La elección de Peña Nieto en México, la reciente creación de la Alianza del Pacífico, el progresivo crecimiento económico de Colombia, Perú y Chile contra las crónicas instabilidades de Venezuela y Argentina, y la desaceleración del crecimiento en Brasil, son factores que sugieren fuertes desafíos al ascenso de la izquierda en Latinoamérica.

 

Las mañanas de las elecciones políticas tengo siempre una febril excitación, parecida a la que tenía de niña la noche en que iba a abrir mis regalos de Navidad. Al día siguiente, al ver los resultados, me siento tremendamente escéptica, exactamente como cuando descubría que mi tía me había regalado otra vez un horrible suéter marrón. Puntualmente, el escepticismo se transforma en amarga desilusión durante los días sucesivos.

No importa dónde, cuándo o quién, las elecciones, como esos malditos regalos navideños, siempre defraudan mis expectativas porque los resultados no representan nunca la meta de un maratón político, la conjunción entre potencial y acto político, sino abren las puertas a nuevas incertidumbres, nuevas esperas, nuevas sorpresas.

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Por lo general, sobre todo en las elecciones muy populares, su inmediato efecto es evidenciar la brecha social, esa distancia entre las facciones que transforma las diferencias sociales e ideológicas en conflicto directo.

Así, en Venezuela, en cuanto Nicolás Maduro ha sido formalmente declarado presidente interino del país, ha explotado una agitación política que pronto se ha convertido en un triste y vergonzoso enfrentamiento armado entre jóvenes y policía.

Venezuela tiene dos corazones bombeando como nunca: los fieles a Chávez que, levantando sus puños y sus flores rojas, ven en la elección de Maduro su declaración de amor y fidelidad infinitos hacia su querido comandante, y los fervientes partidarios de la oposición, encabezada por Capriles, y apoyados por miles de expats venezolanos, que organizados en autobuses y caravanas se han dirigidos en masa hacia los consulados para votar.

Una movilización totalitaria que refleja el peso de estos 14 años de chavismo: parecido a lo que pasó en Argentina con Perón, Chávez se ha convertido en una figura mística, venerado al límite del ridículo –el pájaro mensajero que bajó del paraíso para bendecir Maduro, se me hizo demasiado- y demonizado de la misma forma irracional. Su muerte ha borrado el confino secular entre racionalidad política y fe.

Las elecciones del pasado domingo confirmaron que la era de Chávez sigue viva en la mente de todos: seguimos hablando de él, pensando en él, viéndolo a él en su sucesor, soñando con su regreso o luchando para aniquilarlo. Amigos y enemigos, ninguno logró olvidarlo.

Al mismo tiempo, la mediocre victoria de Maduro ha confirmado que la era del comandante se ha terminado: todos sabemos que Maduro no es Chávez. No tiene su carisma, su capacidad de comunicar, su vigor militar, su capacidad de desafiar a los enemigos y seguir su propio camino, dando muchas órdenes y otorgando pocas concesiones.

Maduro necesitaba una gran victoria para garantizar la paz y la estabilidad en el país. Sin esa victoria, su resultado representa simbólicamente su derrota y el fortalecimiento de la oposición.

Por cierto, con Maduro el futuro va a ser absolutamente diferente a lo que fue el pasado chavista. En la región, Maduro es considerado un político de talento, un buen mediador y conciliador, pero sin esa chispa y ese carisma indispensables para controlar y gobernar el caleidoscopio de fuerzas heterogéneas que conviven en el país.

 

¿Cuáles cambios llevará la era post-Chávez en el hemisferio y el desarrollo de sus movimientos de izquierda?

En la región todavía prevalece un sentimiento benévolo hacia la Revolución Bolivariana. Se reconoce y respeta el rol de Chávez en la revolución de izquierda que ha transformado radicalmente Venezuela y también América Latina en el siglo XXI, alejándola de la supremacía estadounidense y empezando su propio camino.

En la década de los 90, la izquierda latinoamericana estaba sucumbiendo bajo los gobiernos de derecha y de las políticas económicas neoliberales. El nuevo siglo significó para los latinoamericanos un cambio de rumbo que coincidió in primis con la llegada al poder de Chávez, un paso fundamental por el ascenso de la izquierda en la región, por la unidad política de América Latina y por el establecimiento de otro modelo de crecimiento económico.

Por cierto, las victorias de la izquierda en Venezuela, Brasil, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Argentina y Nicaragua han convertido a la región en el foro privilegiado de debate sobre el futuro del socialismo en el siglo XXI.

En este contexto, la muerte de Chávez deja un gran vacío en la izquierda latinoamericana que pierde un fundamental exponente y el principal luchador contra el retorno de una incontrolable influenza estadunidense en el hemisferio.

El peso de Maduro en la política venezolana va a ser parecido a lo de la Rousseff en Brasil, que después tres años de gobierno, aunque si bien amada, no ha sido capaz de opacar la imagen de su predecesor Lula ni a nivel interno ni a nivel regional.

Tanto Chávez cuanto Lula han sido partes vitales del proceso de cambio regional, y su ausencia en la política regional, aunque no signifique necesariamente el fin de los movimientos de izquierda, se suma a los retos que la Marea Rosa encarará en el corto plazo.

De hecho, la elección de Peña Nieto en México, la reciente creación de la Alianza del Pacífico como alternativa al Mercosur, el progresivo crecimiento económico de Colombia, Perú y Chile contra las crónicas instabilidades de Venezuela y Argentina, y la desaceleración del crecimiento en Brasil son todos factores que sugieren fuertes desafíos al continuo ascenso de la izquierda.

En la región se mira al presidente ecuatoriano Rafael Correa como el líder que podría cumplir con el papel de Chávez en llevar la revolución bolivariana a nivel regional. Por cierto, es todavía demasiado pronto para poder evaluar el peso de la pérdida de Chávez en los esfuerzos anti-neoliberales de Latinoamérica.

Si las mayorías de las previsiones pueden terminar siendo pura especulación teórica, no cabe duda que los últimos años han evidenciado el admirable esfuerzo del socialismo latinoamericano en ofrecer una alternativa a los decaídos modelos neoliberales y, al mismo tiempo, a renovar la izquierda y liberarla de los viejos modelos burocráticos.

 

 

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