¿Cómo puedo hacerlo mejor?, ¿qué pasaría si mezclamos vinagre, gas y carbón?, ¿qué tan alto se puede llegar desde este punto?, ¿hasta dónde puede resistir esta liga? Con frecuencia suele decirse que las dudas, así como las emociones más profundas, vienen siempre al lado de las soluciones. De acuerdo con la psicología, la curiosidad -esa intención natural por descubrir o saber algo- es impulsada por factores emocionales e incluso sociales, llevándonos a lugares insospechados; de una forma más práctica de caminar a conocer otros planetas… y más allá.

Pulsión de vida, pauta instintiva, duda razonable, o voluntad por resolver o perfeccionar algo, históricamente la curiosidad ha sido esa chispa que nos vuelca sobre nosotros mismos, reformulando una y otra vez todos nuestros conocimientos y experiencias mil y una veces y más, avanzando en todas las aristas y disciplinas aplicadas a nuestra vida diaria. En el terreno de las ciencias sociales y las humanidades, la curiosidad siempre viene al lado de la intuición, las deducciones y los atisbos sobre las cosas pueden o no ser.

Sin embargo, en el campo de las ciencias duras, la curiosidad es uno de los valores supremos; combustible primigenio de los avances médicos, tecnológicos y de las ciencias aplicadas más innovadores. Descubrir, desarrollar e implementar de forma única y sin precedentes en la humanidad, depende en buena medida de saberse hacer las preguntas correctas.

¿Y cuál es la pregunta correcta? Por fortuna, la curiosidad no ha conocido demasiados límites, o si se ha topado con ellos ha logrado encontrar la mejor manera de solucionarlo, ayudándose  del ingenio, la pericia y la reformulación de esas inquietudes.

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Los ejemplos se cuentan de forma infinita; los bordes de la curiosidad son invisibles:

¿Cómo pagar la cuenta si se me olvidó la cartera? En 1949, el empresario Frank X McNamara se encontraba cenando en un restaurante con sus amigos; al llegar el momento de pagar, McNamara se dio cuenta de que había olvidado su cartera. Tras llamar a su esposa, quien llevó la billetera al restaurante, McNamara se planteó una pregunta que hoy es el máximo precedente de un futuro cashless.

Otro ejemplo, uno más aterrizado pero igual de increíble. Con una pregunta tan sencilla como “¿Y qué pasaría si…”, el ingeniero, cartonista y autor del gran blog de divulgación científica xkcd, Randall Munroe, ha llevado los límites de los posibles hipotéticos a planteamientos poco probables, traduciendo la complejidad científica a terrenos claros y perfectamente comprensibles para un amplio público, llevando esas dudas a terrenos aún más “improbables”, dándoles una solución y cause real, prueba fehaciente de que la curiosidad no conoce límites.

Llevemos más allá un invento que cambió la vida humana, superemos esa curiosidad. ¿Se puede vivir sin energía eléctrica? La biofísica húngara Maria Telkes desarrolló una casa 100% funcional con energía solar, una alternativa admirable y ecológica que, pese a que hoy no sea una realidad cotidiana, en un futuro próximo probablemente tendrá una relevancia sin precedentes.

Basta recordar también que algunos de los inventores como Benjamin Franklin, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Henry Ford, Thomas Edison y Steve Jobs, no tuvieron altos grados académicos, sólo saciaron su curiosidad yendo más lejos que los demás un paso a la vez.

Así, la curiosidad suele ser no sólo el mejor remedio contra el aburrimiento, sino el camino más directo hacia el desarrollo y evolución humana, tanto a nivel personal, artístico o profesional. Durante la infancia, antes de adentrarnos en ese extraño mundo plagado de prohibiciones y reglas, lo ideal es no frenarnos frente a ese impulso de saber más, aprender y llegar hasta el fondo de cada misterio con el que nos enfrentemos. Saciar la curiosidad es aportar  ideas nuevas y poderosas que cambian el mundo.

 

 

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