El 2% de los mexicanos vive con 1.25 dólares al día, 4.8% subsiste con 2 dólares, y 17.6% está por debajo de la línea óptima de seguridad alimentaria.

 

 

La visión actual sobre la agricultura global se divide en dos polos: la vía de producción masiva en enormes granjas industriales, o el alimento que ofrecen pequeñas parcelas orgánicas. La opinión generalizada es que no existe otra manera de darle de comer a las más de 7,000 millones de bocas en el planeta.

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Jonathan Foley, director de la California Academy of Sciences y prestigioso científico, nos lanza algunas preguntas esenciales para cambiar este paradigma: “¿Qué tanto del mundo se usa para cultivar comida, dónde exactamente, qué tanto cambiará esto en el futuro y qué implicaciones tendrá?”

Su análisis arroja los siguientes datos duros: actualmente usamos el 50% del agua dulce de la Tierra para fines humanos, de la cual el 70% la “chupa” el sector agrícola. Al mismo tiempo, el 40% de las tierras del planeta son usadas exclusivamente para alimentarnos.

Otro dato out of the box: según Foley, la agricultura aporta el 30% de los gases de efecto invernadero que van a la atmósfera.

“La agricultura es el consumidor más sediento de nuestras preciadas reservas hídricas y un importante contaminador, ya que la escorrentía de fertilizantes y estiércol altera frágiles lagos, ríos y ecosistemas costeros de todo el mundo”, expone el científico.

“La agricultura también acelera la pérdida de biodiversidad. Al despejar zonas de praderas y bosques para establecer granjas, hemos perdido hábitats cruciales y convertimos la agricultura en una de las principales causas de la extinción de la vida silvestre.”

Este panorama resulta alarmante si tenemos en cuenta tres factores que pueden cambiar la subsistencia humana en los próximos años: el impacto del calentamiento global, la escasez cada vez más evidente de agua, y el aumento exponencial de la población.

 

¿Qué hacer entonces?

En mi opinión, la industria agrícola en el mundo debe romper paradigmas y polarizaciones, y enfocarse en vías alternativas de desarrollo. No hay otra señal para hacer frente a lo que ya está ocurriendo en el campo productivo y en las urbes hambrientas.

Según Foley, existen cinco pasos integrativos que podrían resolver el dilema alimentario del mundo:

1. Congelar el aumento de tierra dedicada a la agricultura.
2. Cultivar más en las granjas que ya tenemos.
3. Uso más eficiente de recursos.
4. Cambiar dietas globales.
5. Reducir el desperdicio.

En México, de acuerdo con datos de la FAO, Sagarpa y el Inegi, cerca de 30 millones de hectáreas son tierras de cultivo, lo que aporta al PIB nacional apenas el 4%. Muy por debajo de países menos ricos en recursos, extensión de tierra y población. Una situación que debemos revertir.

Si cruzamos estos datos con los de la pobreza en México, encontramos que el 2% de los mexicanos vive con 1.25 dólares al día, 4.8% subsiste con 2 dólares al día, y 17.6% se encuentra por debajo de la línea óptima de seguridad alimentaria. Enfocarse en una nueva agricultura como la que propone Foley es rescatar gradualmente a la población con menos recursos en México.

El objetivo es uno: trabajar mejor las tierras en el país. Vital es mejorar los rendimientos del cultivo, sin dañar el medio ambiente y la esencia de semillas, como también lo es acceder a una mayor expresión de seguridad alimentaria y medioambiental en el futuro que se aproxima.

La acción está en nuestras manos.

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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