Si un arma nuclear fuese detonada en un centro urbanizado, las organizaciones nacionales e internacionales no podrían dar una respuesta adecuada para hacer frente a la emergencia humanitaria que se produciría.

 

 

 

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El título del libro que hiciera famoso a Ernest Hemingway y que pareciera un manifiesto pacifista en realidad está tomado del poema bélico, Farewell to Arms, dedicado a la reina Elizabeth de Inglaterra por George Peele. Es más, el mismo libro del estadounidense podría ser un canto a las batallas que tanto buscó como combatiente y como periodista. Esa dualidad es la que caracteriza al régimen de no proliferación nuclear y es su mayor reto.

Lo saco a colación porque este 12 y 13 de febrero se llevará a cabo en Nayarit, México, la Conferencia Internacional Sobre el Impacto Humanitario de las Armas Nucleares. Dicha reunión parte de la premisa que si un arma nuclear fuese detonada en un centro urbanizado, las organizaciones nacionales e internacionales no podrían dar una respuesta adecuada para hacer frente a la emergencia humanitaria que se produciría. Por ello, se propone que los estados no nucleares promuevan una prohibición del armamento atómico para forzar a quienes poseen estas armas a deshacerse de ellas.

La tarea está lejos de ser sencilla pues el desarme nuclear toca las fibras más sensibles de la seguridad nacional de las potencias militares del planeta. De acuerdo con un reporte del Carnegie Endowment for International Peace, entre 1960 y 2005 hubo una reducción en el número de países con armas o aspiraciones nucleares. Sin embargo,  desde la primera prueba nuclear hasta la fecha, se han detonado más de 2,000 bombas, en cielo, mar, tierra y aún debajo de ella (con los daños ambientales correspondientes). Además de existir en todo el mundo entre 16,000 y 20,000 ojivas nucleares.

El mayor dilema del régimen de no proliferación radica en lo inequitativo de su postura, ya que sólo aquellos que tenían armas antes de la entrada en vigor del régimen, constituido en 1967, son considerados potencias nucleares (Estados Unidos, Rusia, Francia, Inglaterra y China). Dicho en otras palabras el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) congela un Status Quo que algunos países se han negado a aceptar. Tal es caso de India, Pakistán e Israel, que siempre se negaron a firmar los tratados y desarrollaron sus bombas, ejemplo que sigue Irán. Por su parte, Corea del Norte firmó todos los tratados y renunció a ellos cuando tuvo la bomba en sus manos.

Por otro lado, tenemos un renacimiento del poder nuclear derivado del aumento del precio del petróleo y el calentamiento global. Países como China e India con una creciente población podrían optar por reactores nucleares para abastecer sus necesidades de electricidad, lo mismo aplicaría para otras naciones de Asia. Aunque dentro de la sociedad civil existen reticencias debido los accidentes de), en Three Mile Island (EU 1979), Chernobyl en (URSS 1986) y en Fukushima (Japón 2011).

Sin embargo, sería ingenuo creer que el renacimiento nuclear se debe sólo al interés de los países en su uso civil y que sólo los considerados en el nuevo eje del mal (Iran, Corea del Norte y Pakistán) representan un peligro potencial para la paz en el mundo. Japón y Alemania podrían, de necesitarlas, desarrollar arsenal nuclear en poco tiempo con su propia tecnología además de contar con los recursos y el material radiactivo suficiente. Hasta donde se sabe, Argentina y Brasil avanzaron mucho antes de cancelar sus programas atómicos.

Es más, éstas o cualquier otra nación del planeta que tenga de aliado a una de las cinco potencias  puede obtener la bomba, pues de acuerdo a los artículos uno y dos del TNP las naciones con armas nucleares tienen permitido transferir tecnología a sus aliados, una falla del régimen que acentúa más su inequidad. Además debemos sumarle que ninguna potencia se ha tomado muy en serio capítulo sexto relativo desarme. De hecho la única nación del planeta que destruyó su arsenal atómico fue Sudáfrica.

De ahí que la propuesta impulsada desde la sociedad civil por La Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), merezca ser apoyada como cualquier otra que nos lleve a corregir las fallas del régimen y a consolidar uno donde exista reciprocidad de obligaciones y procedimientos de verificación independientes que ayuden a eliminar las armas nucleares, que son igual de peligrosas en manos de un Ayatolah, que de un dictador, que de un presidente democráticamente electo.

Y la prueba está en que la única vez que se usaron, Estados Unidos masacró en minutos a miles civiles en su guerra contra Japón y en su necesidad de imponerse como potencia frente a la Unión Soviética.

 

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