Sí, lo sé. Algunos pensarán que es una exageración, que se trata de una diferencia intergeneracional y que el teléfono inteligente es una herramienta de trabajo sin la cual ya no se puede estar al día. No es una exageración. Se trata de un problema real que afecta a un creciente sector de la población. Los avances tecnológicos son para facilitarnos la vida y sin duda, el teléfono celular ha traído grandes comodidades y, en muchos sentidos ha cambiado nuestra forma de vivir. Pero, escuchar a Tim Cook, actual CEO de Apple, pronunciarse en contra del uso excesivo de celulares y eso sí que llamó la atención. La declaración, parecida a un balazo en el pie, tiene un trasfondo importante: las adicciones afectan a las personas e impactan negativamente la vida personal de la gente y la productividad de las empresas. No es un chiste, el problema es grave.

La adicción al teléfono celular se ha extendido a tantos ámbitos que nos parece un recuerdo lejano eso de platicar con alguien sin tener que estar compitiendo con una pantalla. Los efectos van más allá del ámbito social. Los profesores en los salones de clases enfrentan alumnos distraídos que no ponen atención. Sucede con muchachos de secundaria y con estudiantes de posgrado, pasa en reuniones familiares y en juntas de trabajo, tiene lugar en comidas entre amigos y en cursos de capacitación. Hay gente que no puede dejar el celular a un lado.

Las personas están distraída o poniendo atención en algo diferente que en el aquí y el ahora. Si las empresas se dieran cuenta que los ejecutivos que debieran estar poniendo atención en las clases de postgrado que les están pagando, están chateando o revisando sus redes sociales, se asustarían. Si los corporativos se dieran cuenta de que muchos de quienes fueron elegidos para participar en un programa de capacitación están conectados al teléfono y no están escuchando nada porque traen puestos los audífonos, se irían de espaldas. Si los padres pudieran ver que sus hijos están más interesados en las pantallas que en la escuela, se espantarían.

Por supuesto, los pretextos para seguir conectados son tan ingeniosos, tan razonados, tan sólidos que pueden llegar a confundir. Desde luego, como sucede con cualquier adicción, al hablar de ella, el adicto no se hace responsable. Lo más sencillo es echarle la culpa a alguien más: es que mi jefe me necesita conectado en todo momento; es que necesito estar disponible por lo que se pueda ofrecer; es que tengo que estar al pendiente en tiempo real: ¡Patrañas! En general, el uso desmedido del celular equivale a pérdida de tiempo.

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El problema es serio y no se trata de un mal hábito, es un padecimiento que el Instituto Mexicano del Seguro Social ha clasificado como: nomofobia, la adicción al celular. Es un trastorno psiquiátrico que tiene efectos secundarios. La nomofobia genera malestares físicos que afectan articulaciones por las malas posturas que adoptamos o por el uso intensivo del teléfono, afectaciones a los ojos por la exposición continua a la luz que despide la pantalla, a los oídos por el uso excesivo de los audífonos. En estados avanzados, hay insomnio —la gente deja de dormir por estar pegados al aparato—, depresión y ansiedad.

Evidentemente, la adicción al teléfono celular impacta directamente en el bajo rendimiento escolar que le provoca a un estudiante y la poca productividad laboral de un empleado. Los alumnos no escuchan las explicaciones de los maestros y los trabajadores no ponen atención a las indicaciones y esto trae como consecuencia que algo que debió quedar bien a la primera, se tenga que repetir, que se pierda el tiempo y se retrasen las entregas, no se cumplan los plazos o que la gente  tenga que invertir más horas para cumplir con los objetivos que se deben cubrir.

Tim Cook rechaza que el uso de dispositivos sea algo necesario en todo momento: “Hay conceptos que se explican mejor dialogando”. No se trata de empezar una guerra en contra de la tecnología, eso sería absurdo y estaría perdida antes de iniciarse. Se trata de poner reglas del juego y sobre todo de ponernos frente al espejo y valorar si estamos usando el teléfono más de lo que debiéramos o si le damos un uso que no es adecuado.

Es importante que conocer los síntomas más comunes que genera la nomofobia. Si al estar lejos del teléfono sientes: palpitaciones, sensación de ahogo, angustia, desesperación, tienes los primeros síntomas. En un grado más avanzado, se presenta alteración del sueño. Si el uso extremo del aparato ya repercute en malas relaciones interpersonales, si hay falta de atención a lo que ocurre a su alrededor y si no puedes estar sin revisar el teléfono a cada instante, es momento de hacer un alto en el camino y empezar a reflexionar.

Según Paola Escobar, especialista en Psiquiatría y Salud Mental y Coordinadora de Investigación en el Instituto de Neurociencias, lo terrible es que la mayoría de las veces, la persona no se da cuenta de que padece nomofobia, porque el celular se ha convertido en una herramienta de la que no se pueden alejar. Pretextan que les permite comunicarse de manera directa con su familia, el trabajo y en el diario vivir. Además, niegan la adicción a las redes sociales y a los dispositivos electrónicos y se niegan tomar las medidas necesarias y no aceptan que la situación ya les ha llegado a afectar.

Pero, ¿qué medidas podemos tomar? Lo primero es hacernos conscientes de que tenemos una relación poco sana con el aparato. Una buena idea es planear tiempos sin tener el teléfono en la mano. Guardarlo si estamos en una junta, en un curso o si tenemos que estar poniendo atención en vez de distraernos con la pantalla. Eliminar esas aplicaciones que nos exigen estar conectados y esos juegos que nos obligan a estar interactuando permanente. Dejar de usar cuando vamos manejando un auto, una bicicleta o cuando vamos caminando en la calle. Alejarse del teléfono a las horas de comer. Preferir hablar directamente con las personas en vez de hacerlo a través del aparato.

El teléfono celular tiene que ser una herramienta que nos facilite la vida, no es un aparato que nos lleve a sentirnos miserables, ansiosos o inmateriales. “No está claro aún cuánto tiempo se considera normal, sano o insano, pero sí hemos demostrado que causa problemas en algunos aspectos de la vida normal, se convierten en vida dedicadas solo al consumo”, dice Sarah Domoff, de la Universidad de Michigan. No obstante, si cualquier elemento que no forma parte integral de nuestro ser empieza a causar daño, es necesario replantearnos su uso.

 

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