En estos días comenzó el proceso electoral 2018 de acuerdo con el calendario del INE. Marcado por su falta de credibilidad -en encuestas realizadas a principio de siglo una de las instituciones con mejores calificaciones por la opinión publica era el IFE, imagen que comenzó a destrozar la elección 2006 y que ha terminado de destruir un Consejo sin personalidad, lleno de intereses partidistas (el reciente intento de un consejero electoral por echar a atrás una reforma estatutaria de un partido político, por ejemplo), escandalosamente dispendioso y con atribuciones exageradas-, la ruta hacia la elección presidencial 2018 a cargo de una institución rota, influenciada por otras instituciones igual de descompuestas, como son los partidos políticos, y cubierta informativamente por una media convencional desapegada a su audiencia, inicia con un altísimo riesgo de descarrilarse.

Con restricciones inexplicables para la difusión generosa de las ideas y propuestas, y con presupuestos centralizados para actividades electorales, el actual diseño del proceso electoral favorece la inclinación por la ‘inversión’ directa en la compra del voto a través de mecánicas cuidadosamente implementadas a través de los vacíos en la redacción de reglamentos laberínticos que abusan de la semántica para, en el aparente intento de esclarecer sin lugar a dudas sus conceptos, lograr el objetivo final real que es siempre dejar el espacio para la trampa.

Por ejemplo: actualmente hay dos procesos electorales cuyos resultados aún se encuentran en el Tribunal Electoral. Los aparentes ganadores de ambos procesos, sin embargo, ya fueron reconocidos por sus respectivos institutos electorales -toda vez que los institutos electorales locales, así como el nacional, sólo organizan las elecciones, sin ser de su incumbencia el análisis jurídico de los resultados- entregando en ambos casos constancias de triunfo. Si ocurriera que efectivamente hubo actos por fuera de la ley en alguno de los dos, o en los dos, procesos, y estos se den a conocer una vez ya tomada la protesta en el cargo de gobernador de alguno de los dos, o los dos, declarados ganadores por la autoridad electoral, la pena será aplicada a los partidos en forma de multa económica, castigándolos con no recibir el total de sus próximas prerrogativas -como se llama al financiamiento de partidos en el slang electoral-.

El daño que, en teoría, una trampa en el proceso electoral podría tener en la obtención de un triunfo sin el aval de la mayoría y de la legalidad, queda entonces sepultado por la misma mecánica que tiene a México sumido en el constante abuso de unos cuantos: repartición de puestos, contratación de burócratas, reparto selectivo de obra pública, inversión publicitaria y de control de contenidos en medios, y la construcción de una narrativa artificial sobre el desempeño del nuevo gobierno, para, en el desenlace y como parte de los futuros ataques por la sucesión de gobiernos, exhibir los actos de corrupción y trapacería de los ‘ilegítimos’ políticos, atacados así al inicio del nuevo proceso electoral.

“…los mexicanos de verdad éramos muy pocos. Trescientas familias en todo el país. Mil quinientas o dos mil personas. El resto eran indios rencorosos o blancos resentidos o seres violentos de no se sabe dónde para llevar a México a la ruina. Ladrones la mayoría. Arribistas. Vividores. Gente sin escrúpulos”. Así, Azucena Esquivel Plata, política y periodista, describe su versión de México a Sergio González, que es la voz de Javier Bolaño en 2666, novela en la que narra crudamente al México que estamos viviendo hoy, sin aprecio por la vida, sumido en la violencia y la incompetencia de quienes en teoría conducen nuestro destino.

“Podría escribir un tratado sobre los resortes secretos de la sentimentalidad de los mexicanos. Que retorcidos que somos. Que sencillos parecemos o nos mostramos ante los demás y en el fondo que retorcidos que somos. Que poquita cosa que somos y de que manera tan espectacular nos retorcemos ante nosotros mismos y ante los demás, los mexicanos. Y todo para qué ¿Para ocultar que? ¿Para hacer creer qué?” le espeta Esquivel Plata a González en este dialogo, flotando entre la ficción y la realidad, definiendo a los mexicanos. La voz de Bolaño en 2666.

El agente de migración, un joven con rasgos árabes en un perfecto inglés británico comenta jovialmente su reciente visita a Cancún en el verano de 2016. Me hubiera gustado haber ido a la Ciudad de México, me dice, pero todos mis amigos me dijeron que era muy peligroso. Claro que no, la ciudad de México es tan peligrosa como cualquier otra ciudad de grandes dimensiones, le contesto con un ‘mexicanísimo’ orgullo nacionalista seguro de que no le llegaron las noticias del ‘blue parrot’ o del asalto al cuartel policiaco en Chetumal. O los macabros asesinatos por el control territorial de la ciudad de México por parte de los distintos cárteles que pelean los territorios de Tláhuac, Iztapalapa, Tepito, Condesa, Roma… O los estrujantemente descritos feminicidios de Juárez por Bolaño, que ahora se reproducen en el Estado de México, en el área conurbada de esa Ciudad de México defendida sólo por el honor de la memoria genética.

La única otra referencia de México en varios días, al otro lado del mundo, es con relación al ‘terremoto’ (earthquake en inglés, que no reconoce nuestras mexicanas diferencias entre temblor y terremoto). Referencia que genera terror en comunidades que no saben lo que significa un mínimo movimiento telúrico y por ello son altamente impresionables con la noticia del ‘mayor terremoto en la historia de México’. Las referencias sobre ‘el gran desempeño de las autoridades’ -que tanto resalto la prensa nacional-, así como los grandes esfuerzos por ocultar la destrucción de zonas que viven en extrema pobreza -viviendas extremadamente precarias que quedaron destruidas por el terremoto, como consecuencia de la pobreza con que fueron construidas- y que afectan las estadísticas reportadas por el Inegi en los logros de cinco años de gobierno, no fueron parte de la información internacional.

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Federico Reyes Heroles en su libro Alterados describe claramente como las nuevas formas de comunicación que posee la raza humana han transformado nuestra forma de concebir el mundo, las distancias, el aprendizaje de nuevas culturas y el entendimiento de otras costumbres, lo que dificulta, diría yo, el respeto a civilizaciones y creencias distintas a las nuestras. Viajar así, con nuestra nueva forma de conectarnos a nuestra vida cotidiana, ha convertido la experiencia de la otredad en una mera puntada que la mayor parte de las veces vemos con desapego a nuestra conformación cultural, como algo que sólo comprendemos con referencia directa a nuestra cotidianidad que nos llevamos a donde vayamos sin permitir el acceso a nuevas ideas, nuevas perspectivas. Al enriquecimiento de nuestra propia diferencia y composición con relación al mundo.

Enfermos de una mexicanidad artificial que nos han vendido como nuestra esos grupos de ‘arribistas y vividores’ que define Bolaño, y que nos inventan circos de ‘legalidad’ que sólo mantienen vivo un sistema decadente, la oportunidad que un mundo interconectado ofrece para nuestra sociedad aislada en la sobreinformación, controlada por las perspectivas convenientes de la política en turno, es la posibilidad de salida, de creación de nuevos espacios que evadan el rígido control de las formas de entretenimiento, de manipulación y construcción de argumentos que insisten en delimitar nuestra imaginación. Nuestra visión del futuro que imaginamos distinto al desastroso presente que hemos heredado, producto del éxito del aislamiento cultural y el dialogo dinámico, enriquecedor, con un planeta en constante cambio.

 

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