El mundo de la comunicación está cambiando a una velocidad abrumadora. Y es que no sólo la interconexión que facilita el contacto nos acerca a través de cualquier distancia y las posibilidades de evitar la lejanía física, sino también la intelectual, social, cultural. La concepción misma de la comunicación ha cambiado generando nuevos códigos que no terminan de definirse cuando se modifican una y otra vez creando una metamorfosis permanente en donde no existen los limites convencionales de signos, significados, significantes que establezcan reglas claras de cómo entendernos, sino que, precisamente en la movilidad permanente de las ideas y criterios inexistentes, radica la nueva estructura que aparentemente nos enlaza en el entendimiento.

Esta revolución en constante transformación ha destruido totalmente las bases creativas y conceptuales de la mass media, sobre todo por el afán arrogante de pensarse paradigmas –radio, tv, prensa escrita– incuestionables, que sobrevivirían cualquier revolución inspirada en la imagen, el audio y la letra impresa, como elementos inherentes del contenido mediático, sin imaginarse que la versatilidad del lenguaje adaptable a nuevos ecosistemas iba a exigir modificaciones esenciales a su propia naturaleza. La tecnología, al ofrecer nuevas formas de difundir y transmitir ideas a través del lenguaje como lo conocíamos, liberó la fantasía y la imaginación rompiendo las limitaciones costumbristas y reforzadas por la media convencional, para crear un espacio super dinámico en donde la inercia del cambio funcional del lenguaje a su vez provocó una liberación de la tecnología adaptada a esa liberación, y así sucesivamente creando una retroalimentación constructiva que se desborda diariamente de cualquier intento de control. Esa dinámica de movimiento es la que nutre hoy en día el dialogo horizontal en donde somos emisores/receptores, audiencia/líderes de opinión, oídos pasivos/voces activas… cada papel en una sucesión rapidísima de papeles que imposibilita cualquier intento de descripción, comprensión, o, incluso, estudio.

Esta dificultad para entender la nueva comunicación y nuestro papel en el juego, ha destruido totalmente los marcos conceptuales de teorías que alguna vez alimentaron el diseño de mensajes y estrategias de comunicación política; destruyeron las referencias metodológicas que enmarcaban los conceptos que daban origen a programas y estaciones de radio, de televisión; confundieron totalmente la dinámica de manipulación y control dirigido del establishment que, confundido, no encuentra la manera de regresar a una ‘estandarización’ cómoda desde la cual pueda recuperar la dominancia con la que proponía contenidos de bajo costo, sin ningún esfuerzo intelectual, que por un lado ‘mantenían’ un status quo de información opaca, confusa, destinada a facilitar las actividades ‘extraoficiales’ del desempeño público, y por el otro tenía la capacidad de generar grandes utilidades al mantener los costos de producción en un muy bajo nivel.

Ambas concepciones de comunicación, que inevitablemente viven en armonía en una sociedad cerrada, de políticas sociales y culturales primitivas, y de controles ‘democráticos’ de inclinación demagógica, ahora se enfrentan con una realidad que ha rebasado cualquier fantasía ‘democrática’ que nos imagináramos, en la que la digestión agilizada de información, con un acceso prácticamente irrestricto a la misma, está modificando agresivamente -en términos de conquista cognitiva, no de violencia mediática- el acercamiento a la temática cotidiana con la que nos encontramos diariamente flotando en el ambiente. En todos los ambientes, entendidos como los centros de difusión e intercambio de información, como son las redes -privadas y públicas-, medios convencionales, medios alternativos, word of mouth, periódicos, revistas, centros de reunión lúdica, académica y laboral, etc. En este contexto, el procesamiento de la información es sumamente complejo para los intereses de contención de la media dominante pues el filtro de la crítica, la reflexión y la incorporación de miles y miles de puntos de vista activos y con voz en el coro de la discusión pública, vuelven a cada evento publicado por cualquier medio, un ente independiente, autónomo, con vida propia y naturaleza incontrolable. Es aquí, en esta incorporación al multiplicado dialogo contemporáneo, en donde las técnicas y estrategias de comunicación y difusión políticas, de entretenimiento y de información, se estrellan con su obsolescencia y pueden provocar daños irreparables a sus promotores y manejadores, en detrimento obvio de sus protagonistas.

Uno de los ejemplos más claros de esta confusión es la actual política de comunicación de los distintos niveles de gobierno en México. federal, estatal y municipal, niveles todos acostumbrados al oscurantismo informativo y a la selectividad de la difusión recibida por eventos y actores seleccionados, se han visto rebasados en el entorno actual al recurrir a políticas de conservación by the book que a lo largo de décadas dieron resultados. La compra de medios, de periodistas, de informadores, ha sido rebasada por los enormes ríos de filtraciones que, muchas veces hoy en día sin afán ideológico o interés político, son enviadas al ambiente por personajes anónimos que antes formaron parte de la mass en mass media y que ahora han descubierto una nueva voz. Otro ejemplo de igual claridad es la recurrente creación y producción de moldes de contenido en radio y televisión que, sin atender a la evolución no solo de nuevos formatos, sino también de nuevas formas de difusión, pretenden entretener, informar y ‘alienar’ al público con estructuras creadas en el siglo pasado basadas en ritmos, tiempos, contratiempos y sincronías emocionales con las que ya no se conecta naturalmente el sujeto que repentinamente se encuentra liberado del atavismo torturante de la monopolización de la voz mandante -de Raúl Velasco a Parodiando… de Sube Pelayo Sube a Master Chef-, y entonces reubica su entretenimiento en la difusión de su perspectiva, humorística, critica, aguda, única y personal.

Lo discursos políticos en campañas ‘apolilladas’ en sus cimientos, los eventos presidenciales de estrados y públicos artificiales, los foquitos y lentejuelas de bailarines sin sincronía y risas pregrabadas, los conductores de noticias parados, sentados, con imágenes digitales a lo Tron en horarios estelares… se han convertido en material para la creatividad ingeniosa de un público que está descubriendo todos los días su poder de retroalimentación, perdiendo en cada momento al aire la certeza de su credibilidad, su fortaleza mediática y -lo más importante para los estrategas de la comunicación, política y de entretenimiento- su liderazgo de opinión.

Así, la credibilidad que da certeza, únicamente a través de la palabra, ha terminado. Solo la ejecución quirúrgica de la acción que respalde cada palabra de un discurso que promete políticamente algo, o entretenidamente algo, puede intentar competir por ese guiño de aceptación que el dinámico entorno puede ofrecer como máxima recompensa. Así, un gobierno sin claridad y concordancia en sus acciones y sus anuncios, o un medio convencional sin convicción entre sus aparentes principios y sus reales contenidos, solo se hunden más en cada intento de convencimiento vía la imposición de esos arcaicos modelos que dependen de la neutralización del intercambio libre de ideas.

Estamos siendo testigos de la destrucción de un sistema, entrando al área en la que el caos que significa la búsqueda de respuestas será la oportunidad para la construcción de un nuevo sistema.

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