Nerviosismo es lo que destila el gobierno mexicano con respecto al TLCAN y, por tanto, con toda la relación con Estados Unidos. En la reunión con Trump, el presidente Peña prefirió fingir que no escuchó la declaración de que México pagaría el muro, antes de afirmar, frente al mandatario estadounidense, que nuestro país nunca lo haría. La prensa internacional se refirió al incidente como un nuevo episodio de humillación que infringía Trump a los mexicanos.

El hecho fue prácticamente simultáneo a la vista de John Kelly, el secretario de Seguridad Interior estadounidense, que, de manera increíble, fue invitado a supervisar la destrucción de plantíos de amapola en Guerrero. Esto no puede tener más que una lectura, el gobierno mexicano está dispuesto a que se establezcan condiciones en materia de combate al tráfico de drogas para obtener el beneplácito norteamericano. Eso implica incrementar el uso de la fuerza en contra de comunidades y campesinos, lo que necesariamente va a incrementar la violencia en México. A cambio, por cierto, no existe compromiso concreto alguno de reducir el tráfico de armas hacia nuestro país. Eso implica tomar en Estados Unidos medidas severas, que Trump no está ni siquiera dispuesto considerar para restringir la venta de armas en la frontera. El juego se llama ceder todo, no protestar jamás, con la esperanza de que el TLCAN no se mueva mucho.

En México, de hecho, no estamos discutiendo los cambios que queremos en el TLCAN para mejorarlo a nuestro favor, para reducir sus efectos positivos y potenciar las ventajas, para hacerlo más transparente y mejor para los trabajadores mexicanos. De este lado de la frontera, más bien parece que estamos rezando para que un tuit de Trump no destruya la posibilidad de que el tratado se modifique lo menos posible. El reciente resultado del acuerdo azucarero entre ambas naciones señala el rumbo que México está dispuesto a seguir en la negociación. Es decir, se está dispuesto a perder ciertas cosas, para que Trump pueda tuitearlas como logros. El TLCAN es la joya de toda la reforma económica de las últimas décadas, perderla significa el fin de la hegemonía neoliberal como guía de la política economía nacional. En esa lógica no importa ceder soberanía, para permitir la intervención de Estados Unidos en asuntos de seguridad nacional.

México podría tener otra estrategia, una que muy probablemente le rendiría mayores frutos. Peña debería estar hoy en Brasil y en Argentina anunciado acuerdos que permitan reducir la dependencia alimentaria con Estados Unidos y anunciado acciones de política agropecuaria para incrementar la producción nacional de productos básicos. Peña tuvo que aprovechar la reunión del G20 para mostrar cercanía con Europa para ampliar oportunidades de comercio e inversión, no solo para buscar un encuentro desesperado con Trump. El discurso tendría que ser el de mostrar que México puede ganar en términos arancelarios si se mueve a las reglas de la Organización Mundial de Comercio y que es posible llevar a cabo una política industrial que, de manera eficiente, permita reducir las exportaciones. Reino Unido, por ejemplo, presentó un ambicioso plan de política industrial justo en el momento en el que se va a definir su acuerdo comercial con la Europa Comunitaria. México tiene que mostrar que puede vivir sin el TLCAN, que no es la única alternativa para que el país crezca, eso es fundamental para llevar la negociación de tratado a buen puerto.

El gobierno mexicano le apuesta a una renegociación expedita del TLCAN, con pocos cambios, con pocas pérdidas, aunque no se obtengan ganancias. Esto es poco probable que suceda. Trump es un presidente irresponsable, que no entiende su papel y que ni siquiera está dispuesto a pagar los costos que implica habitar la Casa Blanca. En la negociación del TLCAN es perfectamente capaz de destruir en segundos lo que se logre negociar por semanas. Destituir a los funcionarios designados para esa labor y nombrar a otros más radicales.

Lo más probable es que jamás esté dispuesto a ir al Congreso a defender lo acordado, ni siquiera a organizar a su gabinete para sostener lo negociado. Cada día que pasa surge una nueva evidencia de su acuerdo con los rusos para sabotear a Hillary Clinton, de sus conflictos de intereses entre la actividad pública y sus negocios, y de la participación ilegal de sus familiares en el gobierno. Trump ya un presidente impopular, acorralado e incapaz de organizar un gobierno medianamente competente. Con ellos se va a negociar y a ellos se les otorga hoy todo tipo de concesiones.

 

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