Gran trascendencia se le ha concedido a la visita de cortesía que realizará la comitiva de funcionarios estadounidenses al virtual candidato electo a la Presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador. No es para menos, la plana mayor, los más llegados a Donald Trump llegan a México, en una visita oficial al aún presidente Enrique Peña Nieto, en la que el todavía secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, dará seguimiento a los trabajos de la agenda bilateral en materia de migración, seguridad y comercio; y en el marco de esa visita oficial es que el secretario Pompeo se trasladará a la casa de campaña del próximo presidente de nuestro país.

El Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, el yerno del presidente Jared Kushner (debilitado y bajo investigación), el Secretario del Tesoro Steve Mnuchin, la secretaria de Seguridad Interna Kirstjen Nielsen y William Duncan, encargado de Negocios serán los encargados de realizar el primer acercamiento con el gobierno de la transición en México.

De esa transición lograda no por un partido político, sino por un movimiento social fortalecido por el hartazgo, el descontento, la baja aprobación del gobierno actual y un clima de amplia polarización social.

Las visitas de cortesía se enmarcan dentro del protocolo de actividades ceremoniales afectas al acto de mera presentación; es decir, aunque se ha establecido una agenda para la reunión que encabezarán López Obrador y el ecretario de Estado estadounidense, y en la que se ha definido a la cooperación para el desarrollo como el eje de la agenda bilateral futura, no se puede esperar la emisión de compromisos o el inicio de agendas de trabajo.

PUBLICIDAD

La realidad es que esta visita de cortesía se lleva a cabo para presentarse personalmente, para intercambiar mensajes de buena voluntad y disposición para, en su momento, trabajar conjuntamente en los temas que sabemos son de relevancia compartida por ambas naciones.

No obstante, el hecho de que se haya palomeado la reunión como parte de la agenda de la visita oficial a México no solo es relevante, es histórica.

La izquierda a la que Estados Unidos tanto temió durante la Guerra Fría, no sólo está latente en su “patio trasero”, hoy en día la izquierda está apunto de gobernar a su vecino más próximo, al país que constituye parte importante (si no es que vital) de su área de influencia.

Es obligado recordar el gobierno del General Lázaro Cárdenas, uno de los gobiernos de izquierda mexicana que fuera sometido a grandes presiones de los Estados Unidos tanto en el marco de la expropiación petrolera como por la disputa respecto al Istmo de Tehuantepec. La memoria nos hará pulsar que aunque nuestro vecino del Norte haya evolucionado, y nosotros claramente también, los principios filosófico-políticos que le rigen son los mismos desde el inicio de su vida independiente.

Cuanto más ahora, en la Era Trump, en la que de manera permanente vemos al presidente estadounidense mostrar su visión ultra conservadora en absolutamente todo.

Es un gran reto el que tiene de frente nuestro próximo presidente de la República, quizás es una de las más grandes pruebas pues la propuesta planteada en su proyecto de nación respecto a la relación con Estados Unidos no solo dependerá de la capacidad propia, dependerá (al menos en los dos años próximos) del ritmo que marque Trump tanto en los temas comerciales como en lo que toca al muro y a la reforma migratoria pues para él son compromisos de campaña y tiene por delante las elecciones intermedias y la evaluación de su gobierno para una eventual reelección.

Destaca la voluntad expresada por AMLO y su posible Gabinete para conducir la relación con firmeza y determinación, destaca también la intención de generar condiciones internas que hagan de la migración una opción y no una obligación.

La clave estará en tratar a la migración como lo que es, un fenómeno de movilidad humana cambiante y dinámico. Hoy por hoy, el problema entre México y Estados Unidos en términos de movilidad humana no son los connacionales que emigran hacia el Norte, sino los connacionales que esperan una deportación, que son separados de sus hijos en centros de detención o aquellos que ya se dieron cuenta que el sueño americano llega a ser más bien una terrible pesadilla.

El TLCAN tendrá que dejar de ser una moneda de cambio, para ser en realidad un Tratado progresivo y competitivo. México, representado ahora por López Obrador, debe llegar a las negociaciones con la firme convicción de que el TLCAN no es el único Tratado al que le apostamos, con la certeza de que el abanico de posibilidades que tenemos es inmenso, como inmenso es el talento y los recursos mexicanos.

 

Contacto:

Correo: [email protected]

Twitter: @ArleneRU

Linkedin: Arlene Ramírez-Uresti

Google+: Arlene Ramírez

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

Siguientes artículos

Los enviados de Trump, una ¿visita de cortesía?
Por

Los norteamericanos saben que Andrés Manuel cuenta con el respaldo de la población y que por lo menos ahora goza con el...