso no se debe dar en forma apresurada; deben mediar la cordura y la sinceridad. Elegir aquello que es factible y disfrutable. Ir de la vocación a la acción. Así surgen las ideas de negocio, no tengo dudas.

Con la idea en las manos se abren ventanas de oportunidad. Pero, un buen emprendedor sabe que una idea no es suficiente, hay que moldearla. Es preciso entender qué propuesta de valor se va a generar con esta idea, qué necesito, cómo voy a lograrlo, quiénes me van a acompañar, cuáles van a ser mis egresos y, lo más importante, cómo voy a generar ingresos. En fin, armar un plan de negocios y echar a girar la rueda de la productividad.

A la pregunta ¿y después de fracaso… qué? Respondo que hay que hacer como el que se cae: hay que sacudirse el polvo, prepararse y volver al camino. Después de platicar con mi alumna, la vi salir de mi oficina mucho más tranquila. Sé que ella ya está preparando su nuevo proyecto y ella sabe que yo tengo los zapatos de tacón en el clóset.  Después del fracaso también quedan muchas enseñanzas. Principalmente, entendemos cuál no era el camino para llegar al éxito. Entonces, para triunfar, hay que volverlo a intentar. Sólo el que arriesga, gana.

 

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