Jóvenes estudiantes chinos que, al verse asediados por la presión social y el rígido sistema educativo, optan por “eliminar” a sus rivales más débiles para conservar la especie. Una versión muy perversa de los preceptos darwinianos.

 

China sigue sorprendiendo al mundo occidental. El crecimiento sostenido que ha tenido en recientes años y el poder adquisitivo del país, que ha hecho que se adueñe prácticamente de todo lo que nos rodea, es un gran ejemplo de cómo las ideologías no están peleadas con el desarrollo económico.

Es cierto, China es un país que se convirtió en el maquilador del mundo, quitando de las etiquetas de varios productos la leyenda “Made in USA” o “Made in Taiwan”. También, es un país que ha sabido desarrollar una cortina de hierro, similar a la de la antigua ex Unión Soviética, pero con los matices suficientes para no ser comparada con el gigante ruso.

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Pero detrás del “Milagro Chino” hay una historia de horror que está alertando a las autoridades educativas del país asiático. Actualmente, la demanda educativa de China está en su apogeo. Según he logrado informarme, en la última década esa nación cuadruplicó el número de jóvenes graduados en educación superior.

Además, para algunas familias chinas, el acceso a los estudios superiores es una puerta para el ascenso social, considerando que en algunos aspectos en China se manejan todavía por castas o escalafones sociales.

La presión para los jóvenes estudiantes chinos no es menor. Cargar sobre sus hombros con sus aspiraciones de desarrollo social y humano más las de sus seres más cercanos, los pone en situaciones de estrés extremo.

Para acceder a la educación superior china se tiene que realizar un examen obligatorio organizado por el Ministerio de Educación. Algunas estadísticas hablan de que ese examen es reprobado por el 40% de los aspirantes. Aunque también depende del tipo de centro educativo al que quiera ingresar el estudiante, porque hay centros de élite en los que los exámenes y requisitos son más rigurosos, y en el que ingresa hasta el 20% de los postulantes.

Si bien las cifras de la educación en China son sorprendentes (el país asiático genera 8 millones de profesionales al año y espera tener una tasa de 195 millones de egresados para el año 2020), los costos que la sociedad está pagando por ello son demasiado altos. Y es que me encuentro con una información que revela que el sistema de los antiguos guerreros chinos sigue más vigente que nunca entre los jóvenes estudiantes.

Los guerreros, esos hombres con determinación y mentalidad fría que defendían su honor con sangre, se están posesionando de los estudiantes en aras de la competitividad educativa. Según una nota que leo, cada vez es más frecuente que los estudiantes de universidad o grados superiores atenten contra la vida de sus compañeros, con tal de continuar en su ascenso personal y académico.

Recientemente, en sólo una semana, de acuerdo con la prensa extranjera, tres jóvenes murieron envenenados, presuntamente por sus mismos compañeros de estudio. Dos de esos casos están relacionados con el talio (elemento químico que se utiliza como insecticida y de efectos cancerígenos); el tercer caso está en investigación porque el cuerpo de joven fue hallado en avanzado estado de descomposición y no se ha logrado determinar las causas de su muerte.

La historia macabra es evidente: jóvenes que al verse asediados por la presión social y el rígido sistema educativo, optan por “eliminar” a sus rivales más débiles para conservar la especie. Una versión muy perversa de los preceptos darwinianos.

Sin afán de hacer de esta columna un compendio de nota roja, el historial de muertes de estudiantes en manos de sus propios pares universitarios es para una película de terror: envenenamientos y golpizas, la forma más común en la que los “guerreros” del nuevo Siglo se cobran venganza.

A pesar de la inversión privada en la educación, con lo que el gobierno Chino ha abierto más de 2,400 centros educativos, la batalla por las becas y financiamiento en escuelas extranjeras es cruenta. Descarnada. Que no reconoce lealtades ni amistades.

Hemos sido testigos de cómo los gobiernos, con un poco más de voluntad, logran avances sorprendentes con sus gobernados. Ahí tenemos al grupo de los BRICS, países de economías emergentes, con gran potencial productivo -más no tanto de consumo- que son quienes están haciendo girar este mundo consumista. Pero también ahí está el lado oscuro de la historia: las nuevas generaciones quieren subirse a la rueda de la modernidad y el progreso, aunque en su camino tengan que acabar con el enemigo. Esos son los nuevos “guerreros” del Siglo XXI.

¿Ese es el precio que se tiene que pagar como sociedad para el progreso del país?

 

 

Contacto:

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