Estoy en camino a Ottawa, Canadá, porque fui invitado a una serie de pláticas sobre los aspectos políticos y económicos de Norteamérica. Entre los expositores estarán personajes como Robert Zoellick (expresidente del Banco Mundial). Como se podrán imaginar, el tema principal es el Tratado de Libre Comercio (TLC), ya que la pregunta a debatir es si Norteamérica sigue existiendo como bloque o simplemente nunca existió. La respuesta queda pendiente para la próxima edición.

En el trayecto me sorprendió encontrar que en las casas de cambio existe la opción de comprar Bitcoins. Voy un paso atrás, lo realmente sorprendente es que en el 2017 todavía necesitemos usar ese tipo de intermediarios. Al viajar con una señora de 79 años, es lógico que mi compañera de viaje cargara dólares americanos, que previamente compró en otra casa de cambio en la CDMX, para comprar dólares canadienses en un local de cuatro metros cuadrador con ventanillas casi blindadas y un intercomunicador a la altura de la cara de donde sale una voz metalizada. Como cafetería de Starbucks, las casas de cambio son exactamente iguales en todas partes del mundo.

En mi caso, hace varios años que viajo sin moneda del país al que voy. Normalmente todos los pagos que realizo los hago a través de mi tarjeta de crédito. Me permite llevar un mejor control y no tener que estar cargando con efectivo o buscando en cada esquina una casa de cambio. Sin embargo, en la era pre-Uber, tomar un taxi era un reto porque muchos te pedían la cantidad exacta en dinero.

La primera vez que pude pagar un taxi con tarjeta fue en la ciudad de NY, pero nunca sospeché que en un futuro cercano lo podría hacer a través de una app. Ahora que viajo de trabajo a Bogotá, Medellín y Buenos Aires, el reto es tener suficiente batería en mi celular. Gracias a Uber la única necesidad de cargar efectivo se eliminó.

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Entonces, ¿Por qué una casa de cambio vendería Bitcoins? Sigo sin entenderlo. Al parecer para la Échange de Montréal hace todo el sentido del mundo que la gente compre monedas virtuales (crypto monedas como Bitcoin) en un local físico en la esquina de una zona turística.

Hace también mucho sentido “acuñar” bitcoins simulando centenarios de oro. Me parece que la intención de los creadores del concepto de activos digitales es justamente eliminar las fricciones que ofrece el mundo físico (o real como algunos lo siguen llamando). La idea es no necesitar ir al cajero, sacar pesos mexicanos, cambiarlos por dólares americanos (con su debida “pérdida cambiaria” y comisión), para después de un vuelo de 6 horas, cambiarlos por dólares canadienses (también con su debida “pérdida cambiaria” y comisión) para finalmente comprar una porción de Bitcoin (que al momento de escribir esta columna ya tiene un valor de 7,286 dólares equivalentes a 140 mil, 370 pesos.

¿Qué parte de: “las monedas virtuales logran eliminar estas fricciones” no habrá quedado clara para la Échange de Montréal? Justamente la posibilidad que ofrecen los activos digitales es el que desde tu smartphone puedas comprar, vender y transferir bitcoins (o cualquiera de las más de 800 monedas digitales existentes) en cuestión de minutos e incluso segundos.

Siguiendo con esta reflexión, descubrí hace poco que Amazon no piensa muy diferente a la Échange de Montréal. Nunca imaginé que el principal exponente del e-commerce a nivel mundial fuera a poner tiendas físicas. Mientras empresas emblemáticas quebraron por no tener presencia digital (como Toys’R’Us), Amazon, después de 15 años de ser el “flagship” del e-commerce, está instalándose en los centros comerciales para hacer demos de productos como el Kindle, Fire TV y Alexa/Eccho.

De igual forma hizo una inversión de varios miles de millones de dólares en la cadena de supermercados “Whole Foods” y el principal e-commerce de China (Alibaba) está haciendo lo mismo. ¿A qué conclusión llegamos? Vivimos en una época donde todavía no es posible hacer todo de manera virtual o digitalizada. Es una época donde lo físico y lo digital están sufriendo una enorme colisión. Una era donde aquellos que quieran triunfar dentro de su ecosistema están obligados a utilizar la tecnología a su alcance para digitalizar sus operaciones físicas (o reales) y para hacer físicas sus operaciones digitales.

Lo que sí me queda claro es que vender Bitcoins físicos solamente tiene sentido para los que nacieron en la década de 1950. Es una forma de acercar el concepto de una moneda digital en el “mundo real” de los baby boomers. En esta colisión e intento de que una moneda digital no suene a Super Mario Bros, te comparto los puntos clave que destaca la Échange de Montréal:

Valor: su valor es útil y tiene una oferta controlada, como el oro y metales preciosos

Rareza: Nunca habrá más de 21 millones de Bitcoins

Rapidez: Puedes ver la transacción de un lado a otro en minutos

Global: Se puede mandar a cualquier lugar del mundo sin costos adicionales.

Seguridad: Cada individuo tiene control sobre sus fondos

Barato: Las comisiones son muy bajas y no dependen del monto que se envíe

No Regulado: No hay terceros o intermediarios involucrados

Programable: Bitcoin puede tener otras funciones (como activo digital)

Algunos de los puntos mencionados[1] son incompletos o no funcionan igual para todos los países. En lugares como Colombia está prohibida la compra y venta de crypto monedas. Sin embargo, al tener una Red Virtual Privada (o VPN por sus siglas en inglés) fuera del territorio, se puede hacer sin que las autoridades lo controlen. Con China sucede algo parecido. De igual forma, las comisiones dependen del “exchanger” que se utilice para la compraventa de estos activos digitales.

En conclusión, el mundo virtual y el mundo físico se mezclan en uno solo que nos ofrece mejores condiciones para transaccionar (comprar y vender lo que sea) gracias al uso de la tecnología, logrando automatizar (mayor eficiencia) y brindar mayor seguridad (descentralizar y multiplicar las validaciones) en todos los procesos que como seres humanos realizamos.

 

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