La bicicleta viene en sentido contrario de la calle. Sólo el grito del ‘viene viene’ evita que el auto que va saliendo del garaje atropelle al ciclista que, encima, voltea ofendido por el riesgo. Calles más adelante se ve discutir en una esquina, sobre la banqueta, a dos mujeres jóvenes, una a pie, otra en bicicleta… sobre la banqueta. Eso precisamente le está reclamando y señalando la mujer de a pie a la ciclista, que está en falta al estar circulando con su bicicleta sobre la banqueta. Media cuadra después la calle está cerrada. No estaba cerrada ayer. Hoy ya está cerrada y el pavimento que el día anterior estaba en su lugar ahora está destrozado. No se ve a nadie trabajando y es media mañana. El claxon de un vehículo que también pensaba tomar la calle, y que, seguramente esta conducido por una persona igual de confundida y molesta, insulta la breve pausa en la circulación que provoca el intentar diseñar una nueva ruta ante la falta de señalización.

Obviamente la nueva ruta implica salir a una avenida de tráfico denso en la que los vehículos circulan compitiendo por carriles que aparenten una mayor fluidez dentro del límite de 50 kilómetros por hora que, a media mañana de un día entre semana, nadie, absolutamente nadie respeta. En la radio, una persona con un discurso muy elocuente señala las razones por las que la destrucción que se está llevando a cabo en Paseo de la Reforma es ilegal. Compara como para la realización de una modificación en Avenida Chapultepec -calle espantosa a la que le urge una arregladita- se convocó a una consulta pública que decidió no llevar a cabo la obra, pero para la modificación de Paseo de la Reforma -calle hermosa que no necesita más que mantenimiento- no. Señala el entrevistado en uno de los cientos de programas de bla-bla-bla radio, que el concreto hidráulico para reforzar el carril por donde circularía el Metrobús es lo que ha provocado la destrucción de la calle creando congestionamientos de cuento… y que de continuar la obra y efectivamente permitir la circulación del Metrobús así sería siempre Paseo de la Reforma.

La Ciudad de México es la materialización de la corrupción. El hacinamiento de edificios de proporciones desmedidas para las vías de comunicación, la sobrereglamentación que sólo provoca violaciones constantes por parte de la ciudadanía en su proceder cotidiano, las extorsiones de la delincuencia organizada instalada en puestos burocráticos de revisión y supervisión, la falta de justificación y planeación de la obra pública, el uso desmedido de la clientelización de la informalidad laboral, el populismo aplicado, por ejemplo a entre otros, a reglamentos que dejan sin responsabilidad a peatones y ciclistas y que, en su falta de claridad, están provocando confrontaciones violentas entre ciudadanos, a ‘franeleros’ a quienes se regulariza su toma ilegal de espacios públicos, a constructores que violan permanentemente las ornamentales disposiciones oficiales de construcción. Y ahora, para completar este círculo de corrupción, la extensión de la delincuencia organizada institucional a la delincuencia organizada no institucional que está convirtiéndonos a todos en vigilantes permanentes nada más poniendo un pie en la calle.

La disgregación que afecta la perspectiva de los funcionarios públicos en México y que es consecuencia de haber descubierto la función pública como un gran negocio que de la noche a la mañana provee riquezas inimaginables que derivan en comportamientos déspotas y arrogantes en los que el elemento principal es poner distancia entre el ahora poderoso ciudadano y ‘los de a pie’, y que es una muestra tangible de los problemas educativos de México, ha ido paulatinamente destruyendo las posibilidades vivenciales de una Ciudad que, atrapada por los intereses corruptos que han impedido una planeación visionaria en beneficio de sus habitantes, se ha convertido en sólo un espacio de supervivencia laboral. El ejemplo de lo que pasa con Paseo de la Reforma es la muestra de como la visión funcionalista del burócrata descrito aquí, le imposibilita creer que hay espacios estéticos necesarios para alivianar la convivencia social enferma de tensión y preocupaciones personales. Destruir el ultimo espacio caminable, gratuito, que recuerda a una ciudad atractiva, es justificar la demagogia populista de gobierno sin importar la degradación sistemática de la calidad de vida de los habitantes.

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Obsesionados por los procesos electorales, y, según todos los analistas políticos a la mano, ejecutando cada acción de gobierno sólo con visión partidista y de búsqueda del voto para la perpetuación en el poder, la disfuncional oligarquía mexicana está, en el ‘proceso democrático’ de México, destruyendo nuestro porvenir.

Ahora que todo mundo es especialista en política norteamericana y ve con buenos ojos las intervenciones y participaciones de los distintos poderes políticos de EU en la búsqueda de salvaguardar la integridad de su institución presidencial, sería conveniente recordar que el modelo de sistema de gobierno mexicano está inspirado en el sistema de gobierno de Estados Unidos. Es decir: tenemos en nuestro país las mismas herramientas, que allá son funcionales, para una mejor observaciones y evaluación de los servidores públicos. La gran paradoja es que mientras en EU los ciudadanos pueden vislumbrar sus posibles destinos laborales y de desarrollo personal para vidas llevadas económica y socialmente aceptables en ámbitos particulares o públicos, en México la gran mayoría de los ciudadanos ven en la incorporación al círculo de la corrupción, vía trabajos partidistas o de servicio público, su oportunidad de llevar esa vida personal y socialmente aceptable, por lo que, ante lo posibilidad de algún día pertenecer a la disfuncional oligarquía, evita la confrontación que conlleva exigir cuentas, señalar fallas y demandar claridad en el ejercicio de gobierno, a través de todas sus distintas formas de poder.

Complicidad implícita que paulatinamente está cumpliendo su objetivo: un lento pero seguro suicidio colectivo.

 

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