Se besan, y muy despacio se quitan la ropa uno al otro, como queriendo deshojarse… 

 

 

Darse un regaderazo podría ser lo más relajante para todo el mundo, pero no para ella. No desde el día en que alguien intentó abrir la puerta del baño de la casa de sus papás, mientras se miraba detenidamente por primera vez frente al espejo totalmente desnuda. Desde entonces, bañarse se había convertido en todo un ritual de paranoia: entrar en ese pequeño cuarto y fijarse que nadie la esperara escondido detrás de la puerta o envuelto entre la cortina que impedía que el agua salpicara a otros muebles; cerciorarse de que el seguro estuviera bien puesto y cerrar; abrir la llave del agua caliente y recargarse en la pared para intentar escuchar los pasos de cualquiera que se atreviera a acercarse. Todos aprietan fuerte los ojos para que no les entre jabón mientras se enjuagan, pero ella sólo se permitía mantenerlos cerrados por tres segundos exactos que calculaba contando. “Uno, dos, tres, abrir; uno, dos, tres, abrir; uno, dos, tres, abrir…” Muchas veces salió con el iris totalmente irritado por la entrada del champú.

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Hoy es diferente. Lo conoció hace casi un año, y aunque se han vuelto inseparables, es la primera vez que va a permitir que la vea bañarse. Por supuesto, ¡todo por cumplirle un capricho! La convenció con todo tipo de chantajes emocionales típicos de un niño y diciéndole que era lo único que quería por su cumpleaños.

Entran sonrientes a la habitación del hotel al que van con frecuencia desde hace tres meses. Se besan, y muy despacio se quitan la ropa uno al otro, como queriendo deshojarse. Cada vez que cae una prenda, ella intenta recogerla…, pero él la detiene con caricias insistentes. La abraza, delicadamente hace a un lado su largo cabello y le dice quedito al oído:

–Recuerda lo que me prometiste.

(Ella se aparta un poco, se sonroja, asiente con la cabeza, lo vuelve a abrazar.)

–Ajusta la temperatura del agua y yo te alcanzo. Quiero sacar algo de mi bolsa.

(Emocionado, la sujeta entre sus brazos, la suelta y hace lo que ella dice.)

Se sienta en la cama y respira profundamente intentando prepararse. Escucha el agua salir de la regadera. La llama, y ella responde con ese tonito cariñoso con el que se hablan los enamorados, o los que fingen estarlo.

“No hay nada que temer”, se dice a sí misma, y exhala aliviada el aire que había alojado en sus pulmones. Se acerca a su bolsa, saca sus cigarros, maquillaje, condones… encuentra lo que buscaba. Entra en el cuarto de baño, donde él la espera entre el vapor. Ella le ofrece unos aceites aromáticos que “harán de este momento algo inolvidable”, según le dijo la empleada de la tienda departamental donde los compró. Se sonríen mutuamente. Le pide que sujete su cabello arriba y que se dé la vuelta para que él pueda darle un masaje. Abre uno de los frasquitos y se pone una gran cantidad de aceite en las manos. Empieza por los hombros y rápidamente pasa a su cuello. La toma con gran fuerza y se olvida de la delicadeza con que la tocaba hace apenas unos minutos. Luchan entre el agua, pero es evidente quién va a perder. Cuando deja de moverse, sin dejar de presionar su garganta la lleva hasta la cama. Ella no respira ya. Nunca volverá a tener miedo a bañarse. Él se viste, le toma unas fotografías, se va.

 

 

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