Forbes

Por Randall Lane

Sentado en una modesta habitación en el inmodesto Hotel Peninsula de Nueva York, la persona más rica del mundo durante la mayor parte de los últimos 20 años reflexiona sobre una pregunta existencial, repentinamente en boga entre el grupo confiscatorio [de impuestos] de izquierda: “Es fascinante”, dice Bill Gates, “que, por primera vez en mi vida, la gente se pregunte: ‘Bueno, ¿debería de haber multimillonarios?’”

Durante el año pasado, mantuve conversaciones personales con no menos de dos docenas de multimillonarios, incluidas reuniones cara a cara con las tres personas más ricas del mundo: Jeff Bezos, Bill Gates y Warren Buffett, donde se abordaron diversos temas sobre el futuro del capitalismo. Esto ocurre en un momento urgente: tendrías que volver a la década de 1960, o tal vez incluso a la de 1930, para encontrar un momento en que la primacía del sistema de libre mercado fuera tan cuestionada.

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Sólo 56% de los estadounidenses dicen que tienen una imagen positiva del capitalismo, según una encuesta de Gallup, del verano pasado, en comparación con 37% que dijeron lo mismo sobre el socialismo. En una encuesta de Fox News durante el mismo periodo, el 36% de los adultos aprobó un cambio en Estados Unidos. “Lejos del capitalismo y más hacia el socialismo”, un gran aumento con respecto a 2012, cuando sólo el 20% tenía esa postura.

Entre millennials y la Generación Z, el escepticismo del libre mercado es, en realidad, la opinión mayoritaria. En la encuesta de Gallup, 51% de las personas de 18 a 29 años tenían una visión positiva del socialismo, aunque era la versión escandinava-Bernie Sanders, en gran medida difusa, en lugar de la versión soviética-Muro de Berlín, en comparación con el 45% de visiones positivas hacia el capitalismo. Ese hallazgo hizo eco en una encuesta de Harvard a adultos jóvenes, en la que el 51% dijo que no apoyaba el capitalismo y sólo el 19% dijo que se identificaba como un capitalista. Estos sentimientos surgen en medio de una economía que, según todas las medidas tradicionales, está en pleno auge, con pleno empleo y crecimiento del 3%.

Hasta el momento, 2019 ha ofrecido sólo un refuerzo de estos puntos de vista, mientras las compañías tecnológicas continúan desafiando su credibilidad. Howard Schultz se convirtió a sí mismo en una caricatura, cuyas propuestas de “cobremos impuestos a los ricos” obtuvieron un apoyo sorprendentemente alto. “Esto se ha estado gestando por años, acelerando en los últimos meses, y nuevamente en las últimas semanas”, dice Steve Case, el fundador de AOL que ahora dirige la firma de inversiones Revolution. Paul Tudor Jones agrega: “Creo que debemos reconocer que estamos en una encrucijada, con una gran cantidad de rupturas sociales”.

Y esos fueron sólo algunos de los multimillonarios dispuestos a hablar on the record. La estrella de rock Bono tenía, quizá, la sugerencia más poética: una “reimaginación”.

Si tal término evoca a Steve Jobs o Walt Disney, dos de los santos visionarios del capitalismo, que así sea. El capitalismo empresarial sigue siendo, objetivamente, el mejor sistema jamás inventado para crear y distribuir la prosperidad y, si observamos a las más de 1,000 millones de personas en China, India y otros lugares que fueron liberados de la pobreza extrema en las últimas dos décadas, éste sigue siendo fácil de presumir. El dinamismo aún es cierto en Estados Unidos también. De la lista de Forbes 400 de los estadounidenses más ricos, 67% son no herederos y 11% son inmigrantes. “Estados Unidos funciona, y ahora funciona mejor que nunca”, dice Buffett.

Dado que demasiados estadounidenses no se sienten de esa manera, ha llegado el momento de volver a imaginar un sistema con el que sí se puedan identificar

Reimaginar el capitalismo como… auténtico

Los viajes del noble francés Alexis de Tocqueville a través de América en la década de 1830 coincidieron con el surgimiento de la teoría socialista en Europa, un movimiento que criticó de manera profética y estricta. Para Tocqueville, el capitalismo equilibrado que presenció se comparaba favorablemente con las opciones en casa, como ceder el poder al gobierno o un sistema más feudal “administrado por unos pocos individuos ricos y poderosos”. “Los habitantes de Estados Unidos casi siempre logran combinar su propia ventaja con la de sus conciudadanos”, observó. Las reflexiones de Tocqueville inspiraron Camino de servidumbre, de Friedrich Hayek y se filtraron en el primer número de Forbes, el cual se imprimó durante la Revolución Rusa, cuando el fundador de la revista, B.C. Forbes, declaró la popularizada frase: “El negocio se originó para producir felicidad, no para acumular millones”.

Milton Friedman fue otro admirador de Tocqueville en el siglo XX, particularmente por su enfoque en la igualdad política como motor de la prosperidad. Pero Friedman sostuvo que, entre todos los integrantes de las empresas, el cliente, los empleados, la comunidad, sólo uno importaba en última instancia: el accionista. La única responsabilidad social de los negocios declaró, era maximizar las ganancias. Si los accionistas quisieran gastar sus ganancias en proyectos altruistas, genial, pero eso era a su entera discreción, con el supuesto de que estaban comprando algo de valor, tal vez una aprobación social o el poder aliviar su culpa.

Esta máxima nos dio las compras financiadas por terceros, las ofertas de capital privado y las adquisiciones por parte de los empleados. Y para varios de los capitalistas más exitosos del mundo, también creó muchos de los males actuales. “Qué equivocado estaba sobre Milton Friedman; la mayoría de nosotros lo estábamos”, dice Jones, quien construyó una fortuna de 5,000 millones de dólares (mdd) aprovechando las oportunidades del mercado, incluido el cortocircuito de la caída del mercado de 1987. “Llegó a costa de otros agentes de la empresa y erosionó la confianza de la que las empresas y la sociedad civil dependen”.

En una era en la que los consumidores anhelan la autenticidad, la versión de Tocqueville, que ve las ganancias como un subproducto del negocio en lugar de su misión singular, ofrece una tensión natural del ya muy popular capitalismo, especialmente entre los estadounidenses más jóvenes. Para los millennials, según una encuesta masiva de Deloitte, en 2018, las tres prioridades menos importantes para un negocio deberían ser las ganancias, la eficiencia y las ventas. ¿Y las primeras tres? Generar empleos, mejorar la sociedad y la innovación.

La autenticidad explica por qué los estadounidenses, a pesar de que no les gusta Wall Street y las grandes empresas, siguen amando a los empresarios (87% de aprobación, según Gallup) y las pequeñas empresas (96%) … y por qué las empresas con objetivos específicos, como Patagonia y Warby Parker, están envueltas en halos, sin importar lo que estén vendiendo o cuán ricos sean los fundadores.

“Cuando vamos a comprar una compañía, una de las cosas que miro muy de cerca es: ‘¿Son los fundadores de la compañía misioneros o mercenarios?’”, me dijo Jeff Bezos hace varios meses, antes de revelar la respuesta con su famosa risa. “En realidad, es muy fácil de decir: los misioneros hacen mejores productos y servicios”. También generan el único rasgo auténtico que es, en última instancia, el más rentable: la confianza. Esa palabra, dice Bezos, “es lo que te permite expandir el negocio”.

Por supuesto, la confianza es un arma de doble filo. A medida que Facebook trata los datos de los usuarios como una cuenta a pagar y no como un convenio, la reputación de la compañía y la de Zuckerberg se han desvanecido. En el ámbito de los resultados extremadamente improbables, es más fácil imaginarlo en la Casa Grande (expresión para referirse a la cárcel) que en la Casa Blanca. También es la razón por la que Wall Street sigue siendo tan popular como el Big Tobacco (el grupo de los cinco gigantes tabacaleros a nivel mundial).

Pero incluso en las finanzas, las raíces de la autenticidad se disparan. Las inversiones de impacto, consideradas durante mucho tiempo como un nicho para los que hacen el bien, ha emergido como un área de crecimiento, con unos 35,000 mdd comprometidos en 2018 para financiar negocios que brindan beneficios sociales sin sacrificar los rendimientos. “Estamos hablando de resolver problemas mediante la innovación y el espíritu empresarial”, dice Nancy Pfund, quien fundó DBL Partners y ha recaudado 625 mdd en tres fondos de riesgo. Su buque insignia, con inversiones en Tesla y SolarCity, se ha clasificado en el cuartil de rendimiento superior a lo largo de esta década. “Cuando sólo miras al accionista a corto plazo, no estás aprovechando la innovación, y estás engañando al futuro”.

Los números son cada vez más grandes: Breakthrough Energy Ventures, respaldado por un consorcio de multimillonarios como Gates, Bezos, Michael Bloomberg, Richard Branson y Jack Ma, ha prometido 1,000 mdd para nuevas empresas que aporten, eventualmente, soluciones radicales a las emisiones de carbono.

Una cohorte de magnates que incluye a Bono, Laurene Powell Jobs y Jeff Skoll, ha respaldado al Rise Fund, un brazo del gigante de capital privado TPG, que ha implementado 1,800 mdd en 25 inversiones que creen que tendrán un impacto significativo en la sociedad. “La gente está legítimamente preguntando: ‘¿Está funcionando el sistema?’”, dice Bill McGlashan, ceo del Rise Fund. “Creemos que el capitalismo es un mejor sirviente que amo”.

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Reimaginar el capitalismo como… accesible

Para aquellos que legítimamente aún creen que Estados Unidos es la tierra de la oportunidad, una encuesta de Fox News de hace unas semanas debería llamar la atención: 42% de los estadounidenses no piensa que “la forma en que funciona el capitalismo en Estados Unidos en estos días ‘les da una oportunidad justa’”. Aún más preocupante: en un país que siempre se ha mantenido fiel a la premisa de que el trabajo duro basta para superarse o, al menos, para que sus hijos lo hagan, 18% pensó que el Sueño Americano está fuera del alcance de su familia.

Y hay amplias estadísticas para respaldar ese sentimiento. En Estados Unidos, el 1% superior de los trabajadores, colectivamente, gana mucho más que el 50% inferior. “A medida que se especializa el sistema de mercado, lleva más dinero a la cima”, explica Buffett. “La función natural de una economía de mercado más especializada es desviar cada vez más de las recompensas a la cima. Eso es algo que no creo que hayamos abordado del todo en este país”.

Pero la situación es, en realidad, mucho peor que la enorme disparidad de ingresos. Los estadounidenses han visto históricamente a los ultra ricos como héroes, no villanos, por una simple razón: “Todos pensamos que podríamos ser como ellos”, dice Jones. Es la cada vez menor movilidad hacia arriba lo que está alimentando gran parte de esta ira populista. Para todas las historias de éxito anecdóticas, si naciste con el código postal incorrecto, con los padres equivocados, el camino hacia el Forbes 400 nunca se ha visto más largo o más estrecho.

Por ejemplo, el capital de riesgo, el punto de partida más claro para una fortuna de 1,000 mdd en los últimos 20 años es una puerta que la gran mayoría de los estadounidenses no tiene forma de abrir. Sólo 15% del dinero de Venture Capital (VC) se destina a mujeres fundadoras, el 1% a empresarias negras y menos de un cuarto a cualquier persona que viva fuera de California, Nueva York o Massachusetts. Sí, un grupo mucho más global y diverso ahora tiene acceso a esas mecas de financiamiento, pero eso no es un consuelo para un padre cuyo hijo asiste a una escuela pública en una ciudad o región que se ha quedado atrás.

“Debe ser una prioridad nacional para nivelar el campo de juego”, dice Case, quien, en los últimos años, ha realizado un recorrido en autobús con la plataforma Rise of the Rest, viajando por el país y poniendo millones en más de 100 compañías que no están en Boston, Nueva York o el Área de la Bahía de San Francisco. Para Case, es tanto un deber cívico como una oportunidad, ya que las mentes brillantes se encuentran en zonas de bajo costo, desesperadas por tener una esperanza de alto crecimiento.

En realidad, Pfund ve que haya mujeres líderes antes de invertir en una empresa: casi dos tercios de las compañías en sus fondos tienen una mujer en el nivel de CFO o superior. También impulsa su cartera para difundir las oportunidades, a través de planes de participación en las ganancias, compromisos de salario digno y estímulo para contratar en áreas desatendidas.

Todos estos esfuerzos están al margen, sin un compromiso de crear oportunidades educativas para aquellos con ambición y luego una vía para que sigan adelante. “Tendremos los recursos”, dice Buffett. “La pregunta es: ¿Podremos, en efecto, atraer a todos los que tienen la capacidad física y están dispuestos a trabajar 40 horas a la semana para que puedan ganarse la vida decentemente, formar una familia?”.

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Reimaginar el capitalismo como… responsable

Algo inusual ocurrió unas horas después de mi reunión con Bill Gates. Luego de su reflexión sobre el futuro de los multimillonarios, asistió al espectáculo homónimo de Stephen Colbert con su esposa, Melinda, a un crescendo de vítores. Al aceptar su nuevo papel como la segunda persona más rica del mundo, bromeó: “Estamos tratando de entregar [nuestro dinero] más rápido”, y la audiencia se desvaneció. Desde el llamado a cobrar impuestos más altos a los ultra ricos, hasta las obligaciones de los exitosos y el empoderamiento de las mujeres, el aplauso siguió llegando.

Al final, Colbert estaba juguetonamente incitando a los Gates a postularse para cargos políticos. Compara eso con la alegría del Bronx que resonó en Nueva York más tarde esa semana, cuando Amazon anunció que retiraría el plan de sus HQ2 en Queens. Los políticos con problemas de matemáticas que mataron el acuerdo tomaron el calor justificable de casi todos, excepto de su base. Pero la reputación de Bezos estaba igual de debilitada por la cancelación. Tiene un valor de más de 130,000 mdd (al menos hasta que se resuelva su divorcio), y Amazon vale 800,000 mdd.

¿Por qué extraer un miserable bienestar corporativo de 3,000 mdd en Nueva York? En el verdadero sentido de Friedman: porque tiene accionistas, y pudo hacerlo.

Los estadounidenses esperan que su realeza meritocrática siga rindiendo cuentas ante el público que ayudó a crearlos o encumbrarlos.

Tradicionalmente, eso significaría filantropía, un aspecto del éxito extremo (ahora hay 137 deca-multimillonarios en el mundo) que ya no parece opcional, aunque aún hay un aspecto que engendra cinismo. Dice Gates: “El ataque que cuestiona: ‘¿Por qué tendrías que tener una opinión sobre la agenda?’, tiene cierta resonancia”.

Para Gates, quien está a la cabeza del mejor organismo filantrópico, la responsabilidad comienza al aceptar tu papel: “elegir ideas novedosas” o “teorías de fuera del cuadro”, como él dice, y luego probar que los conceptos funcionan, o no, tomando los tipos de riesgos que ningún gobierno financiado por los contribuyentes (o corporación dependiente de accionistas) podría justificar.

Pero en esta era, Gates también reconoce que los motivos serán cuestionados. “Si venimos y mejoramos la clase de matemáticas”, dice Gates, “entonces la gente dice: ‘Oye, no mejoraste a la banda’”. Por este motivo, Gates trata de hacerse público a sí mismo a través de la transparencia, incluida una carta pública que, desde la fundación de su organización, él y Melinda escriben cada año. También es la razón principal para el Giving Pledge [Compromiso de Donación], en el que 189 de las personas más ricas del mundo han afirmado públicamente que regalarán al menos la mitad de sus fortunas, y mucho más.

El fundador de Salesforce, Marc Benioff, firmante de Giving Pledge, ha pasado de hacer donaciones de forma anónima a poner su nombre en dos hospitales, en parte para ser un modelo a seguir para multimillonarios emergentes de la tecnología y en parte porque “envió un mensaje de que estamos apoyando a la comunidad de una manera tangible”.

Pero, además, él hace lo mismo con su compañía, que fue pionera en un modelo de “1, 1, 1”, que colocó el 1% del capital de la empresa en un fideicomiso, junto con un compromiso de donar el 1% de sus productos de software y el 1% de sus 35,000 empleados dedicados al trabajo voluntario. Es una combinación que genera 260 mdd en subsidios y 3.8 millones de horas para causas cívicas.

En lugar de confiar en esa generosidad de carácter voluntario, Jones, quien comenzó su experiencia filantrópica fundando la innovadora Fundación Robin Hood en Nueva York, se ha centrado, durante los últimos años, en responsabilizar directamente a las empresas estadounidenses para que se alcance un mejor capitalismo.

Fundó Just Capital, que ha encuestado a más de 80,000 estadounidenses para obtener una visión calibrada con precisión de lo que hace a un buen ciudadano corporativo. Resulta que los trabajadores de más edad de Estados Unidos no son tan diferentes de los más jóvenes, ya que desean que las compañías paguen y traten bien a sus empleados, publiquen buenos productos con integridad y se preocupen por el medio ambiente y la comunidad.

Just Capital clasifica a cada una de las principales empresas públicas en sus 36 criterios, de mejor a peor, ofreciendo un sello de buen mantenimiento a las principales empresas, con el fin de fomentar una mejor ciudadanía corporativa. (Nota: soy parte de la junta directiva de Just Capital, y Forbes publica la lista anual Just 100 cada otoño).

“No puedes administrar lo que no puedes medir”, dice Jones, quien también ayudó a Just a lanzar un fondo de inversión cotizado [ETF por sus siglas en inglés] de 200 mdd en junio de 2018, que hasta ahora ha superado al S&P 500.

La medición también ha impulsado a McGlashan en el Rise Fund, que tiene dificultades para justificar miles de millones en inversiones en bien social cuando nadie puede definir qué es “bueno”. Con ese fin, Rise incubó y luego, recientemente, lanzó Y Analytics, una firma dedicada a medir este impacto, un paso clave para hacer que el capitalismo esté aún más orientado a las soluciones.

Tales remedios son urgentes. “A menos que encontremos una solución basada en el mercado para el crecimiento exponencial de la desigualdad, terminaremos con una legislación populista que crea un martillo para ir tras cada clavo”, dice Jones. Él tiene razón. El muy cotizado impuesto a las ganancias del 70% de Alexandria Ocasio-Cortez muestra una falta de comprensión de cómo se construyen las fortunas en este país, a través de la propiedad, no de las ganancias. La sobretasa a las riquezas de Elizabeth Warren requeriría un ejército de tasadores. “Éste es el problema de todas esas [propuestas]”, dice el capitalista de riesgo Vinod Khosla. “Hay movilidad internacional”.

Prácticamente todos los multimillonarios con los que hablé reconocieron que los impuestos más altos sobre el conjunto de multimillonarios son inevitables. La mayoría incluso los vio como beneficiosos, si se aplican correctamente. Según Gates, Buffett, Khosla y otros, la forma correcta de cobrar impuestos a los ultra ricos es en un punto de transacción. Ya sea un impuesto al patrimonio sin las lagunas que actualmente lo hacen inútil o un mayor impuesto sobre las ganancias de capital aplicado sólo en fortunas extremas, para evitar la eliminación del crecimiento.

Y, aun mejor, el código de impues¬tos se puede refinar para fomentar el crecimiento y distribuirlo de manera más equitativa. El lanzamiento de zonas de oportunidad, diseñado por el multimillonario de Facebook y Spotify, Sean Parker, ya se ha puesto en marcha y ofrece beneficios fiscales tentadores en las áreas necesitadas de los 50 estados. Ajustar las tasas de impuestos corporativos según los empleos creados (más empleos, impuestos más bajos) es otra idea valiosa.

La belleza eterna del libre mercado es su capacidad para evolucionar. Déjelo en manos del capitalista más admirado del mundo, Warren Buffett, que ha vivido más de un tercio de la historia de este país y que compró sus primeras acciones en 1942, en un momento en que era concebible que Estados Unidos pudiera perder la Segunda Guerra Mundial.

Para hacer una predicción: “La persona más afortunada que nacerá en el mundo hasta la fecha será un bebé que nacerá hoy en Estados Unidos”. Apueste contra Buffett y el capitalismo, bajo su propio riesgo.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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