Desde mi perspectiva, el SAT podría iniciar una cruzada para educar a los médicos a pagar impuestos. Si eso termina por elevar el costo de las consultas, pues ni modo, pero que declaren sus ingresos, paguen ISR y se comporten como todos los demás nos comportamos.

 

Me pongo verde como Hulk, desgraciadamente sin su fuerza, cada vez que un doctor me dice que no puede expedirme una factura y que le pague en efectivo. La última vez me pasó a finales de mayo.

Mi vanidad me detonó el impulso de comprar unas cremas para la cara en Sam’s Club, en abril pasado. Yo había detectado que por jugar tenis constantemente bajo el rayo del sol, necesitaba algo que me protegiera y rehidratara la piel del rostro. Cuando en Sam’s divisé una cremita de L’Oréal que parecía adecuada, la compré. Desafortunadamente, me ardió la cara al aplicarla, por lo que regalé los dos frasquitos que venían en el blíster. Perdí mi dinero.

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Como soy obsesivo, me di a la tarea de buscar una dermatóloga. Debido a que mi inquietud era sencilla, decidí ir con una doctora joven, pero bien preparada (es decir, pensé que no necesitaba al especialista en melanoma de la dermis, sino algo realmente simple). La consulta de la doctora, me dijeron, costaría 700 pesos, lo que me pareció adecuado. No obstante, velozmente vino la amenaza: sólo aceptaría efectivo. Yo necesitaba una factura, por lo que pedí a la secretaria que me diera el número CLABE de la dermatóloga, con objeto de depositar el costo de la consulta. Pero, ¡oh, sorpresa!, la doctora no tenía número CLABE. Eso significa que este personaje no paga impuestos. Total que no obtuve la factura, y la que sí me dieron en la farmacia dermatológica no la podré usar fiscalmente, a pesar de que gasté un dineral en cremas. La contadora me indica que para que los fármacos puedan deducirse es necesaria la factura de la consulta. Sin una, la otra no vale.

Como mis inquietudes cutáneas continuaban, y mi obsesión crecía, acudí a un centro dermatológico en Polanco para una segunda opinión. En este segundo sitio me puse feliz porque además de mejorarme el tratamiento, me dijeron que podría pagar con tarjeta de crédito y que emitirían una factura. Todo bien en esta clínica, hasta que la nueva dermatóloga me prescribió un par de cremas que sólo vendían ahí. Al querer pagarlas, la secretaria me indicó que únicamente podrían darme factura por la consulta, pero que las cremas las tenía que pagar en efectivo, y que sobre ello… ¡no podrían darme factura! La consulta costaba 1,000 pesos, y las dos cremas, 1,600 pesos.

Enfurecí —pero me controlé—, y le hice saber a la secretaria que no compraría su medicamento. La señorita, al detectar mi frustración, sugirió que la doctora me cambiara los fármacos por otros que podría adquirir en cualquier farmacia. Acepté…. Pero cuando me trajeron la nueva receta, vino la sentencia: “Pero no van a tener el mismo efecto.”

Yo no sé qué pasa con los doctores, pero la verdad ya me cansé de ver que muchos de ellos quieren funcionar al margen del sistema fiscal. El otro día en una fiesta de 15 años me tocó sentarme junto a una señora que trabaja en la Procuraduría Fiscal. No sé si fue por el alcohol, pero la mujer me confesó que hace poco se practicó un procedimiento estético con un cirujano plástico muy afamado del Hospital ABC Santa Fe. Curiosamente, me contó también que su doctor sólo aceptaba a pacientes que pagan en efectivo, así que todo su procedimiento quirúrgico fue liquidado de esa forma. Así las cosas, pienso que sería más rentable para un delincuente profesional asaltar gente a la entrada de los hospitales de postín. Seguramente se llevarían mejores botines que los que se están llevando al asaltar joyerías en centros comerciales.

Urge que el Servicio de Administración Tributaria (SAT), de Aristóteles Núñez, ponga en orden a los médicos. Hace poco escribí un editorial similar en un diario, y un médico me increpó, justificando que ellos merecían omitir el pago de impuestos porque pasaron largas horas de desvelo al estudiar medicina, muchos sacrificios durante la residencia médica, y sacrificios inconmensurables. En una larga carta me decía que ellos también tenían familia y obligaciones financieras.

Desde mi perspectiva, el SAT podría iniciar una cruzada para educar a los médicos a pagar impuestos. Si eso termina por elevar el costo de las consultas, pues ni modo, pero que declaren sus ingresos, paguen ISR y se comporten como todos los demás nos comportamos. Es increíble que los mejores galenos del país funcionen al margen de la ley. Están delinquiendo. Además, estamos hablando de gente que tiene educación universitaria y muchas veces en instituciones de alto prestigio (la primera dermatóloga, que no tiene cuenta CLABE, egresó de La Salle). ¿Cuánto más me durará esta frustración? Es mi gran pregunta.

 

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