No se trata sólo de depender de reformas estructurales, sino de todos aquellas políticas, programas e innovaciones que permitan ampliar el potencial de crecimiento de la economía.

 

 

“Todo lo grande está en medio de la tempestad.”

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Martin Heidegger.

 

La actual administración ha puesto un énfasis muy especial en el logro de las reformas estructurales para impulsar el crecimiento económico del país. En este sentido, el Presidente mismo ha tomado riesgos enormes –que aunque contrastan a veces con nuestra cultura de gradualismo y aversión al riesgo– bien valen la pena asumirlos en ciertos frentes para ampliar las oportunidades de inversión.

Es de reconocerse el impulso reformador emprendido por la actual administración y, sobre todo, después de muchos años sin una agenda legislativa tan ambiciosa en tantos frentes: en lo energético, económico, educativo, financiero y en las telecomunicaciones, sólo por citar algunas.

En cuanto a las reformas estructurales, existe un consenso muy amplio y poco cuestionado entre analistas, periodistas, especialistas y, hasta cierto punto, en el público en general. Las reformas son fundamentales para impulsar el crecimiento económico.

Por decir lo menos, se considera que las reformas son una condición necesaria y suficiente para el crecimiento. La lógica detrás de este “acuerdo” tácito es que las reformas estructurales tendrán un impacto muy importante en la generación de oportunidades de crecimiento económico y, en particular, sobre la inversión extranjera directa que traerá además nuevas tecnologías, procesos y recursos para aprovecharlas.

En el trasfondo existe esta sensación de que estamos frente a un juego de “suma cero” definido entre crecer con reformas estructurales o quedarnos con más de lo mismo, eso es con un bajo crecimiento.

Sin embargo, desde este muy particular punto de vista, el crecimiento es algo que está “allá afuera”, separado de cada uno de nosotros y que sólo es accesible por medio de las reformas que, a su vez, están fuera de nuestro control y que sólo puede realizar el Estado.

De forma que los ciudadanos y los agentes económicos nos convertimos en espectadores de lo que otros hacen –los que pueden– y de lo que está fuera de nuestro alcance.

En el siglo pasado, Martin Heidegger rompió con este paradigma predominante –aunque aplicado a la epistemología del conocimiento- de que el espectador (agente económico) esta separado de lo que observa (la economía en sí misma).

Paralelamente, si lo aplicamos a la arena económica, el funcionamiento de la economía no es independiente a los agentes económicos: son una misma parte indivisible. Así, las reformas estructurales no existen allá, independientes, sino que son inseparables de los agentes económicos. No hay separación posible.

 

El diablo está en los detalles

La parte indivisible e inseparable entre las reformas estructurales y los agentes económicos está en los detalles. Y el diablo también está en los detalles. A nivel de los tornillos es en donde una reforma estructural se convierte en un lame duck, en una perdición.

¿Qué quiero decir? Ejemplos previos de reformas estructurales –asumiendo la pregunta ¿qué faltó?– nos han permitido ver que cuando los detalles se dejan para después, sale más caro el caldo que las albóndigas.

Ejemplos abundan respecto al poco énfasis que se pone en los detalles y la invitación al diablo a la fiesta. Uno de ellos fue la privatización del sistema financiero que culminó en el rescate bancario, al no haber la regulación prudencial y la supervisión requeridas para asegurar un funcionamiento óptimo del sistema.

En aquel entonces se privatizó todo un sistema bancario sin reglas tan básicas como las de préstamos relacionados con los accionistas, o para ir más allá, las de las provisiones de los créditos para limitar problemas de cartera vencida, entre muchas otras.

En el estado en el que se encontraba, tan solo pasó de manos gubernamentales a manos privadas. El costo de no contar con los detalles de las reformas fue muy alto y muchas reformas posteriores fueron para poner lo que faltó originalmente. La apertura en las telecomunicaciones y, en particular la privatización de Telmex, ha resultado en el mismo caso. Sus resultados no fueron los esperados en términos de acceso, cobertura, precio y calidad, además de observar la resolución en juzgados de cualquier cantidad de diferencias.

Hoy mismo, parte de la nueva reforma en telecomunicaciones nuevamente busca poner muchos de los elementos faltantes –el detalle– relacionados con el marco regulatorio y las facultades de los reguladores. Esto no es para quedarnos en el pasado o predecir el futuro, sino para recordar que, en efecto, el diablo está en los detalles, en las llamadas leyes secundarias y/o reglamentarias y que, en ese sentido, hace falta poner un gran énfasis en ellas para asegurar que las reformas tienen el éxito que esperamos.

Por otra parte, las reformas estructurales no tienen nada, pero nada que ver, con aspectos como el desarrollo y apoyo a proveedores locales dentro de las cadenas de suministro de las grandes empresas. Tampoco están ligadas al ejercicio oportuno y expedito del gasto público para mantener el ritmo del crecimiento económico de los proveedores del gobierno y los gobiernos y con no frenar la economía. Menos aún en la generación de empleos. Recordemos que son la PyMES las mayores generadores de empleo en el país. El verdadero potencial está en que las PyMES sean exitosas y se conviertan en empresas grandes formales y con más y mejores empleos. No hay reforma estructural, ley, decreto o esquema de financiamiento que impulse el crecimiento de las PyMES si no soy yo, el que dentro de ese esquema, compro a PyMES, les pago a tiempo, las impulso y las recomiendo.

Ya lo había dicho en este espacio, hace unas semanas: hay que escuchar el lado B del crecimiento, no como un “no se pudo” sino como un “hay más cosas y urgen”.

No se trata sólo de depender de reformas estructurales, sino de todos aquellas políticas, programas e innovaciones que permitan ampliar el potencial de crecimiento de la economía.

 

 

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