El contar con un monopólico banco central, en realidad no es más que un signo negativo más del avance del Estado en sus afanes intervencionistas en la economía.

 

El artículo del miércoles llamó la atención sobre la constante y desproporcionada emisión de base monetaria (billetes y monedas) por parte del Banco de México (Banxico). Quedó claro que, aunque sin reconocerlo, nuestro banco central lleva muchos años inmerso en una perversa dinámica de inyección de liquidez que, a pesar de su pretendida autonomía, termina por alimentar el defectuoso sistema que tenemos.

No cabe duda que tiene razón la Escuela Austríaca de Economía en criticar la sola existencia de los bancos centrales, pues como es obvio, su actuar termina siendo siempre dañino.

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Jesús Huerta de Soto, uno de los más prominentes economistas “austríacos”, en su libro “Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos” hace un muy detallado análisis y crítica de dichas instituciones, a través de la aplicación del teorema de la imposibilidad del socialismo.

No es intención de este artículo revisar todos los aspectos abordados en su amplia obra, pero sí resulta conveniente citarlo en el contexto del desempeño de Banxico.

Por ejemplo, Huerta de Soto nos dice que el sistema basado en un banco central y en el ejercicio privado de la banca con reserva fraccionaria, es el peor de los casos de una “planificación central”. Lo anterior debido a que todo está manejado por ese prestamista de última instancia, que ejerce la coacción del Estado en los ámbitos bancario, financiero y monetario.

Gracias a ella el banco central proporciona liquidez a los bancos en momentos de crisis, y deja sin efecto las señales y mecanismos naturales del mercado que restringen, o deberían restringir en un mercado libre, los excesos de la banca. Además, expande el crédito sin el correspondiente ahorro real voluntario, con lo que las distorsiones en la economía producto de esa expansión, conducen sin remedio a severas crisis. En suma, un banco central no elimina la recurrencia de éstas, sino que en el mejor de los casos, las pospone y agrava cada vez más.

Y es que tarde o temprano, dice Huerta de Soto, el mercado “tiende espontáneamente a reaccionar y revertir los efectos de las agresiones monetarias a que es sometido, de manera que los intentos deliberados […] para evitar tales efectos están condenados al fracaso.” Así es.

El autor nos recuerda asimismo las palabras de F.A. Hayek: “todos los bancos centrales se enfrentan a un dilema básico que hace inevitable que su política deba efectuarse con un amplio poder discrecional, en un entorno en el que carecen de toda la información que necesitan para lograr sus objetivos”, énfasis nuestro.

Huerta de Soto explica que incluso los defensores de la banca central como Charles Goodhart han reconocido que, a pesar de todos los esfuerzos, en la práctica es casi imposible determinar de manera “adecuada” la oferta y demanda de dinero, “dado el comportamiento muy variable, difícilmente predecible, y estacional que tienen las múltiples variables que manejan.” Banxico pues debería darse un “baño de humildad” que mucha falta le hace, pues la respuesta genérica que nos dio en su oficio comentado en la entrega anterior–de que la creación de dinero en el país responde solo a la “demanda” del público, resulta más que insatisfactoria. Ni siquiera explica cómo es que la determina.

En este sentido –abunda el académico, en realidad resulta imposible intentar estimar el nivel necesario de billetes y monedas en circulación, “sin dar lugar a políticas monetarias erráticas y desestabilizadoras.”

Por si fuera poco, los funcionarios del banco central son, en el fondo, burócratas influidos por el grupo en el poder. No por casualidad siempre estarán más presionados e incentivados a actuar en favor de políticas laxas –justo como la de inyectar liquidez al estilo Banxico, en vez de impopulares medidas restrictivas como el alza en las tasas de interés.

En suma, el contar con un monopólico banco central al que ya nos hemos acostumbrado en todo el mundo, en realidad no es más que un signo negativo más del avance del Estado en sus afanes intervencionistas en la economía. Sobra decir que esto termina siempre por incidir de mala manera en las libertades de las personas y en la menor creación de riqueza.

Conscientes del problema fundamental que implica tener un banco central, debemos también reconocer que ya que lo tenemos, lo menos que debemos exigir es que corrija el rumbo. México necesita más ahorro real, que no se conseguirá mientras no subamos las tasas de interés por encima de la inflación, y mientras se siga imprimiendo dinero sin límites. Los mexicanos no tenemos por qué seguir pagando por los errores de nuestra autoridad monetaria.

 

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