Teniendo en cuenta los antecedentes del director Olallo Rubio, se podía esperar una irreverente y ácida crítica muy a su estilo sobre uno de los pasatiempos favoritos del mexicano. No lo es.

 

 

Juego, luego soy…
Eduardo Galeano

 

Muchas veces hablar sobre futbol es construir una charla llena de pasión y lugares comunes. De dolor, también. Sobre todo cuando la historia que se aborda es la de siempre popular Selección Mexicana. Fábrica de dinero e ilusiones, el equipo de todos (ay ajá) tiene un extenso historial lleno de fracasos, derrotas pintadas de gestas heroicas y unas cuantas victorias para mantener los engranajes en movimiento. Esos son los temas tratados en el documental Ilusión Nacional (2014), de Olallo Rubio.

Teniendo en cuenta los antecedentes del director, se podía esperar una irreverente y ácida crítica muy a su estilo sobre uno de los pasatiempos favoritos del mexicano. No lo es. Si sus anteriores documentales (¿Y tú cuánto cuestas?, 2007; Gimme the Power, 2012) resultaron interesantes a pesar de sus fallas o su estilo Clio/Canal 22, Ilusión Nacional no alcanza a serlo gracias a lo chato de su análisis y lo conocido de su tema.

Rubio estructura el documental emparentado el caso mexicano con el de otras dos naciones latinoamericanas: Brasil y Argentina. Ambos países ganadores del máximo torneo de naciones en más de una ocasión a pesar de la corrupción en sus instituciones o las crisis políticas/económicas por las que han pasado. Mientras ellos han logrado salir de sus limitaciones, los nuestros no.

Un juicio tan obvio como ese otro usado constantemente en la narrativa del largometraje: en cada derrota hay una victoria y viceversa –imaginar el siguiente meme–. No hay sorpresa en la tesis aplicada. Documentales, reportajes y notas en toda clase de medios abordan los mismos temas de manera cíclica. Podríamos tomar los clips de Ilusión Nacional donde Carlos Albert, Roberto Gómez Junco y José Ramón Fernández se quejan de una nueva derrota mexicana y se preguntan qué nos falta con cualquier programa televisivo donde participen hoy día para escuchar las mismas sentencias y cuestionamientos. Hay emisiones de Hazaña, el deporte vive más atrevidas.

Extraño en Olallo Rubio, quien ha basado parte de su carrera soltando “netas” sobre los medios de comunicación manipuladores y el fallido gobierno mexicano –pruebas aquí, allí y acá–, Temas que han conquistando a una buena franja del público juvenil que se considera más rebelde. En Gimme the Power, el realizador abusaba al querer convertir a Molotov en algo más que una simple banda de rock, empatando su cronología con la del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Una idea ambiciosa.

El futbol se prestaba para digresiones más profundas sobre las relaciones entre deporte, política, religión, consumismo, etc. Quizá se trata de un trabajo por encargo y por eso los juicios más agudos se queden en meras sugerencias –después de todo Videocine (Televisa) es el distribuidor–, convirtiendo a Ilusión Nacional en una mera recopilación de derrotas y fracasos. Nada más.

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