Era ya el final de nuestra conversación, cuando Ana Lilia Pérez me dijo que quería dejar algo muy en claro: este libro no está en contra de una institución; es decir, no se critica la existencia de una institución como lo es la del ejército mexicano. Como periodista y como ciudadana, creo en las instituciones. Pero también creo que cada una de éstas debe tener una revisión para mejorar. Debe, además, rendir cuentas a la sociedad.

Luego de una hora o algo así, la charla nos había llevado a ese punto. No sin razón. En Verdugos, su nuevo libro, la escritora aborda un tema crucial para entender el clima de inseguridad y vulnerabilidad que oprime a la sociedad: la actuación del ejército mexicano durante los últimos años… De hecho, el subtítulo de este trabajo lo explica aún mejor: Asesinatos brutales y otras historias secretas de militares.

portadaPor medio de un estilo que amalgama periodismo narrativo, crónica y reportaje, Ana Lilia Pérez examina a detalle la violencia estructural de las filas castrenses, cuestiona la impunidad en numerosos casos en los que se ha permitido que militares infrinjan la ley y violen los derechos humanos, y que ataquen a la población civil sin que haya alguna consecuencia judicial.

Desde luego es un tema complejo, en un contexto aún más complejo, si cabe. Tan sólo en los últimos meses, el ejército mexicano ha acaparado varias notas y reportajes periodísticos, desde su papel (activo o pasivo) en Ayotzinapa, pasando por el caso Tlatlaya, hasta su protagonismo en el reciente informe de la organización Open Society.

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Eso, sin olvidar la primera disculpa pública por un abuso cometido por soldados —recordemos: el secretario de Defensa, Salvador Cienfuegos, pidió disculpas a la sociedad por la tortura cometida contra una civil en Guerrero, que fue difundida en redes sociales— hasta el reportaje que le dedicó The New York Times —retratando al ejército mexicano como el más letal del mundo, o uno de los más letales, y subrayando la evidente impunidad de la que goza.

De hecho —como escribe la propia Ana Lilia a manera de prólogo—, el origen de este libro se remonta a agosto de 2003, cuando se reunió con Bruce C. Harris —director para Latinoamérica de la agencia Covenant House—, quien le contó la historia de Delmer Alexander y José David, dos jóvenes centroamericanos que en su travesía indocumentada hacia Estados Unidos, a su paso por México fueron asesinados a sangre fría por un militar que los cazó (sin ningún motivo aparente) en un terreno despoblado de Coahuila; el británico llegaba de misión a la sede de la ONG en la Ciudad de México, que da albergue a niños en situación de calle de las zonas más violentas.

Bruce tenía sólo algunos datos y muchos hilos sueltos. ¿Qué había de particular en esos delitos y por qué una organización internacional buscaba llevar al Estado mexicano y su ejército ante cortes que juzgan crímenes de lesa humanidad?

—Eso lo entendí a medida que fui investigando y reconstruyendo la historia de la muerte de estos dos jóvenes —me dijo Ana Lilia, aquella mañana que nos encontramos—. Este libro es un intento por rescatar la memoria de estas víctimas, de estos jóvenes centroamericanos, y de tanta gente que ha sido víctima de aquellos miembros de las fuerzas armadas que oficialmente tenían la encomienda de protegerlos.

Lo que le preocupaba a Covenant House, lo que realmente alarmaba a Bruce C. Harris —quien fallecería en 2010 de cáncer—, era el grado de cerrazón e impunidad que imperaba en las fuerzas armadas.

—Debemos recordar que era el año 2003 —me dijo Ana Lilia—; aún no se llevaba a los militares a las calles para esta cruzada, por llamarla de una forma, que emprendió Felipe Calderón, en la cual hubo una mayor vinculación de la sociedad con los miembros de las fuerzas armadas… Es decir, para el momento en que ocurrió este crimen, los temas de las fuerzas armadas prácticamente se discutían a puerta cerrada, fuera del escrutinio público, en tribunales castrenses, estaban blindados para la sociedad civil.

2Con los pocos datos en ese momento a su alcance, siguió investigando y halló un dato interesante:

—Me encontré que, para esas fechas, había más de 200 crímenes en contra de civiles (e incluso contra militares) cuya responsabilidad se atribuía a miembros de las fuerzas armadas. Sin embargo, la sociedad mexicana no tenía conocimiento de esto. Ahí se estaba ocultando algo. Es cierto, había algunas notas de prensa de estos casos, pero también tenía que ver con el modo discrecional con que se había y con que se ha aplicado la disciplina militar. Esto tenía que ver con la forma en la que se ha llevado la estructura militar en México durante años…

Ana hizo una pausa. Iba a agregar algo, pero me interrumpió:

—¿Sabes?, esto se vincula con lo que yo defino en el libro como “el uso a modo” que han dado los gobiernos a las fuerzas armadas, porque se les ha usado para reprimir, como golpeadores… e incluso para hacer el trabajo sucio en muchos casos. Ahí está el estado de Guerrero como un botón de muestra de toda la directriz presidencial para con las fuerzas armadas…

Dicho esto, Ana Lilia sorbió de su bebida caliente… A nuestro lado, un comensal (¿un comensal?) prestaba mucha atención a sus palabras…

Durante los siguientes diez años, entre México y Centroamérica, ella se dio a la tarea de recoger piezas sueltas para reconstruir el incidente, lo que dio sustento documental a este trabajo. Empero, esbozar el retrato de víctimas y victimarios implicó ir en busca de huellas aparentemente imperceptibles; no obstante, me explicó, hallar los porqués fue mucho más complejo:

—Me obligó a mirar a las fuerzas armadas en sus entrañas —me dijo.

Fue así que entró en contacto con gente de todo tipo, y documentos de toda índole. Recorrió desde el Heroico Colegio Militar, lugar donde se forman los oficiales de carrera, hasta campos militares o escuelas de élite, como el centro de adiestramiento Kaibil, en Guatemala, al que tuvo acceso.

—Fueron pesquisas de mucho tiempo… Periodísticamente son trabajos que llamamos de muy largo aliento, los cuales al final pueden ofrecer al lector muchas más explicaciones para un tema que sin duda es de gran importancia en México, sobre todo por la violencia que hemos visto, la violencia institucional por parte de miembros de las fuerzas armadas… Esto nos ayuda a encender los focos rojos, nos ayuda a entender cuáles son las aristas que debe atender el gobierno. Porque debemos subrayar que la conducta de los militares compete directamente al gobierno… Si habláramos de un tema de transparencia, por ejemplo, son servidores públicos a los que se les destina un presupuesto y, sin embargo, es una de las esferas en las que menos hay rendición de cuentas.

Aquí le interrumpí: pero todavía existe como un cierto tabú hacia esta institución, ¿no?

—Sí. Yo insisto en que se debe dejar de tratar esto como un tema tabú, como la prensa lo había tratado durante muchos años en nuestro país. Me sorprende que en la actualidad todavía se me pregunte “bueno, por qué hablar de los militares”, como si estuviera transgrediendo el orden de este país. Una de las tesis del libro es cómo el encubrimiento que se ha hecho de muchos de estos temas ha propiciado la impunidad, y ha propiciado el deterioro al interior de las fuerzas armadas, que atenta en contra de la propia institución.

§§§

Durante las pesquisas para encontrarle sentido al brutal asesinato de Delmer y José David, Ana Lilia Pérez encontró un dato importante, el cual terminó sirviendo como elemento central para su libro: cada año, más de 450 miembros del ejército ingresan en hospitales por diagnóstico de enfermedades mentales. ¿Qué hay alrededor de esa rotunda estadística? En Verdugos, Ana Lilia intenta trazar algunas respuestas a la luz del violento presente que vive el país.

De hecho, y sin proponérselo, se podría decir que durante esta década de investigación ella fue testigo de todo el deterioro hacia el interior de las fuerzas armadas, y del recrudecimiento de la violencia en el país.

—A partir de que comienzo a indagar en estos temas —me señaló Ana en un momento dado—, mi trabajo de campo se abrió hacia distintos vectores de análisis; desde luego estaba el tema de los abusos por parte de miembros de las fuerzas armadas, abusos que a veces detonaban en homicidios, en desaparición de personas, y que había sido como parte de la historia contemporánea de nuestro país… Pero al mismo tiempo asistí, asistimos, a una coyuntura histórica: cuando por disposición del gobierno en turno se saca a los militares a las calles.

Al igual que para muchos analistas, para Ana Lilia ése fue un punto de inflexión.

—Es, en ese momento, cuando empieza a darse una mayor vinculación y es posible ver (desde la perspectiva de ciudadano y periodista) cómo se van reportando más casos de tortura y de desaparición de personas; también es posible ver cómo en las entidades en donde se militariza la seguridad pública, lejos de desaparecer la delincuencia y la violencia… ¡ésta se agrava! El gran ejemplo que tenemos en México es el estado de Tamaulipas…

Ana hizo una pausa. Al cabo de unos segundos, fue directa:

—En Tamaulipas llegó primero el ejército, y después la marina; en la actualidad, es un estado (sobre todo la región fronteriza en los límites con Estados Unidos) lleno de pueblos fantasmas… Lo que ocurrió, en muchos casos, es que las fuerzas armadas se hicieron de esos cotos de poder que tenían los criminales, y comenzaron a incurrir en prácticas como el cobro de derecho de piso o el secuestro… Tengo muy fresca la reflexión de uno de mis entrevistados, una fuente de información… Él me dijo que había sido secuestrado primero por los Zetas, y luego por gente del ejército. Me decía: “Yo estoy convencido que los Zetas nunca salieron del ejército.” Es decir, seguían ahí. Y era como una reflexión que cobraba sentido cuando veías (y ves) cómo el crimen organizado sigue operando con tal impunidad

3—Eso debió ser muy fuerte —dije por decir algo.

Ana me dijo que sí con un gesto, mientras daba pequeños sorbos a su bebida. Luego, al cabo de unos segundos, fue directa:

—Si haces la revisión de qué tipo de organizaciones criminales había antes, cuántas y dónde operaban antes de la llamada guerra contra las drogas, y haces una revisión de las que operan en la actualidad (luego de que se llevaron a miles de efectivos a las calles), te encuentras con que ahora operan más organizaciones criminales. Entonces, ¿cuál fue el trabajo que hicieron las fuerzas armadas?

En el libro, ella plantea distintas explicaciones sobre estos problemas. Una de esas explicaciones, y es en la que coincide casi todo el mundo, es que no había un plan evidente de campaña —me dijo Ana Lilia.

—Fue una iniciativa carente de inteligencia o planificación —añadió—. Y ésta no es una revelación que se esté haciendo ahora, no; lo dicen los propios miembros de las fuerzas armadas… Pero, además, hay mucha gente molesta por todo eso. Prácticamente están reconociendo que los mandaron a hacer labores para las cuales no estaban preparados…

—Desde tu punto de vista, ¿el deterioro de las fuerzas armadas se dio a partir de las guerra contra las drogas, o éste ya estaba y sólo surgió a la luz cuando salieron a las calles?

—Ya estaba deteriorada. Y precisamente por eso se aportan estos datos duros, como el que antes de la llamada guerra contra las drogas había más de 200 casos de homicidios atribuidos a militares que se litigaban dentro de tribunales castrenses. Pero, además, se habla de otra arista: de la infiltración del crimen organizado muchísimos años antes de que hubiese este contacto directo de la milicia o de estas tareas de combate al narcotráfico. Es la referencia histórica más antigua que se tiene, que es el caso del general Humberto Mariles Cortés, que es un general que en los años sesenta se vincula a estas redes de narcotráfico… Para mí era importante documentar bien esta historia, porque con ella se nota, se documenta, cómo, en efecto, para los momentos en que se saca a los militares a las calles había un deterioro dentro de las fuerzas armadas ya, un deterioro que el comandante supremo no quiso o no le interesó ver, o que por ignorancia o negligencia no le interesó revisar.

 

El asesinato de Delmer y José David

—En el libro abordas otras aristas, como las deserciones y la disciplina militar.

—Sí, porque me parecen importantísimas para entender qué es lo que está pasando con las fuerzas armadas ahora… Como dices, otro de los planteamientos que hace el libro es cómo la disciplina, ese modo de vida castrense, que no es el que responde a los lineamientos oficiales, sino a la ley no escrita, a veces genera situaciones como el del militar que sale una noche, tras recibir una orden de alguien que sólo existía en su mente, y asesinar a dos indocumentados.

—Apuntas que cada año son más de 450 miembros del ejército los que ingresan a hospitales por diagnósticos de enfermedades mentales.

—Sí. Y éste es un dato proporcionado por la propia Sedena. Es decir, el libro tiene un rigor en la investigación que exige el propio tema… Los periodistas podemos plantearnos tesis de distinta índole, pero para el rigor, en este tipo de trabajos, como lo exige cualquier investigación periodística, debes probarlo con documentos, con datos duros, fuentes oficiales, además de fuentes que uno pueda tener de otra naturaleza. De hecho, todo lo que apunto en el libro, militares asesinando militares en horas de servicio, el abuso sexual en horas de servicio, la tortura, el abuso del alcohol o drogas, todo eso lo reconoce la propia autoridad.

—¿Por qué decidiste utilizar la palabra “verdugo” para darle título al libro? Algunos pensarán que es una palabra muy fuerte…

—Como autor siempre estás pensado en títulos que sinteticen lo que quieres decir al lector, y en libros de no ficción, como es el caso, hay que ser no sólo directos sino también creativos… Eso sí: hay que ser muy rigurosos con el peso que tienen las palabras. Y, en este caso, si bien es una palabra que tiene una significado muy fuerte, cuando yo revisaba el tema que originó el libro, que fue el asesinato de Delmer y José David, hay una parte en la sentencia donde la autoridad dice que aquella noche el militar actuó con brutal ferocidad, como un verdugo. En varios momentos de esa sentencia se menciona ese término, como “un verdugo”.

—¿Cuáles serían los temas más urgentes en lo que se refiere al ejército mexicano? Obviamente, para muchos, el primero y más urgente es su regreso a los cuarteles…

—Bueno, tengo entendido que se ha dado un primer paso: hace unas semanas, el ejército emitió un documento en donde habla de que se va a dar un curso para evaluar la salud mental de sus integrantes… Es un hecho inédito. Nunca antes se había hablado de la salud mental de los militares. El libro empezó a circular en marzo y en los medios se habla de este asunto, y meses después, el ejército ya está hablando del tema, con lo que está reconociendo que hay la necesidad de ello. Entonces, lo pondría como un elemento principal el que se debe hacer evaluaciones para conocer no sólo la salud física de los militares, también su salud mental.

“Después pondría el tema de la rendición de cuentas, que implica o que llevaría a evitar casos de corrupción, que sí existe como documento en el libro. A mí me parece que la misma exigencia que se debe tener para las instituciones de seguridad del ámbito civil, se debe aplicar para el ámbito militar. Y en estos momentos es urgente, porque si tú haces una revisión de ver en manos de quién está la seguridad pública en el país, estado por estado, hay muchas entidades en las que ya está en manos del ejército. Sin embargo, los miembros de las fuerzas armadas no son sujetos al mismo escrutinio que otras instituciones.

“Otro factor que se debe atender es el analizar las causas de las deserciones masivas de las filas de las fuerzas armadas, muchas de las cuales terminan del lado de los narcotraficantes. Pero, sobre todo, dejar de ver a los miembros de las fuerzas armadas como un tabú… No hay una vinculación directa con la sociedad civil. Creo que debe haber mayor fluidez de información. La gente ve, y con justificada razón, que los militares no son dignos de fiar.”

—Muchos aplaudieron que el general Cienfuegos se disculpara de manera pública por el caso de la mujer torturada. Otros fueron más prudentes y vieron con suspicacia ese acto de contrición. ¿Cómo lo valoras?

—El que se difundiera el video, y el que hubiera este tipo de disculpas públicas, es un caso inédito en la historia de México, pero para mí era más un tema mediático. Claro, cada caso es cuestionable, condenable; sin embargo, si lo vemos en su justa dimensión, ha habido casos que son de mucho mayor impacto, donde se ha visto la vinculación de los miembros de las fuerzas armadas, y en los que no hay quien asuma la responsabilidad clara… Y lo vimos en masacres como las ocurridas en Guerrero, tantas desapariciones forzadas, algunas que se adjudican a miembros del ejército y de la marina. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos tiene muchos casos que involucran a militares que están a la espera de que se haga una nueva revisión…

 

Problema estructural

—Entonces, ¿cómo percibes el futuro del ejército y su guerra contra las drogas?

—Yo creo que el tema va mucho más allá de si puede o debe continuar en esta tarea de combate, de la guerra contra las drogas como la llamó Felipe Calderón. ¿Por qué? Porque el problema es estructural. Así que debe haber una revisión estructural. De hecho, yo no lo veo como algo insalvable sino, más bien, una problemática como la que tiene el resto de las instituciones de este país. Todas las instituciones, o si tú quieres casi todas, tienen su propia problemática… La cuestión es que poco se había hablado del deterioro que hay dentro del ejército y que lo lleva a cometer atrocidades como las ejecuciones sumarias. Entonces es un problema estructural que tiene que revisarse; deben limpiar la casa. Y uno de los puntos principales es la impunidad, porque mientras sigan encubriendo malas conductas o abiertamente crímenes, lo que hacen es fomentar que se siga haciendo. Mientras no se haga una limpia y se aplique la ley, va a continuar este deterioro…

Una hora después (o algo así), tras algunas tazas de café, y con nuestro comensal (¿comensal?) de vez en vez atendiendo lo que platicábamos, dimos por concluida la conversación. Pero Ana Lilia quiso añadir algo:

—Este libro no está en contra de una institución; es decir, no se crítica la existencia de una institución como lo es el ejército mexicano. Como periodista y como ciudadana, creo en las instituciones. Pero también creo que cada una de éstas debe tener una revisión para mejorar. Debe, además, rendir cuentas a la sociedad… Es una oportunidad importante la que tienen las fuerzas armadas para intentar recomponer, primero, su propia institución, y segundo, un momento histórico para recomponer la imagen que en la actualidad tienen frente a la sociedad mexicana. Ya sólo es un mito esto de que el ejército era una de las instituciones más respetadas de este país. Ante tantos agravios que se han documentado, eso (ser una de las instituciones más respetadas) parece que ya es sólo parte de la historia.


Nota bene: Ganadora de varios premios periodísticos, Ana Lilia Pérez es autora de Camisas azules, manos negras, El cártel negro y Mares de cocaína, todos publicados en Grijalbo, sello que ahora también ha editado Verdugos. Asesinatos brutales y otras historias secretas de militares.

 

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