El delito siempre existirá. Es imposible evitarlo, porque no hay sociedades ni vidas perfectas, pero sí se puede reducir y prevenir. 

Lo que ocurrió en el Colegio Cervantes, en Torreón Coahuila, donde un niño que cursaba el sexto grado de primaria mató a su maestra, disparó contra cinco compañeros, hirió a un profesor y luego se suicidó, da cuenta de cómo el crimen puede irrumpir en cualquier momento y en dónde menos lo esperamos. 

¿Qué motivó el ataque? Aunque es muy difícil saberlo, lo que queda claro es que fue planeado, esto es, desde la mañana del viernes, cuando entró en la escuela, ya traía consigo dos pistolas: una calibre .40 y la otra .25.  Pidió permiso para salir del salón de clases y se cambió de ropa, poniéndose una playera que decía: “Natural Selection”.

Cuando ocurren sucesos como estos, se suele acudir a explicaciones de los entornos sociales y familiares e inclusive se buscan las grietas en el tejido social.  Si bien pueden existir pistas sobre los móviles del crimen en esos aspectos, no resultan suficientes y se tienen que acompañar con reflexiones sobre la seguridad y, en este caso, dentro de las escuelas.

La tragedia del Colegio Cervantes es rara e inusitada y es poco probable que muestre un patrón que se pueda expandir, de ahí que sea importante hacer un detallado perfil del niño responsable del ataque,  pero es evidente que se tienen que tomar medidas de prevención.

Una de ellas, por supuesto, es la de la revisión de mochilas y la detección de armas y de drogas. Controvertida, la política de Mochila Segura y la vigilancia policiaca en los perímetros de los planteles, pueden funcionar como anticipación o inclusive como disuasión.

La seguridad está relacionada, y esto es irremediable, con los grados de diminución de la libertad que la sociedad esté dispuesta  a tolerar. 

Las revisiones de pertenecías nunca son agradables e inclusive la propia Constitución protege a los ciudadanos para no ser molestados, sino es mediante la orden de una autoridad competente. 

Pero hay zonas y lugares en los que debemos ceder y aceptar que es mejor una pequeña intrusión que correr un riesgo alto. Esto es muy claro en los aeropuertos y más si se trata de viajes internacionales, donde las revisiones son minuciosas. 

Le tocará ahora a las escuelas y sobre todo en niveles donde hay que cuidar a los niños y a los adolescentes. Se requiere, por supuesto, de policías capacitadas y de maestros comprometidos para establecer protocolos que eviten tragedias y que además no vulneren la tranquilidad y las libertades que son inherentes a los espacios donde se brinda educación. 

Es muy difícil que lleguemos a experimentar situaciones como las que ocurren en Estados Unidos, pero las señales de alerta ya están presentes. 

En particular es inquietante el nivel de armas que hay en las calles y que un niño pueda adquirir pistolas como las de calibre .40, las que son bastante letales.

Se dirá que lo que se tiene que cambiar es a la sociedad misma, y algo hay de razón, pero el horizonte del largo plazo no debe hacernos olvidar que se requieren medidas, aquí y ahora, aunque no sean agradables. 

 

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