Y fue entonces, cuando bajo el liderazgo del Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar, se instó a los países del mundo a dedicar el tercer martes de septiembre al Día de la Paz. En aquel 1982, alcanzar la paz mundial, seguía sonando a deseo de concurso de belleza, pero los conflictos en el Medio Oriente y el Fin de la Guerra Fría, ponían a ese deseo un acento de utopía.

Años más tarde, en 2001, se fijó el 21 de septiembre como el Día Internacional de la Paz, pidiendo en cada emisión anual, a los países del mundo la generación de estrategias que permitieran la pacificación nacional e internacional.

Parece que, hacia el final del milenio, se habían hecho esfuerzos por erradicar la violencia del escenario internacional, pero parecía también, cada vez más, que estos esfuerzos eran insuficientes e ineficaces.

Para 2012, el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon, pidió que se enfocaran los esfuerzos de las agendas nacionales hacia el logro de una Paz Sustentable; es decir, alcanzable, realista y duradera.

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Este llamado ha llegado desde entonces, en medio de diversas tensiones y conflictos globales, buscando encontrar el eco de la tolerancia, la armonía, el diálogo y la cooperación; fundamentalmente ha buscado que se replique en la escala nacional los esfuerzos de la comunidad internacional para lograr que los niños dejen de ser reclutados para conflictos armados, para generar conciencia acerca del impacto negativo de la cultura bélica en el desarrollo sustentable, y de la importancia que tiene generar inversión en capital humano y no en ejercicios militares, entre otros asuntos prioritarios para el establecimiento de una Paz Sustentable.

Sin embargo, en los últimos días hemos sido testigos de un reacomodo de fuerzas globales que, en lugar de afirmar el paso hacia la resolución pacífica de controversias, ha generado un despliegue amenazante del potencial armamentista que actores como Corea del Norte, Estados Unidos, China y Rusia han acumulado y perfeccionado con el paso del tiempo, como si en el fondo nunca se hubiera considerado eliminar del todo esa tendencia al conflicto.

Es una realidad que los Objetivos para el Desarrollo Sustentable (subsecuentes a los Objetivos del Milenio) no contemplan un proceso de pacificación o de eliminación de conflictos de alta intensidad. Quizás, con el deseo implícito en que, al eliminar la pobreza o el analfabetismo, la desigualdad y el uso irracional de los recursos naturales, la comunidad internacional puede entrar en un proceso de pacificación y desarrollo sustentable; no se ha contemplado el problema que representa el desarrollo de patrones socioculturales comunes, o el problema que trae consigo la consolidación de una sociedad en la que las ideologías viajan de todos lados y hacia cualquier parte.

El desarrollo de marcos legales de cooperación en materia de seguridad, se veían hasta hace unos meses como la opción más viable para abatir (finalmente) al terrorismo, las dictaduras o a la delincuencia organizada.

¿Dónde queda entonces la preocupación por el aseguramiento de la provisión de alimentos en América Latina? ¿Dónde queda entonces la protección de la sociedad civil? ¿Cómo avanzar hacia una Paz Sustentable si los liderazgos mundiales son cada vez más radicales, extremistas y neopopulistas? ¿Es quizá que vemos lejanos esos próximos 20 años en los que la ONU ha advertido una crisis energética y alimentaria a nivel global?

Nosotros, la comunidad internacional del siglo XXI, no caminábamos hacia la Paz Sustentable. Nosotros, en el inmediato, seguimos preocupados por la eventual posibilidad de que se desate una tercera guerra mundial, por la creciente tensión bélica entre actores que insisten en recrear la Carrera Armamentista de la Guerra Fría y por lo difícil que es vivir en un mundo en el que “hacer grande a América otra vez” implica la irracional idea de erradicar un conflicto a través de la creación de otro conflicto.

 

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