Por Andrés Arell-Báez*

Vi, con profunda sorpresa, cómo los políticos y principales analistas de la región defendían con ahínco la buena situación de la economía en América Latina. Entre otras cosas, explicaban ellos que el crecimiento del PIB, esperado en años anteriores, era una muestra del mejoramiento de las cosas para nuestra región. Antes de entrar en el tema, es importante anotar que en Grecia, España e Irlanda, por dar sólo tres ejemplos, se hablaba en los mismos términos y ánimos que lo hacíamos nosotros, antes de que les estallará la crisis en la cara. Un año antes de sus debacles económicas, en cada uno de ellos se elogiaba con vítores los crecimientos presentados en los índices. Por supuesto, desconocían ellos, al parecer como lo hacen nuestros líderes políticos e intelectuales, el término del crecimiento empobrecedor.

Esta realidad económica, que por su parte ha sido explicada en demasía por el presidente Rafael Correa de Ecuador, hace referencia al incremento del consumo por parte de los nacionales, antes del desastre económico más dramático posible. Para entender de lo que estamos hablando, vale arrancar con un ejemplo.

Imagínese usted, señor lector, que dos hijos reciben una herencia igualitaria. Uno de ellos decide gastarla en educación, en salud y, sobre todo, en mantener un ahorro a futuro. El segundo hijo, por el contrario, se gasta su dinero en comprar el último carro de lujo, la ropa más cara, comiendo en los mejores restaurantes.

A los ojos de los desinformados, el segundo hijo parece millonario, mientras que el primero parece un pobre diablo; pero como sabemos, a futuro, el segundo no tendrá nada, mientras que el primero habrá creado una base para ser más productivo y acrecentar su riqueza. América Latina ha sido, históricamente, el segundo hijo. Ha recibido una herencia increíble en la última década, gracias al precio escandaloso de sus bienes exportables, la que ha despilfarrado en consumo de bienes de lujo y otros importados (muchos que pudimos haber estado produciendo a nivel local) contrayendo una clara salida de capitales.

Hay una frase fantástica de los norteamericanos, que sirve para demostrar cuál es el problema acá buscando ser definido. La sentencia es aquella que dice: “follow the money” (seguir el dinero). En un programa local en mi ciudad, Bogotá, (Colombia es uno de los mejores ejemplos en ese sentido), un analista político, claramente no económico, comentaba cómo sentía él que la situación estaba siendo muy buena para los consumidores, puesto le permitía comprar bienes más baratos. Ignora él, que al comprar un suéter importado más barato (por citar su ejemplo), un porcentaje de ese dinero sale del país, a pagarle al productor de esa prenda.

Si entendemos que cuando compramos un café, un carro, una cerveza, un porcentaje del dinero que pagamos sale del país a pagarles a los productores extranjeros, nos queda fácil entender por qué estamos viviendo un crecimiento empobrecedor. En cada consumo que hacemos, estamos saqueando al país.

¿Cuál ha sido, entonces, el fenómeno vivido en los últimos años? Hemos ingresado billones de dólares con nuestra bonanza y ese dinero, como si del segundo hijo se tratara, lo hemos gastado comprando bienes de lujo, que termina sacando mucho de esos mismos dólares. La bonanza se acabó, no está entrando entonces dólares y los que entraron por la bonanza pasada, repito, los sacamos. Ese consumo, en muchos sentidos, impidió el que se invirtiera, como si del primer hijo se tratara, en crear una nación productiva, es decir: una educada y con buena salud.

Viene entonces el cuento de la inversión extranjera, que también traía dólares al país. En la época de ingresos, vivíamos en una economía boyante. ¿Qué se hizo con ese dinero de la inversión extranjera? Lo mismo, lo gastamos en bienes de lujo. Más aún, con la inversión de afuera pasan dos cosas, que por demás son obvias: una, si alguien invierte mil en un país, espera sacar de ese país más de mil. Y dos, es limitada, no puede durar para siempre y, por ende, en algún momento se acaba la nueva inversión extranjera, por lo que sólo se saca los dólares de las utilidades, pero no entran más.

Lo de la inversión extranjera tiene un agravante y es que con el cuento de la “confianza inversionista”, a los capitales extranjeros se le has permitido ingresar a los países sin la obligación de pagar tributos, con lo que la saqueada a las economías nacionales ha sido mucho más profunda. En resumen: los dineros los sacamos por consumo, utilidades y extensiones tributarias.

¿Qué está pasando hoy entonces? Que la inversión extranjera está sacando sus utilidades, es decir ya sacó los mil y ahora está repatriando más; y, dos, no está llegando nueva inversión. Por esos dos motivos, el déficit en inversión y la salida de dólares a través del consumo, es que tenemos un dólar tan caro en varios países del continente.

¿Cómo se ha solventado la falta de dólares? Aquí viene la verdadera mala noticia, con deuda externa. Y, tal como le pasó a Argentina y España, les pasará a algunos en nuestra región: en el momento en que la banca internacional no siga prestando, porque se dan cuenta de que el país no produce los dólares suficientes para pagarla, ese día llegará entonces la debacle máxima.

Es así como se desarrolla un fenómeno de crecimiento empobrecedor en un país y, claramente, varios países de América Latina lo están viviendo. Nos dirigimos, entonces, a una crisis de la deuda externa muy similar a la sufrida por varios países de la Unión Europea en los últimos años.

Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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