El oro es el activo financiero por excelencia. No forma parte de la hoja de balance de nadie más cuando se tiene en físico, lo que quiere decir que no tiene riesgo de contraparte. Quien lo posee sabe que es dinero en su mano, sin peligro de que la quiebra del sistema lo pueda dejar en la ruina.

El rey de los metales es, pues, un seguro financiero inigualable contra crisis. Entre sus formas disponibles destaca la amonedada, por su mayor negociabilidad. En México, el Centenario es, por mucho, la más conocida, aunque hay más como el Bicentenario y la onza de oro Libertad.

Sí, es cierto que hay instrumentos y derivados asociados a él, que aunque sean buenos y mucho mejor que no tener nada, no son mejores –para fines de cobertura contra una debacle– que el oro físico. El ser humano ha aprendido a través de milenios que el metal precioso es un activo con valor real, y por eso lo seleccionó en el mercado como el intermediario general en los intercambios de manera espontánea.

Ningún gobierno dijo “a partir de este momento el oro será dinero” y todos obedecieron. No. Fue la propia acción humana la que por medio de un larguísimo proceso de discriminación entre mercancías fue seleccionando la que mejor cumplía con la función de dinero. Así, el oro fue coronado rey, y la plata, reina.

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Eso sí, el valor no es algo que se encuentre en la sustancia, sino en la mente humana, es subjetivo. Los seres humanos entonces, por sus cualidades y propiedades, somos responsables de haber encumbrado al oro en el mercado como la mercancía más demandada de entre todas las existentes. Esto es muy fácil de comprobar al observar que no hay otra materia prima con una ratio de existencias/producción más alta.

Esto quiere decir que cada día hay más metal disponible (al menos en teoría, porque la evidencia muestra que a precios artificialmente bajos se presenta una anómala “escasez” en el mercado –manifestada en la backwardation del mercado de futuros– ante la reticencia de sus tenedores a desprenderse de su oro).

Casi cada gramo que se extrae se acumula y acumula sin cesar como moneda, joya o lingote. La razón es muy sencilla: el dinero real no se tira a la basura, es valioso y, por tanto, la gente lo atesora.

Según el Consejo Mundial del Oro (WGC, por sus siglas en inglés), al cierre de 2015 había 186,700 toneladas (t) del metal sobre la tierra, lo que al dividirlo por las 2,900 t de producción minera ese año nos da una ratio de 64.37. Dicho de otro modo, se tienen inventarios equivalentes a más de 64 años de producción.

En el gráfico de abajo (cortesía de Incrementum) se aprecia la misma ratio para oro, plata, petróleo, cobre, maíz y trigo en 2013.

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Dado lo anterior, no es de sorprender que los británicos estén corriendo a comprar oro ante el riesgo real de que su país abandone la Unión Europea (el famoso Brexit), lo que se definirá en el referéndum que se celebrará mañana.

Ayer The Thelegraph informó que ahorradores preocupados por lo que pueda pasar en la Gran Bretaña están comprando barras y monedas de oro para guardarlas en cajas de seguridad en su propia casa. Así lo sugieren los datos de Google, cuyas búsquedas de “cajas de seguridad” domésticas están en máximos desde noviembre 2008.

Telegraph reporta que las ventas de la Royal Mint (Casa de Moneda británica) se han disparado en 32% durante el mes pasado. Sus clientes están llevándose todas las barras, soberanos y britannias (monedas) que pueden.

También se ha incrementado la demanda de fondos cotizados en oro en semanas recientes.

Los británicos están haciendo lo correcto: seguir su sentido común. Salga o no su país de la Unión Europea, todo ahorrador e inversionista necesita contar con un auténtico escudo contra una nueva crisis, que tarde o temprano, va a llegar.

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