En la época moderna, se planteó la tensión entre racionalidad y emociones en el ejercicio de la política. Ante los planteamientos modernos sobre la necesidad de que la política y las decisiones que surgen de ella, se orienten fundamentalmente hacia un esquema de racionalidad humana, donde las acciones se orienten a fines, en un contexto donde los beneficios de una estrategia en particular pueden ser evaluados con respecto a sus costos.

Ante ello ¿cuál es el papel de las emociones en la campaña presidencial actual en México? Es claro que las campañas implican el manejo de emociones por parte del electorado, pero no necesariamente se convierten en elementos determinantes de la decisión electoral, pues eso depende de la forma en que se plantean en el contexto de una estrategia. Hasta este momento, de entre los tres primeros candidatos, podemos identificar tres formas distintas del manejo de estas emociones, con resultados igual de diversos.

Usualmente se plantea a la competencia electoral como un proceso donde las propuestas, deben estar por encima de los “ataques” entre contendientes y partidos. Sin embargo, tanto propuestas como contrastes tienden a resaltar aspectos del interés de las personas, que pueden activar distintas emociones que, al calor de la competencia, forman parte de los elementos de información que las personas utilizan para decidir.

Alegría, enojo, soberbia, admiración, simpatía, miedo, orgullo, satisfacción, angustia, incertidumbre, indiferencia, etc., son parte de una lista de emociones que las y los electores sienten en el contexto de la campaña electoral. Es precisamente esta condición de competencia lo que exacerba el impacto de dichas emociones en la decisión sobre por quién votar o no, pero también depende del momento, el contenido y las condiciones en que se busca incidir en grupos de electores en particular.

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En el caso de Andrés Manuel López Obrador, vemos una fórmula muy sencilla en este sentido. A partir de un mensaje donde plantea una dicotomía básica entre ricos y pobres, abusivos y víctimas, malos y buenos, juega con los sentimientos de enojo y frustración que buena parte de la población refleja, no únicamente en torno a decisiones impopulares de los distintos gobiernos, sino también por los escándalos de corrupción, malos manejos, etc., que se han hecho virales en los últimos años. Ante ello, no importa la irracionalidad de las propuestas, sino la promesa del cumplimiento de otra emoción.

En el caso de la campaña de José Antonio Meade, se ha buscado generar miedo en torno a la figura de López Obrador, con un éxito limitado. La razón es que fue una fórmula ya usada, ante electores que, si bien habrían sentido ese miedo anteriormente, ahora son parte también de la frustración y enojo por las acciones de las administraciones recientes. Ricardo Anaya, ha buscado plantear el tema como una decisión entre el pasado y el futuro que, si bien puede tener sentido en el espacio racional de la política, no compite con la misma fuerza que la dicotomía planteada por López Obrador, por lo que el impacto en el electorado no ha sido el necesario para que pueda capitalizarlo en puntos.

Basta ver la campaña electoral de Trump con respecto a la de Clinton en la elección pasada en los Estados Unidos, para identificar las capacidades generadas por el primero para que, a pesar de los costos por un voto por él, fue capaz de activar las emociones necesarias para movilizar a electores que, de otra manera, no habrían sentido o interés en la elección o una representación adecuada de sus intereses. Es una lección que debiera ser observada por quienes manejan las estrategias de campaña, para identificar aquellas emociones que impactan a grupos de electores, que pueden hacer una diferencia en el resultado de la elección.

 

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