Existen ciertos edificios que desvelan mucho de la historia de un lugar, de su rico pasado o de sus sueños anhelados, así como de su decadencia y transformación. Uno de ellos es el Palacio de Hierro de Orizaba.

 

Aunque ubicado frente a la Catedral de San Miguel Arcángel en la ciudad veracruzana de Orizaba, su historia comienza en la brumosa ciudad belga de Bruselas, donde pieza a pieza y tornillo a tornillo fue fabricado el sueño de un palacio de corte europeo, estilo art nouveau, elegante y moderno, que demostrara el poderío comercial de la ciudad.

Puertas, ventanas, barandales, lámparas e incluso hasta los óleos que decorarían las estancias, todo se construyó en tierras europeas, y desde allí –se necesitaron tres barcos de vapor– viajaron hasta el puerto de Veracruz, desde donde sería transportados en ferrocarril hasta Orizaba.

2El fabuloso palacio desmontable de hierro y acero se inauguró tres años después, el 16 de septiembre de 1894, como Palacio Municipal, pero popularmente siempre será conocido como el Palacio de Hierro.

Hoy en día, ya como ex Palacio Municipal, sigue siendo singular, moderno y elegante. Es una gozada recorrer sus pasillos, observar sus paredes férreas o comprar y saborear café veracruzano en la cafetería que ahora alberga en su planta baja. Desde allí, además, puedes admirar el corazón de Orizaba: el mercado de la ciudad; la calle Madero, colmada de comercios y restaurantes, o el popular Parque Castillo, donde los orizabeños se reúnen sin preocuparse mucho del reloj ni del tradicional chipi chipi, una llovizna permanente y muy fina, para platicar frente a la Catedral de San Miguel Arcángel, patrono de la ciudad, o el majestuoso Teatro Ignacio de la Llave.

3Muy cerca de allí puedes visitar también espléndidos templos, como la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, antiguo convento de las carmelitas descalzas, o la del Calvario, la primera iglesia católica de Orizaba. No conviene perderse el Archivo Municipal, donde cerca de 3,000 libros se conservan entre las paredes de este histórico y bello edificio colonial.

Buen refugio del chipi chipi es, sin duda, el Museo del Estado, conocido como el Ex-Oratorio de San Felipe Neri, anexado a la Iglesia de la Concordia y una de las joyas arquitectónicas de la ciudad. Construido en 1789, aunque reconstruido en varias ocasiones por los terremotos que azotaron la región, consta de tres claustros donde las palmeras crecen húmedas y el sol aparece ocasionalmente. En sus salas podrás admirar la nueva exposición del pintor guanajuatense Diego Rivera, quien donó varias de sus primeras obras al estado de Veracruz por haberlo apoyado con la primera beca que el artista obtuvo para estudiar en Europa. La colección incluye retratos de algunas de las mujeres de su vida, como su primera esposa, Angelina Beloff, o el de su madre. Asimismo, el museo ofrece salas repletas de grandes maestros mexicanos como José María Velasco y su enigmática obra El gran cometa de 1882, arte religioso de Miguel Cabrera o los retratos del pintor local José Justo Montiel.

Museo del Estado.

Museo del Estado.

Y precisamente frente al Museo del Estado encontrarás El Marrón, un coqueto restaurante donde degustar comida chayotera tradicional pero con un aire contemporáneo. No te pierdas el chileatole; las picadas, verdes o rojas; las gorditas negritas, hechas a base de maíz y frijol, pero sobre todo saborea sus sorprendentes postres de chayote, producto local por excelencia. Yo probé el horneado con arándanos, canela y almendras.

Chileatole.

Chileatole.

Si aparece el sol, un buen plan es caminar junto al río hasta llegar al actual Palacio Municipal, un impresionante edificio en el que se puede visitar el mural de José Clemente Orozco Revolución social, la única obra que el autor realizó en el estado de Veracruz.

Frente al palacio encontrarás el teleférico que te llevará hasta la cumbre del cerro del Borrego, donde podrás disfrutar de la teatralización de la batalla que ahí se libró con los franceses o realizar tirolesa. Pero, sin duda, la mejor opción es sentarte a admirar el soberbio paisaje de la ciudad, rodeada de volcanes y montañas. Sólo en la mañana, cuando la niebla no es intensa y las nubes son claras, podrás observar la blanca cima del Citlaltépetl.

6Para despedirme de la ciudad decido regresar al Palacio de Hierro. Frente a él, con una buena taza de café, no puedo parar de imaginar todos los sueños y símbolos que esa extraña y fabulosa construcción desmontable de hierro y acero despertó entre sus vecinos. Y aún despierta.

 

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