Como resultado de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Romanov entró en una profunda crisis económica y social que detonó un de los momentos más importantes en la historia contemporánea. La primera etapa de la Revolución Rusa cerró con la abdicación del Zar Nicolás II en marzo de 1917 y el establecimiento de una República Rusa liderada por Alejandro Kerenski. En octubre del mismo año, inició la Revolución Bolchevique bajo el liderazgo de Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) y con el lema bajo el lema: “el poder para los Soviets”, propició el fin de la República Rusa bajo la promesa de paz, tierra y pan.

Desde entonces y hasta la era de Mikhail Gorbachev, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas protagonizó junto con los Estados Unidos la Guerra Fría y una carrera ideológica que en muchos momentos pareció interminable.

Glasnost y Perestroika como emblemáticas políticas para hacer frente a la crisis de la Unión Soviética abrieron también el cuestionamiento sobre los regímenes socialistas establecidos alrededor del mundo y posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Parecía que entrado el proceso de integración económica posterior a la Guerra Fría, el mundo finalmente era una aldea global, en la que el comercio internacional respondía a las necesidades del Tercer Mundo y propiciaba un desarrollo acelerado en los países del Primer Mundo.

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Ante la llegada de un Nuevo Orden Internacional, la comunidad internacional centró la mirada en el desarrollo de nuevos bloques, de economías emergentes y se perdió de vista el remanente ideológico que quedaba sembrado en diversas partes del mundo.

Los nuevos regionalismos favorecieron el surgimiento de nuevos sentimientos anti-imperialistas (anti-Occidentales) que se fortalecieron con la polarización de la riqueza que ahora se atribuía al proceso de globalización.

Con la llegada del milenio, no sólo llegó el cuestionamiento acerca de la eficiencia de los organismos internacionales y su impacto en la agenda internacional; parecía que en el nuevo milenio se podría alcanzar el equilibrio de poder y procesos democráticos.

En el caso de América Latina, el reacomodo de las fuerzas internacionales causado por el fin de la Guerra Fría, dio pie al surgimiento del bloque bolivariano como un intento de posicionar al eje formado por Venezuela, Colombia, Bolivia y Ecuador bajo el liderazgo venezolano.

Cuba, por su parte, buscaba sin el patrocinio de la URSS y ante la inminente crisis en Rusia y las ex repúblicas soviéticas, un lugar en la geopolítica del continente Americano. Mientras los tratados comerciales de América (NAFTA, Mercosur y Caricom) se abrían paso en el concierto globalizador que ya había iniciado; Cuba seguía a merced de la política exterior de EU y esperaba que, finalmente el embargo se levantara y las relaciones comerciales se reanudaran para iniciar con un proceso de integración aunque tardío, muy necesario.

Con el amparo de la figura de Bolívar, en Venezuela comenzaba a forjarse la historia que hoy lamentamos y hasta nos resistimos a creer. Con el desafiante discurso de Hugo Chávez, la resistencia contra el “imperialismo occidental” representó de momento un motivo de orgullo y significación del pueblo venezolano que ovacionaba los discursos de Chávez, especialmente cuando, estilo de Castro, Chávez le cerraba el paso a las inversiones norteamericanas en Venezuela.

Con el transcurrir de los años, se han ido acomodando los liderazgos que hoy pudieran ser determinantes en el matiz que tome la crisis en Venezuela. China, Rusia, Corea del Norte jugarán un papel determinante en la historia que está por escribirse.

Habrá, como en los tiempos de la Guerra Fría, países alineados a la postura de sanción que mantiene EU y países alineados a Rusia. Y de ello, no solo dependerá el grado de intervención que haya en Venezuela, sino que además de esa alineación dependerá el curso de la próxima etapa en la relación EU y Rusia.

Es posible que estemos viendo el inicio de una Segunda Guerra Fría, con los mismos protagonistas. Solo que en esta versión, las “súper potencias”  llegan en calidad de “pseudo potencias”, desgastados en sus asuntos internos, con crisis económicas que no se han podido superar y con un escenario mundial que no favorece el reconocimiento de hegemones; pues hoy, hay actores internacionales que quizás no permitan el desarrollo de una nueva etapa de liderazgo para EU.

La relación diplomática entre Rusia y EU llega prácticamente a un punto insostenible, no sólo por las fugas de información y el escándalo en torno a las pasadas elecciones en EU, sino porque hoy en día, países como Corea del Norte y Siria, o la misma Venezuela pueden representar el peso que cambie la balanza a favor de alguno de estos dos antiguos rivales con la diferencia de que el día de hoy, la capacidad armamentista y financiera de otros países rebasa por mucho a la que tienen estos dos antagonistas que durante la segunda mitad del siglo XX protagonizaron el bipolarismo.

A cien años de la Revolución Rusa, el mundo aún no ha encontrado la fórmula que mantenga un equilibrio de poderes, ni la fórmula para eliminación de la pobreza, ni del hambre, ni del analfabetismo; sabemos hoy, que el regreso del populismo tampoco es la opción, veamos nada más el caso de Venezuela y pensemos ¿en realidad fue el capitalismo y el mundo occidental lo que ha hecho estragos? O ¿es más bien que el discurso populista disfrazado de anti-imperialismo ha perseguido los mismos intereses que siempre ha criticado?

 

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