El ejercicio del voto consiente, razonado, fundamentado en un juicio de valor es reciente para los mexicanos acostumbrados hasta los años 80s a la inercia electoral hegemónica del partido del sistema. El inicio del descontento con el unidimensional PRI, en su base la democratización, en su centro el reclamo social por una justa distribución de la riqueza. Es decir, el argumento económico. A partir de las elecciones del 88 y 96 la sociedad mexicana no hemos hecho más que jugar como bien diría Octavio Paz en el “Laberito de la Soledad”. Nosotros le agregamos la tónica surrealista de las “Mexican Matryoshkas”.

Soy de la generación de la década perdida y de muchas otras más a la distancia. A pesar de haber nacido el 1978 toda mi infancia transcurrió en la década de los fabulosos ochentas, años marcados por la crisis e incluso agudizados en todos los factores económicos en los años 90s. Fui testigo por televisión del discurso del entonces presidente de la Republica, José López Portillo, acerca de defender la devaluación del peso como nacionalizar la banca. Desde niño y adolescente algunos adultos entusiastas nos referían que al fin de cuentas en nosotros la juventud se encontraba la esperanza de arreglar la difícil situación del país.

¡Bonita herencia resolver los problemas de una generación marcada y educada por los boyantes Mass-Media nacionales!

Una sociedad acrítica, adormecida, anestesiada dispuesta aceptar como verdadero lo dispuesto al engaño, la mentira y la simulación. Sin embargo, las constantes afectaciones a la economía familiar, los patrimonios perdidos tanto por los ciudadanos, empresarios, industriales, todos en conjunto como pueblo y nación nos ha despertado las dudas para indagar capa por capa, una muñeca tras otra que la contiene, de un nivel a otro hemos desentrañado que el problema económico concentra un tema de inseguridad. Así podemos recordar la solicitud del voto desde las elecciones de Ernesto Zedillo hasta Vicente Fox. En todo momento, los discursos emitidos por los candidatos se enfocaron la discusión de cómo resolver y poner un alto a la crisis económica. De aquí, como modelo del discurso político hacia lo estatal, lo municipal desde lo legislativo a lo ejecutivo el periodo del 1996 hasta el 2006, todo discurso de los políticos en turno se concentró en el reclamo económico de la sociedad. Sin embargo, el año del ascenso al poder de Felipe Calderón Hinojosa su modelo de discurso mutó de lo económico hacia el argumento de la seguridad pública. De aquí, el combate al crimen organizado no sólo permeó a toda la clase política, a las esferas de la administración pública, de los medios de comunicación, de la sociedad civil e incluso involucrando a la sociedad castrense. A pesar de todo lo anterior, este argumento tan explotado se ha desgastado.

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Por ello, las pasadas elecciones intermedias 2016-2017, se inició el tránsito hacia la siguiente russian doll, es decir, como demostrara Miguel Yunes con Duarte en Veracruz, Carlos Joaquín y Borge en Quintana Roo entre otros. Hoy el discurso político ha migrado la atención entre el electorado desde el combate a la delincuencia hacia la batalla contra la corrupción. Discurso que veremos recrudecido y replicado a todos los niveles en las siguientes elecciones del 2018.

Elecciones que en muchas partes de la República se conjunta la presidencial con la renovación de senadurías, diputaciones federales y Locales. Finalmente, los municipios. Por lo tanto, el siguiente año veremos cargado el discurso político con el tema del combate a la corrupción, a la persecución de los delitos de sus predecesores porque se presenta como la situación inaudita pero realizable. Encarcelar funcionarios corruptos en disposición del nuevo Sistema Nacional Anticorrupción.

Sin embargo, a la posteridad la pregunta: ¿En verdad, atacando la problemática de la corrupción, se resuelve el problema de la inseguridad, a su vez su génesis en las dificultades de los factores económicos? Dicho en otras palabras, con la simple persecución de los delitos de daño a la hacienda pública, ¿es posible resolver el viejo reclamo en la distribución de la riqueza?

La respuesta final, se encuentra en la última muñeca rusa, en el corazón desnudo de la cebolla, en el argumento que revestirá los discursos de la segunda década del siglo XXI en México, los discursos políticos madurados en el reclamo de la generación de la crisis, de aquella que reconoce que la solución a los problemáticas de corrupción, de seguridad pública, económicas, sociales y políticas tienen su raíz como centro romper con el paradigma del “pueblo ignorante es controlable” cuando en realidad lo hace violento y lo único que lo pacifica mejorando todas sus condiciones de vidas se encuentra en el proceso humanizador de la educación. Aquel que conforma las bases de socialización, aquel que prepara al ciudadano a la vida productiva para sí mismo como con sus conciudadanos. En última instancia, esa educación que se presenta correctiva y preventiva ante todo problema de corrupción, inseguridad, o desastres económicos.

 

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