Las fuerzas de resistencia creadas en Afganistán para resistir la ocupación soviética derivaron en la creación de Al Qaeda y, en el caso de Irak, la milicia de resistencia apoyada por Estados Unidos para derrocar a Sadam Hussein detonó una confrontación en la frontera con Siria que generó el inicio de una de las guerras civiles más desastrosas y complejas de los últimos tiempos.

Si a esto agregamos el origen geopolítico de los países de la región y nos remontamos a finales de la Primera Guerra Mundial, cuando se originó el reacomodo fronterizo en el Medio Oriente y la creación arbitraria de países como Siria, Irak, Jordania, Palestina, etc; debemos considerar que tanto Francia como Gran Bretaña lograron la desmantelación de los vestigios del Imperio Otomano con la falsa promesa entre los grupos divergentes de la región acerca de la creación de La Gran Arabia, un territorio que no solo sería gobernado por árabes islámicos, sino que garantizaba una limitada influencia del Occidente en la región.

Evidentemente el tema energético y las salidas al mar hicieron infructuosa la idea de una eventual reinstauración de una unión árabe islámica, pues las potencias europeas y la naciente súper potencia del mundo (EU) no podrían dejar pasar la oportunidad de seguir controlando el mercado energético hacia Europa.

Con el paso del tiempo, los conflictos internos derivaron en la creación de una de las células terroristas más importantes y temerarias de la historia: el Estado Islámico.

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Hablar de ISIS (por sus siglas en inglés) no es sólo hablar de terrorismo transnacional; debemos hablar primero, de la postura que tiene el Islam frente a la organización, así como de la Yihad, o esta Guerra Santa que al estilo de las Cruzadas busca recuperar un territorio original y conferido para la expansión del reino de Allah.

Daesh, que es el nombre correcto que debemos usar al referirnos a la agrupación terrorista que comúnmente llamamos ISIS, es una agrupación formada por grupos guerrilleros y paramilitares sirios, iraquíes y miembros de Al Qaeda que buscan retomar el control y la potestad sobre la tierra que ocuparon hace por lo menos 400 años y que a principios del siglo XX les fue prometida pero jamás reintegrada. Por el contrario, la tierra fue repartida de forma arbitraria para dar lugar a países que resolvían en el inmediato los conflictos sociales y políticos que en la región habían dejado la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Hablar de Estado Islámico no solo presupone una imprecisión conceptual en tanto que la organización no es propiamente un Estado (con población, territorio y gobierno) sino que además debemos saber, que bajo la ley del Islam los miembros de esa organización terrorista están fuera de la ley, es decir, viven fuera del orden, el dogma y la fe misma (es como si estuvieran excomulgados).

Ser Islámico no es sinónimo de ser terrorista o de apoyar a Daesh, menos lo es cuando vemos el sufrimiento que se ha infringido sobre civiles en diferentes partes del mundo a nombre de Daesh.

Cierto es que la organización ha logrado una acelerada expansión alrededor del mundo, y que es una de las organizaciones más financiadas y con la tecnología más avanzada en armamento y estrategia de ataque; pero también es cierto que el restablecimiento de una Gran Arabia seguirá siendo un intangible en tanto que sigamos viendo atentados perpetrados para impactar ampliamente a los medios, pero escasamente en el ámbito político y social.

La falta de estabilidad en Siria y la creciente tensión para que se reconocida Palestina como un Estado y ya no como un Estado ocupado, sigue dejando latente la amenaza de atentados alrededor del mundo, especialmente en aquellos países involucrados con el fin del Imperio Otomano y con el fallido establecimiento de La Gran Arabia.

No solo preocupa la falta de certeza ante las posibles estrategias de prevención más que de contención para evitar futuros atentados; sino que, preocupa además que los liderazgos al interior de países como Estados Unidos, Rusia, Corea del Norte, Siria e Irak no hayan logrado un consenso respecto a la posición que habrá de tomarse en la Comunidad internacional respecto a Daesh y su modo de operación. El consenso quizás no está en seguir alimentando una “guerra contra el terrorismo”, ni en destinar recursos de aportación internacional para contener la expansión ideológica de Daesh, sino que el consenso debe estar en la generación de agendas conjuntas de trabajo que permitan el diseño e implementación de mecanismos de prevención y manejo de crisis que permitan garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Mientras el tráfico de armamento, el control de energéticos y los intereses comerciales, sigan dominando las relaciones entre países, el equilibrio de poder seguirá dependiendo de las líneas de política exterior de uno o algunos países y seguiremos viviendo con amplia especulación momentos como los recientemente vividos en Barcelona o aquellos de Londres, París y por supuesto Nueva York.

 

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