Que el nuevo brote de coronavirus fue creado por Bill Gates, Estados Unidos o en un laboratorio en Wuhan, China, son algunas noticias que se han propagado alrededor del mundo, con mayor rapidez que la propia enfermedad. De igual forma, circulan falsas notas sobre vacunas o fármacos capaces de prevenir o curar el coronavirus.

El 11 de marzo la Organización Mundial de Salud (OMS) declaró que el brote del nuevo coronavirus, denominado covid-19, podía considerarse una pandemia. Renuente hasta haces unos días de caracterizar la crisis sanitaria en esos términos, la organización en voz de su director Tedros Adhanom, declaró que habían evaluado el desarrollo de la enfermedad como una pandemia que se extiende simultáneamente en varios países. Pandemia y epidemia se usan en general indistintamente. Sin embargo, la diferencia entre ambas sería el espectro geográfico que abarca la primera, que es más amplia y puede ser, incluso, de carácter global. Irónicamente, justo de esas dimensiones, globales, ha sido la propagación de información falsa sobre el coronavirus en redes sociales o WhatsApp.

En el mes de febrero, la OMS sorprendió con el concepto elegido por para referirse a la vorágine de información en torno al virus: infodemia como una forma abreviada de “epidemia de información”. La organización describía así la sobreabundancia de información, verdadera y falsa, que hace difícil para la gente encontrar fuentes y consejos confiables cuando los necesitan. En tiempos de hiperconectividad el coronavirus es, además de un problema de salud pública, un fenómeno que ejemplifica cómo las mentiras se pueden volver virales en la red con total impunidad, con un saldo difícil de cuantificar. Aunque ya veíamos síntomas de esta pandemia de desinformación en crisis sanitarias previas como la del SARS o el Zika, con el covid-19 estaríamos por primera vez ante una cuestión global sobre la cual se ha propagado un nivel de desinformación a una velocidad sin precedentes.

En contraste, la evolución de la pandemia del coronavirus también ha mostrado que la tecnología puede ser un aliado para combatir la infodemia y, desde ahí, la propia enfermedad. El servicio de salud británico (NHS) por ejemplo, montó una campaña para combatir la desinformación acerca del virus en los medios y online, y trabaja de manera coordinada con plataformas como Google, Twitter y Facebook, agencias del gobierno, medios como la BBC, periodistas, organizaciones y social media influencers para acercar a sus usuarios información fidedigna y precisa. Y la OMS está trabajando de manera similar para combatir la lucha contra información falsa.

Mientras que algunas ciudades han impuesto medidas drásticas contra la pandemia, en otras sus gobernantes han tomado la apuesta de postergar medidas de choque y priorizar la economía. El primer ministro británico Boris Johnson, de la mano de sus asesores científicos, ha optado por tal estrategia para Reino Unido. En México por su parte, las oleadas de información falsa sobre el coronavirus han estado irremediablemente influidas por las polarizadas posturas en torno al desempeño del presidente López Obrador.

Si algo está demostrando la severa desinformación en torno al virus es un exceso de exigencias, no pocas veces irracionales, hacia los servicios de salud pública. Lo que ha puesto en evidencia el covid-19 es que en el mar de críticas hacia los “otros” se pierde el reconocimiento de la responsabilidad individual para prevenir la enfermedad. Por lo pronto, el gobierno mexicano intenta encontrar el equilibrio entre la protección de la salud de la población y minimizar los costes económicos y sociales. Apuesta arriesgada pero necesaria, en una economía que se tambalea ante la reducción de los precios del petróleo. En poco tiempo sabremos si fue la mejor estrategia de las posibles.

 

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