El gobierno de China tiene un objetivo primordial: la supervivencia del régimen actual. Por eso, está tratando de reducir los excesos y desequilibrios que amenazan con causar una crisis económica a mediano plazo con un ambicioso programa de reformas estructurales.

 

 

 

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No una transición política, obviamente. Es más, la actuación del gobierno chino se entiende mejor si se asume que hay un objetivo primordial de supervivencia del régimen actual. En consecuencia, está tratando de reducir los excesos y desequilibrios que amenazan con causar una crisis económica a mediano plazo con un ambicioso programa de reformas estructurales.

El modelo económico actual se está volviendo insostenible. Por un lado, la construcción de viviendas e infraestructura tiene un peso excesivo y empieza a crear una burbuja inmobiliaria. Por otro, China tiene aún una gran dependencia de su sector exterior. Pero sin duda el desequilibrio más grave que se ha acumulado en los últimos cinco años —con implicaciones potencialmente devastadoras si no se gestiona adecuadamente— está siendo el crecimiento desbocado y desordenado del crédito, en especial fuera del sistema bancario tradicional.

El gobierno comenzó a otorgar muchos créditos en 2008 para contrarrestar la crisis global con inversión pública y privada. Pero, viendo que estaba creando una burbuja inmobiliaria, ya en 2010 comenzó a limitar el crédito bancario. En consecuencia, se desarrolló con una rapidez espectacular un circuito parabancario con tres mecanismos fundamentales: préstamos directos entre empresas, trusts que captan recursos para prestar a compañías y municipios, y fondos para particulares, que en lugar de invertir en activos cotizados destinan sus recursos también al crédito directo. Se estima que este «sistema parabancario» ronda el 70% del PIB, cerca de una tercera parte del financiamiento bruto del país.

Aunque estas cifras suenen alarmantes, hay que ponerlas en el contexto de los países desarrollados, donde el financiamiento no bancario, normalmente excede al PIB y supera a veces al importe de créditos de la banca. Tranquiliza que el ratio créditos/depósitos de las entidades financieras sea apenas del 75% (es decir, hay un enorme exceso de liquidez en el sistema, que no depende del capital exterior), que China posea 4 trillones de dólares en reservas de divisas y que la deuda pública ronde el 50% del PIB, ya incluyendo la excesiva deuda de las entidades locales.

 

Triple vía

Acertadamente, el gobierno está afrontando este problema por una triple vía:

  1. Una mayor regulación del canal parabancario para evitar excesos y proteger mejor a los inversionistas, a la vez que crea canales formales para prestar a las pequeñas y medianas empresas
  2. Una liberalización de los mercados financieros que permita a los bancos pagar más por los depósitos y a las empresas y a los entes locales emitir bonos más fácilmente
  3. Y, por último, no evitando por fin el impago de algunas empresas y trusts. Esto crea incertidumbre a corto plazo, pero obligará a los inversionistas a exigir una compensación adecuada por el riesgo asumido, los inclinará a invertir en productos regulados y elevará el costo del capital, reduciendo las operaciones especulativas.

 

Pero esta transición hacia una economía más basada en el consumo y en el sector terciario y menos propensa a burbujas crediticias e inmobiliarias es sumamente difícil. La mayor escasez del crédito está inevitablemente causando una desaceleración del crecimiento (hacia el 7% a corto plazo, pero quizás no muy por encima del 5% al final de la década) y debemos acostumbrarnos a mayor volatilidad en los indicadores.

El riesgo de un ajuste crediticio abrupto no es despreciable, aunque el amplio programa de reformas estructurales está bien encaminado hacia una economía menos desequilibrada y más sostenible. Y no debemos obviar los inmensos recursos financieros de que dispone el gobierno y el potencial de su economía si se avanza en la liberalización de muchas actividades a la vez que se organiza el sector público.

 

 

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