En 1845, John O’Sullivan publica en el Democratic Review su artículo Anexión, en el que la idea de un Destino Manifiesto, regalo de la Providencia para la extensión territorial e ideológica de los Estados Unidos era equiparable al derecho divino que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para su propio desarrollo.

En aquel momento, el Destino Manifiesto no sólo sirvió de elemento ideológico político para la unidad nacional y el desarrollo de un sentido de identidad, sino que justificó el proceso expansionista también defendido por la facción más puritana de los padres fundadores de la nueva y hegemónica nación.

So pretexto de ese designio divino, de ese Destino Manifiesto, los Estados Unidos han pasado por guerras, intervenido en la defensa de la democracia y de la idea de un mundo libre y capitalista. Desde la política del gran garrote y la del patio trasero, la doctrina de política exterior y la misma política interna han buscado siempre enarbolar los principios más fundamentales de ese puritanismo expansionista, no por nada América para los Americanos y el Sueño Americano coronan el sentido más estricto de la doctrina republicana del siglo XIX y XX.

Así entonces, la historia moderna de Estados Unidos se ha llenado de momentos que le consolidaron como el gran hegemón que mantenía el equilibrio de poder, el policía del mundo que salía al rescate de las agonizantes democracias o de las latitudes amenazadas por el comunismo.

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En ese contexto y bajo el auspicio del líder del primer mundo, surge el marco normativo de las organizaciones internacionales modernas y el sistema de mercado y económico que lograría finalmente consolidar el tan anhelado laissez faire laissez passer.

Con un sentido estrictamente revisionista, debemos conceder que la victoria electoral de Donald Trump no es mera coincidencia obedece, desde luego, al despertar de fibras profundamente arraigadas en ese puritanismo expansionista, ese que cree en el Destino Manifiesto y que considera obligación el devolver la honra a ese Sueño Americano que dejó de ser Americano cuando Obama llegó al poder, cuando inició la recesión económica causada por la crisis del sistema crediticio y cuando en esa misma fase, la clase media se vio amenazada con una prematura extinción.

172 años después de la publicación de John O’Sullivan, los diarios estadounidenses hablan hoy el lenguaje de la era digital, el expansionismo es quizás más peligroso, más sigiloso, corre a través de las redes sociales y como escribía Zygmund Bauman, hace de los tiempos modernos, tiempos de una Sociedad Líquida. No hemos logrado discernir entre la utopía política y la política que pareciera salida de un reality show.

Insólito fue el asesinato de John F. Kennedy y el escándalo Watergate que llevó a Nixon a renunciar al cargo, tan insólito como es el hecho de que a dos semanas de haber jurado sobre la Constitución y sobre la Biblia, Donald Trump esté faltando a los principios más fundamentales de la democracia y el mundo libre.

No es solo la absurda idea de un muro (que ya existe por cierto y fue obra de Bill Clinton), o la violación a los derechos humanos (por lo pronto al 7 y al 13, que hablan sobre el derecho a la no discriminación y sobre el derecho al libre tránsito y a la libertad de elección de residencia, respectivamente) o la firma continua de órdenes ejecutivas para violentar las propias leyes nacionales; sino que, lo más insólito radica en el prácticamente nulo conocimiento que tiene del marco regulatorio del sistema político y constitucional.

Hoy se especula sobre la posibilidad de un juicio político al presidente de Estados Unidos, no solo por estas dos primeras y desafortunadas semanas de gestión, sino porque se ha dejado en el olvido el recurso constitucional más importante de esa nación: el Check and Balance System.

Este sistema de equilibro y verificación de poder entre los poderes de la Unión nace después de la Guerra de Secesión, momento en el que los Estados de la Unión Americana firman el Pacto Federal para pasar de una Confederación a una Federación y garantizar así la inhabilitación del centralismo político o de un presidencialismo que boicoteara el proyecto de nación que asistía a la razón de ese designio divino en el que tan fervientemente confiaban.

Justamente es gracias al Check and Balance System que el Congreso puede enjuiciar e incluso destituir al presidente si considera que su actuación no coadyuva al fortalecimiento de la democracia y al espíritu del mundo libre (por supuesto todo eso ante el incumplimiento de la Constitución).

No hay antecedente histórico que cuente la historia de un conflicto de intereses entre los tres poderes de la Unión en Estados Unidos, ni tampoco hay antecedente de tropiezos graves en materia de política exterior como los coleccionados en las escasas dos semanas de gestión del señor Trump, ni mucho menos hay registro de especulación y volatilidad tan amplía a nivel mundial como la que hemos visto a raíz de la estira y afloje entre Trump y Clinton durante la campaña por la presidencia.

Si bien es cierto que los tropiezos, los atrevimientos y las imprecisiones son insólitas; me atrevo a decir que es mucho más insólito tener a un presidente de los Estados Unidos con un nivel de desaprobación y rechazo tan grande a solo dos semanas de su llegada a la Casa Blanca. No debemos olvidar que el proyecto político de Donald Trump, depende en gran medida de la aprobación que le dé el Congreso a su propuesta de Gabinete.

En los próximos días veremos si en verdad el Check and Balance System sigue siendo un sistema válido y vigente para el equilibrio de poder o es que ya habremos dejado atrás la era del Sueño Americano para haber pasado a la Era de lo Insólito.

Si lo segundo es inevitable, entonces la Doctrina de Marx respecto a la enajenación Capitalista se habrá cumplido y, estaremos presenciando la transformación más profunda de un sistema político en la era moderna.

 

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