La nueva película de Peter Jackson es un extenso segundo acto, una demostración de cómo hacer una película en la sala de edición.


La última vez que vimos a Bilbo (Martin Freeman) y a nueva comunidad de amigos enanos a una distancia prudente de la Montaña Solitaria, si las águilas salvadoras los acercan unos kilómetros más no habría segundo acto –posoye–. Así, nuestros héroes deberán buscar la forma de llegar a su destino, mientras un peligro más grande se cierne sobre la Tierra Media. Muajajaja.

Una de las grandes críticas a la primera entrega de El Hobbit, fue la decisión del director y productor Peter Jackson de adaptar un libro en tres películas, no dos como era el plan original. En comparación con los tres volúmenes de El señor de los anillos transformados en idéntica trilogía.

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Ante la expansión, Jackson y su equipo de guionistas se dieron a la tarea de meter personajes y crear situaciones para llenar dos horas más de película. En Un viaje inesperado lograron, mediante una cuidada edición y la introducción de personajes nuevos, tapar los huecos. Se sentía la falta de contenido pero se compensaba en divertimiento. No busca otra cosa que emocionar y hacer pasar un rato.

La desolación de Smaug tiene un objetivo similar, pero una vez utilizado el truco es difícil hacerlo funcionar de nuevo. La primera parte manejaba algunos temas –amistad, auto-descubrimiento– sin sumergirse en aguas muy profundas, la secuela parece no tener relleno. Vive sólo y para nada más que la edición y el ritmo.

Bilbo y su parvada de enanos brincan de aventura en peripecia sin detenerse a tomar un respiro. Queda claro con el pasar de los minutos que no habrá mucho desarrollo de personajes más allá de los elementos más obvios –el enano guapo, el sabio, el dormilón– o porque pertenecen al universo de la trilogía anterior, como Legolas (Orlando Bloom).

Hasta el gran enemigo de esta segunda parte –y del libro–, el dragón Smaug, palidece en comparación con el gran trabajo de efectos especiales tras su creación y la inspirada voz de Benedict Cumberbatch (Star Trek: En la oscuridad, El quinto poder) en sus fauces.

La desolación de Smaug es un extenso segundo acto, una demostración de cómo hacer una película en la sala de edición. Es –como dice @venimosjodimos– un mero gustito palomero y nada más.


Sólo Dios perdona: El implacable castigo

Nicolás Widing Refn se ganó a la crítica y al público en el 2011 con su drama en neón Drive, una cinta sobre un doble de riesgo de pocas palabras metido en problemas de mafiosos. La película apoyaba su amplia popularidad en una gran estética y una excelente musicalización, con score de Cliff Martinez y harto tecnopop. En pocas: palabras tenía mucha onda.

Se podría pensar que el nuevo trabajo de Refn es más de lo mismo, pero no es así. A pesar de los sonoros abucheos causados por Sólo Dios perdona (Only God Forgives, 2013) en Cannes, ésta tiene más empaque que su predecesora.

El director danés invita a hacer una introspección filosófica y psicológica por medio de su personaje central: un organizador de peleas de muay-thai (Ryan Gosling solemnísimo) que debe vengar la muerte de su hermano a manos de un policía implacable.

El temor a la muerte, la competencia entre hermanos, complejos de edipo y algunas otras fobias se cruzan en esta pesadilla llena de largas secuencias y pocos diálogos, donde lo único seguro es lo inevitable del destino.

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