De acuerdo con el principio más elemental de la democracia electoral, los comicios son el medio a través del cual los votantes eligen a sus representantes y gobernantes. México ha avanzado en esa dimensión de la democracia y ha construido instituciones electorales sólidas que gozan (generalmente) de amplio reconocimiento.

 

El crítico satírico de origen estadounidense H. L. Mencken pensaba que “la vida más triste es la de un aspirante a la política dentro de la democracia. Su fracaso es ignominioso y su éxito vergonzoso”. Cada que leo esa cita pienso en las elecciones mexicanas, particularmente en las intermedias de junio próximo.

De acuerdo con el principio más elemental de la democracia electoral, los comicios son el medio a través del cual los votantes eligen a sus representantes y gobernantes. México ha avanzado en esa dimensión de la democracia y ha construido instituciones electorales sólidas que gozan (generalmente) de amplio reconocimiento. Dicho eso, la trascendencia de las próximas elecciones es distinta, desde mi perspectiva, a lo que comúnmente se asume.

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Primero. Habrá elecciones para gobernador en nueve estados, para poderes legislativos locales (en 17) y se elegirá a la totalidad de la Cámara de Diputados federal. Las elecciones estatales tienen una relevancia local, sobre todo las que eligen gobernadores, típicamente señores y amos de sus tierras. Desde un punto de vista nacional, importa cuántas gubernaturas gana o pierde cada partido, pero es más un juego de vencidas (quién puede más) que un factor de trascendencia universal.

Segundo. El caso del Poder Legislativo federal es diferente. El gobierno del presidente Peña ha demostrado que puede lograr la aprobación de cualquier iniciativa de ley, razón por la cual la verdadera importancia de la elección es estrictamente simbólica, pero en política los símbolos son de esencia. Para el gobierno federal es fundamental lograr un triunfo, mismo que presentaría como una ratificación popular de su proyecto, sobre todo a la luz de su descrédito actual. Para los partidos de oposición, es imperativo que el PRI no alcance el umbral del 42.8% del voto popular, negándole con ello la mayoría absoluta.

Tercero. No está en disputa qué partido va a ser el más grande de la Cámara de Diputados. Es evidente que el PRI seguirá siendo el factótum, independientemente de que logre la mayoría absoluta. Tampoco está en disputa que la combinación PRI-Verde probablemente será mayoritaria. Como ése no es el caso en el Senado, que sigue igual por el resto del sexenio, la negociación con otros partidos será similar a lo vivido hasta ahora.

Cuarto. Habrá dos contiendas particularmente relevantes. La primera es entre el PRD y Morena. Aunque el voto total de la izquierda seguirá siendo de alrededor del 22% del total, la forma en que esos votos se distribuyan, ahora entre esos dos partidos, será de gran trascendencia. Por una parte, Morena, encabezado por López Obrador, busca crear condiciones para su presunta candidatura presidencial en 2018. Por otro lado, el PRD quiere seguir manteniendo el liderazgo de la izquierda en general. Hay mucho de por medio en esa distribución de votos.

Quinto. Otra contienda relevante será por el tercer lugar global. La legislación electoral consagra a tres partidos “grandes”, a los que les otorga extraordinarias prebendas y prerrogativas. Al día de hoy, los tres partidos grandes son el PRI, PAN y PRD. Una primera interrogante es: ¿cuál de los dos partidos de la izquierda que resultaron de la división del PRD quedará arriba? Pero una segunda pregunta, no menos relevante, es si el Partido Verde, apéndice del PRI, logrará superar a los de izquierda.

En la última elección, el Partido Verde obtuvo casi el 6% del voto, cifra que sugiere una baja probabilidad de convertirse en tercera fuerza. Sin embargo, hay encuestas que colocan a ese partido hasta con el 13% de las preferencias, lo que abre toda clase de posibilidades. En contraste con el PRD y Morena, el Verde es un negocio cuasifamiliar, lo que potencialmente colocaría a un partido que claramente no está preparado para gobernar (ni es su objetivo histórico) en el corazón de las negociaciones legislativas y políticas del país.

Finalmente, el resultado de la elección legislativa dependerá casi totalmente de los niveles de participación el día de la elección. La estrategia priista está orientada a elevar la abstención, medida que, dada su aceitada maquinaria electoral, le permitiría elevar el número de curules potenciales. Y eso es lo trágico: en lugar de competir por un mejor gobierno, la contienda es por quién se apropia de más fondos públicos y fuentes de poder.

Nada nuevo bajo el sol.

 

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