El tercer debate marcó el inicio de la recta final de las campañas electorales de 2018 en México. Es posible que el impacto que los debates tuvieron sobre las preferencias fue marginal para la mayor parte de los candidatos. El primero tuvo en promedio dos o tres puntos en donde subieron Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, bajó Mead y Margarita Zavala, lo que posiblemente aceleró su decisión de dejar la contienda, mientras que Rodríguez Calderón tuvo un crecimiento marginal. En el segundo igualmente fueron dos o tres puntos, donde subió AMLO, bajó Anaya Rodríguez Calderón y Meade se quedó igual, asumiendo el promedio de las encuestas.

En este tercer debate, medir el alineamiento partidario será un poco más complicado porque coincide entonces con el fin de la campaña, donde incluso ante la ausencia del debate, llevaría a las y los indecisos a comenzar un proceso de alineamiento más claro. Sin embargo, por lo menos para esta elección, es posible decir que los debates modificaron poco las tendencias de intención de voto planteadas por las encuestas.

El tercer debate perdió el dinamismo que se había generado con los otros dos debates previos, a pesar de los regaños a los candidatos por sacar el celular, los saludos a la selección de futbol y las evasivas a responder directamente. A pesar de las preguntas, que tuvieron un contenido mayor, el formato como mesa de discusión, además de la vestimenta, formalizó nuevamente la separación entre el espacio político y la ciudadanía, pero también entre los propios candidatos, a pesar de que estaban sentados más cerca que antes.

Desde los consejos moralinos de López Obrador y “El Bronco”, pasando por la interacción fallida entre los candidatos en diversos momentos, así como la búsqueda por parecer menos corrupto que el otro, el debate no permitió profundizar en las preguntas sobre los temas planteados. Ante los reiterados cuestionamientos sobre los fondos necesarios para el desarrollo de los proyectos, donde la propuesta más planteada fue correr a los flojos o acabar con la corrupción en el gobierno para obtener más dinero, no hubo un planteamiento serio sobre los “cómos” de las propuestas.

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En los temas de mayor interés para la ciudadanía, como la salud, la energía o la educación, no hubo propuestas que fueran más allá de los lugares comunes, como hacer más hospitales y escuelas, dotar de medicinas, cobertura y dispositivos gratuitos, etc., donde la feria de dádivas no dio paso a una reflexión profunda sobre lo que se requiere para resolver de fondo dichas problemáticas.

En ese sentido, esta recta final sigue incierta sobre lo que pasará el día de la elección, no únicamente por el gran número de indecisos, sino fundamentalmente porque el modelo de comunicación es muy restrictivo, lo que resta dinamismo a las campañas, así como la posibilidad de tener más información sobre los candidatos, más allá de lo que ellos dicen.

Finalmente, a pesar de la innovación en los formatos de estos debates, donde hay un poco más de interacción, se sigue dando preferencia a la forma en que los candidatos buscan sentirse más cómodos. En las tomas que se hacían desde diversos espacios, se les veía más cómodos en una mesa de discusión, que en un debate donde pudieran moverse a lo largo de un escenario, que les obligara a improvisar, más allá de lo que llevaban preparado. Ese cuidado que se da a los candidatos, no necesariamente se da a las y los electores, pues a pesar del tiempo de campaña, tenemos poca información real, sobre lo que los candidatos realmente proponen.

 

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