El terremoto global causado por el Brexit sigue y seguirá teniendo efectos serios. Pero, de entrada, vale la pena aclarar lo obvio: el Reino Unido fue, es y seguirá siendo de Europa, con independencia del vínculo que tenga después con la estructura burocrática llamada Unión Europea (UE) y con el resto de naciones.

Si partimos de ahí nos daremos cuenta de que las relaciones culturales, sociales y sobre todo económicas entre la Gran Bretaña y la Europa continental continuarán siendo muy estrechas de cualquier modo. Lo anterior vuelve más que probable que –una vez calmados los ánimos y el disgusto por su partida entre los líderes europeos– se logre convenir una relación al estilo de Noruega o Suiza, que tampoco forman parte de la UE.

El punto medular estará en ver cómo se dará ese posible arreglo, y aquí sí es donde se pisan terrenos de alto riesgo en ambos bandos: cualquiera podría terminar coartando más la libertad de sus ciudadanos, y con ello arruinarse a sí mismo.

Por eso –en redes sociales– hemos comentado que se equivocan tanto los fatalistas como los triunfalistas del Brexit. Le irá bien a Reino Unido o a la UE dependiendo de cuál siga el camino de la libertad ciudadana y la apertura comercial. No hay más.

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Pese a ello, los fatalistas insisten en que los votantes británicos tomaron en su mayoría una decisión “irracional” –en especial los más “viejos” y/o “poco educados”– y, por tanto, sostienen que cobra sentido convocar a un segundo referéndum o desconocer de plano el primero. La intención, se supone, es evitar que a su país le vaya mal por abandonar la UE.

Todo esto es absurdo, además de que encierra un gran espíritu antidemocrático y discriminatorio –fascista, para decirlo en una palabra–, como si el voto de los “preparados” o los jóvenes debiera valer más.

La democracia no es perfecta, tiene muchos defectos. El más grave quizá sea el hecho mismo de que una minoría se tenga que someter por fuerza a una decisión mayoritaria. Dondequiera que se subyugue a una persona o grupo se generarán resentimientos y tendencias al conflicto, sin importar si las autoridades fueron electas por la vía del sufragio o no.

Pero entre las bondades que sí tiene la democracia actual está que el voto del rico y el del pobre, hombre o mujer, valen lo mismo.

En este entendido, la voluntad mayoritaria que se ha expresado en el referéndum por el Brexit TIENE que ser acatada sin pretextos.

Claro, a una clase muy poderosa e influyente no le gustó la decisión porque afecta sus intereses, y están recurriendo a toda clase de sofismas para echarla abajo.

De lo que no se han dado cuenta es que ignorar el referéndum bajo la excusa de no ser vinculante, o incluso si el Parlamento no lo aprueba (lo que es una posibilidad real), deslegitimaría a toda la clase política que justo bajo el sufragio popular –que ahora buscan desconocer– fue electa.

Si pisotean el referéndum, la democracia occidental comenzaría oficialmente su entierro.

Ahora bien, en el extremo triunfalista están los que ven al Brexit como un gran éxito, gracias al cual los británicos, en automático, serán “más libres”. Se equivocan. De hecho, es un momento ideal que los populistas de derechas tratarán de utilizar para llevar agua al molino del nacionalismo radical, del prejuicio, del proteccionismo y de la intervención del gobierno en la economía. Todo lo opuesto a la libertad que conocemos bien en México y Latinoamérica.

Si este fuera el caso, lejos de significar un avance podría, en efecto, convertir al Reino Unido en un país de tercer mundo en unos cuantos años. Los británicos tienen, pues, una oportunidad de oro en sus manos, que mal aprovechada puede convertirse en tragedia.

Mañana explicaremos por qué, a pesar de este riesgo, es probable que sea la UE la que sufra más que el Reino Unido por el Brexit, y no al revés, como se piensa. No se lo pierda.

 

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