Aunque nació como el hermano pequeño (y asequible) de Rolex, Tudor afronta desde hace unos años su expansión internacional con una personalidad propia. Más allá de etiquetas o divisiones dentro de la industria de la alta gama, quiere ser líder del mercado premium.

Muchas marcas de alta gama recurren en la actualidad a una herramienta, el storytelling —o, lo que es lo mismo, el arte de contar historias—, pero muy pocas saben hacerlo bien. Como los contadores de cuentos del antiguo Egipto que narraban sus historias a la puerta de los templos, acompañados de un arpista ciego, las casas de lujo tratan de atrapar la atención de sus clientes a través de diversos elementos que van desde la tradición y el legado a la idealista personalidad de sus fundadores. Tudor es una de ellas, básicamente porque hay algo que la diferencia en la constelación deluxe: su historia es real y comienza, como las mejores novelas decimonónicas, con un huérfano.

Hans Wilsdorf nació en Baviera, Alemania, en 1881, pero a los 12 años de edad quedó huérfano. Se educó en un internado suizo y su primer trabajo fue como aprendiz en una firma de importadores de perlas. A los 19 años, gracias a uno de sus mejores amigos del internado, era el responsable de la correspondencia inglesa de una empresa exportadora de relojes, la firma Messrs. Cuno Korten, en Chaux de Fonds, Suiza. Allí tuvo la ocasión de estudiar la industria relojera suiza y ver su enorme potencial, ya que la firma en la que trabajaba facturaba casi un millón de francos suizos al año. En 1903, Wilsdorf se instaló en Londres con un objetivo: crear su propia firma. Dos años más tarde, en 1905, fundó Wilsdorf & Davis junto a su cuñado, Alfred Davis, y su primo Antonio Dicno. Estos primeros relojes se vendían a los joyeros, que a su vez ponían sus propios nombres en la esfera.

Los primeros relojes de Wilsdorf y Davis fueron generalmente marcados como “W & D” en el interior de la tapa. Se trataba de relojes de pulsera —no tan apreciados en la época, pero Wilsdorf fue un visionario— con mecanismos muy elaborados a precios muy asequibles. En 1908 se planteó la posibilidad de cambiar el nombre por otro mucho más sonoro: Rolex. Nacía así un mito que se registró bajo el número 24,001 en Chaux de Fonds, Suiza, aunque la distribución se realizaba en Gran Bretaña. Se trataba de un nombre eufónico, fácil de recordar y pronunciar prácticamente en cualquier lengua y, según algunas fuentes, correspondía a la abreviatura de la expresión francesa “Horlogerie exquise”. En 1914, cuando el gobierno británico decidió imponer un impuesto del 33% sobre las importaciones para financiar el coste de la Primera Guerra Mundial, Wilsdorf decidió transferir su corporación a Bienne, Suiza. En 1920, Wilsdorf fundó Montre Rolex S.A. como propietario único y director. Todos los movimientos se hacían en Bienne, aunque el ensamblaje, pruebas y ventas estaban en Ginebra. El resto es historia.

Sin embargo, como en todos los relatos auténticamente bien armados, también aquí surgió un argumento paralelo: el de Tudor. Ya que correspondía a su visión original del negocio de la relojería: “Llevaba muchos años considerando la idea de crear relojes que nuestros distribuidores pudieran vender a un precio un poco más bajo que el de nuestros Rolex, pero alcanzando los mismos niveles de confianza. Decidí fundar una empresa específicamente dedicada a la fabricación y venta de estos nuevos relojes. Esta empresa se llama Montres Tudor S.A.”, dijo el 6 de marzo de 1946. Rolex garantizaría las características técnicas, estéticas y funcionales de la marca, además de su distribución y servicio postventa, pero Tudor nacía con personalidad única. Aunque la marca había nacido 20 años antes, en 1926, cuando la casa Veuve de Philippe Hüther, comerciante y fabricante de relojes, registró la marca “The Tudor” para Hans Wilsdorf.

A principios de los años 30, los relojes firmados por Tudor, con la barra de la T prolongada sobre las demás letras, incluían modelos tanto para hombre como para mujer; en principio, eran sobre todo rectangulares, con forma de tonel o con los bordes biselados. En 1936, Veuve de Philippe Hüther transfiere la marca a Hans Wilsdorf y en 1946, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, la marca inició su expansión con una identidad propia y un logotipo, una rosa, que remitía a la dinastía de los Tudor (el logotipo actual, el escudo, remite a los principios de solidez y fiabilidad, y se adoptó a partir de 1969).

En 1952 nació un icono de la casa, el Tudor Oyster Prince, acompañado de una campaña publicitaria sorprendente para la época: en lugar de una ficha técnica con las características del modelo, se hacía hincapié en sus cualidades —robustez, fiabilidad y precisión— mediante ilustraciones que mostraban a hombres trabajando en condiciones extremas.

Desde entonces, la marca ha estado asociada a actividades como el submarinismo, la velocidad y la aventura. Previendo el potencial de este clásico, Wilsdorf se comprometió para dotarlo de toda la credibilidad posible. “He decidido que el Tudor Prince merece compartir con Rolex dos ventajas cuyo uso no permitiría a ningún otro reloj: la famosa y única caja Oyster hermética y el mecanismo original de cuerda automática por rotor Perpetual. Todos los Tudor Oyster Prince poseerán estas dos características excepcionales que hasta ahora eran exclusivas de Rolex. Considero que eso indica hasta qué punto creemos en este nuevo reloj”, dijo en el momento de su presentación. Ese mismo año la Royal Navy británica lo eligió para que lo llevaran los miembros de una expedición a Groenlandia.

Un año después, en 1953, Rolex lanzó una campaña basada en las pruebas de robustez realizadas a este modelo en condiciones especialmente extremas: lo había utilizado un minero durante 252 horas de excavación manual en una mina de carbón, se había sometido a las vibraciones de un martillo neumático durante 30 horas, lo había utilizado un cantero durante tres meses y un motociclista de competición durante algo más de 1,600 kilómetros.

En 1954, Tudor se consolidó como una marca líder con el lanzamiento del primer reloj de submarinismo de la marca, el Tudor Oyster Prince Submariner. A lo largo de los 45 años siguientes, este reloj-herramienta se ha convertido en un auténtico best-seller, con las últimas reediciones de 2012 y 2015, y el modelo Black, lanzado el año pasado, que ha batido récords de ventas. Su adopción por parte de la marina francesa, la marina estadounidense y otras organizaciones militares es la mejor garantía de su fiabilidad en cualquier circunstancia.

En 1957, Tudor marcó otro hito con el primer reloj despertador, el Tudor Advisor 7926 —reeditado en 2011 bajo la referencia 79620T—; aunque ha cimentado su prestigio gracias sobre todo a los cronógrafos que durante casi medio siglo se han convertido en emblema de la casa. El año 1970, con el lanzamiento de su primer modelo mecánico de cuerda manual, el cronógrafo Oysterdate, marca un hito dentro de la marca, con sucesivas series en 1971, 1976 y 1995 (esta última con numerosas mejoras, tanto estéticas como técnicas).

Tudor United Sportscar Championship

Medio siglo de historia

En 1996, la empresa Montres Tudor S.A. celebró su 50 aniversario. La marca había alcanzado ya tal madurez y era tan conocida en todos los mercados, que las referencias a Rolex fueron desapareciendo de manera gradual de las cajas, coronas y brazaletes.
En 2007, la marca decidió relanzarse a nivel internacional y en 2009 lanzó dos nuevas líneas: Tudor Glamour y Tudor Grantour. Ese mismo año colaboró con Porsche Motorsport en calidad de “Timing Partner” y dos años después, en 2011, inició su colaboración con Ducati, que lo han posicionado con una de las marcas fetiches de los pilotos de estas escuderías. Como señala Philippe-E. Peverelli, Managing Director de Tudor, “para conocer el presente tienes que ir al pasado”. Un vistazo a la historia de la marca arroja una luz especialmente optimista sobre su futuro. Aunque nació como el hermano pequeño de Rolex, hoy Tudor afronta una nueva etapa en la que ya, desde hace años, vuela por libre.

Muchas marcas copian al líder del mercado, Rolex, pero eso no era excitante y decidieron convertirse en una marca con su propia identidad, haciendo relojes con una personalidad única y distribución mundial. Mantienen la filosofía de 1946 en términos de ser asequibles, fiables y con un servicio al cliente con la misma calidad que un Rolex. Emplean materiales como cerámica, lona y acero, pero no oro o platino. No es su ADN, no necesitan deslumbrar. Y los directivos saben que su historia es lo suficientemente rica como para dejar de ser el hermano menor.

Nueva era

Una de las novedades más notables de Tudor en 2015 fue la incorporación de su primer movimiento de manufactura (MT5621), que garantiza una autonomía de 70 horas. Desde 1946, la marca ha incorporado movimientos suizos, pero no propios, a sus guardatiempos. La presentación del MT5621 el año pasado tanto en el Salón de Alta Relojería de México como en Baselworld marca una nueva era dentro de la casa. Por el momento, se ha incorporado a los modelos Pelagos y North Flag de 40 mm; este último ostenta su calibre y lo muestra a través del cristal zafiro de su reverso.

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El gigante chino, el pilar fundamental

Mucho antes de que el resto de marcas de lujo apuntasen a China como el mercado más apetecible —y más grande, por volumen de compradores— del mundo, Rolex y Tudor ya tuvieron esa visión de futuro. Tudor salió de Estados Unidos y el Reino Unido después de probar esos mercados, mientras que en la década de los años 70, apostó por el mercado chino con relojes que tenían mecanismo suizo.

En plena época del comunismo, logró un importante número de licencias y hoy Tudor es muy conocido no sólo en China —donde posee más de 240 puntos de venta y 38 boutiques—, sino en todo el continente, con especial protagonismo en Taiwán, Macao y Hong Kong. Para un futuro inmediato, la marca se plantea un mayor crecimiento en México, Centroamérica y la región del Caribe. “Esta parte del mundo es muy atractiva en términos de negocio y el cliente es un conocedor del mundo de la relojería”, comentaron varios directivos durante el último SIAR. Otros mercados donde quiere implementar la presencia de la marca son Japón, Rusia y Corea.

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