Dentro y fuera de Estados Unidos se ha debatido sobre el derecho de intervención que (casi por derecho divino) ha tenido el hegemón del siglo XX y que durante el mandato del ex presidente Barack Obama vivió una intensificación de este debate cuando el mismo Obama anunció que siempre no sería él quien decidiría castigar a Siria, sino el Congreso.

Quizá este fue el más duro golpe que recibió su popularidad y aprobación a lo largo de los ocho años que pasó al frente de la Casa Blanca.

Los medios norteamericanos más críticos no frenaron sus ataques a Obama, subrayando que esta postura ambigua no hizo más que poner en ridículo a Estados Unidos ante la comunidad internacional; mientras los medios internacionales cuestionan la legitimidad del eventual ataque.

Son estos mismos medios internacionales los que hoy levantan la voz en contra de la decisión del ahora presidente Trump de marcar nuevos límites en la región al echar a andar su propia versión de la “política del gran garrote”.

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Es cierto que el Derecho Internacional, los Códigos de Guerra y la Declaración Universal de los Derechos Humanos condenan a todas luces el uso de armas químicas contra la población civil y más aún cuando es su propio gobierno quien arremete contra civiles. En ese sentido, debe ser la Corte Internacional de Justicia quien condene el acto de lesa humanidad y no un país de la comunidad internacional.

Tampoco podemos olvidar que de acuerdo a los estatutos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), es Estados Unidos quien puede llamar a la creación de una coalición militar intermediadora de paz; sin embargo, el contexto económico, social y político que atraviesa Estados Unidos han llevado al presidente Trump a usar el fast track, buscando la validación de una decisión que puede capitalizar políticamente y de inmediato, logrando el tan anhelado repunte en sus niveles de aprobación. (Claro, sin olvidar que en el mediano y largo plazo, la reactivación económica que ofrece una política exterior ofensiva y de alta intensidad puede mantener la puerta abierta de la Casa Blanca al Partido Republicano).

Lo que salta a la vista es que, dentro del Congreso, ha nacido una nueva coalición a partir de este debate; la oposición a la intervención militar en Siria está respaldada por el grupo “liberal Democrats” y por el “libertarian Republicans” ambos apoyando la idea de la libertad absoluta y el autodeterminismo de los pueblos.

Para el presidente Trump, los próximos días serán cruciales. El contexto internacional le ha favorecido en este momento. Una tensión militar al mejor estilo de los años de oro de la Guerra Fría puede ser el escenario perfecto para lograr el consenso, la unidad política y el apoyo del Poder Legislativo en temas subsecuentes.

Es como si el foco de atención se hubiera movido a temas que ofrecen una rentabilidad política inmejorable: Siria, Corea del Norte, Rusia, Irán, los atentados terroristas en Egipto y Suecia. El mundo se cimbra a un son que parece acercar a Donald Trump a conseguir que América sea Grande otra vez.

 

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