En la pasada entrega, propuse replantear la importancia de la productividad en la economía mexicana como estrategia para buscar la convergencia económica con los países más desarrollados del mundo. Toca ahora establecer propuestas acerca de cómo podemos incrementar la productividad total del país, en un contexto en el que existen zonas más desarrolladas económicamente y otras rezagadas. Por lo tanto, nos enfrentamos a un doble reto: que México converja con los países ricos y que, en su interior, los estados pobres lo hagan con los estados ricos.

En términos de productividad, una de las principales ventajas comparativas que tiene México es su manufactura barata. Aunque es cierto que no somos tan productivos, según la definición tradicional de productividad (que es la eficiencia de los factores de producción), sí contamos con una economía competitiva, si consideramos la productividad ajustada a los bajos costos de manufactura. Quizá un trabajador alemán haga lo que tres mexicanos en el mismo periodo, pero los tres mexicanos, en conjunto, pueden ser más baratos que el alemán.

Lo anterior no significa que los trabajadores mexicanos estén destinados a tener salarios bajos o que el país deba basar su competitividad en el bajo costo de manufactura por siempre, sino que existe un nicho de oportunidad para aumentar ambos rubros: debemos invertir con mayor inteligencia en educación, pretendiendo que el impacto positivo de ese conocimiento, en términos de productividad, compense el costo de los trabajadores. Una mano de obra calificada sería más cara, sí, pero también más eficiente y productiva.

Por otro lado, existe una desigualdad marcada, en términos de infraestructura y calidad, en el sistema educativo, entre las zonas marginadas y las zonas urbanas, lo que se traduce también en una disparidad económica entre las diferentes regiones.

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Tenemos dos Méxicos: mientras que estados como Querétaro, Aguascalientes y Nuevo León han crecido en la última década por encima del 4%, en promedio, según el IMCO, sitios como Oaxaca, Chiapas o Campeche lo han hecho por debajo de 2%, en promedio. Esto es relevante porque, al final, todo se ve reflejado en el salario: los sueldos promedio en la zona centro y la zona norte, las regiones más dinámicas del país, son 29% y 12% más altos que en el sur, respectivamente.

En este contexto, para potenciar la productividad total del país y buscar convergencias entre los estados ricos y los pobres, hay que atender urgentemente las desigualdades del sistema educativo, así como la informalidad y la falta de infraestructura de los estados ubicados en el sur.

Para lograr lo anterior, necesitamos invertir en los siguientes puntos: educación continua, que permita a los trabajadores y estudiantes actualizar sus capacidades técnicas a lo largo de su vida, incluso después de dejar la escuela; enseñanza obligatoria en preparatoria de los lenguajes de programación; alineación de la oferta educativa con las demandas económicas regionales. Propuestas como las anteriores nos permitirán aumentar la competitividad de las regiones más rezagadas (y los salarios de los trabajadores), aumentar la productividad total del país y, más importante, educar en pro de una sociedad más competente para los retos del siglo XXI.

En un mundo globalizado y competitivo como el que vivimos, es necesario que nuestra productividad logre dar la batalla por su cuenta. Hace 20 años, con la puesta en marcha del TLCAN y la apertura de nuestras fronteras económicas, México se vio muy beneficiado por la integración de nuestra manufactura a cadenas de valor trasnacionales. Hoy en día, eso ya no basta, por lo que tenemos que hacer crecer nuestra productividad para que se asemeje a la de los países más desarrollados.

Pero, para lograr la convergencia, primero tenemos que atender la divergencia interna que hay en el país, ésa que hace que caminemos a dos velocidades. La educación debe ser el puente que conecte a los dos Méxicos: el que prospera y el que ya no se puede quedar atrás.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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