El martes 28 de marzo la red explotó. Con información claramente definida sobre el fallo de un juez de nombre Anuar González Hemadi para otorgar un amparo ‘liso y llano’ a Diego ‘Porky’ Cruz protegiéndolo del ejercicio de la ley —que no es lo mismo que la justicia—, al detallar en su sentencia que: ‘solo se da noticia de un hecho de tipo sexual (por la parte del cuerpo) en donde existió el tocamiento, pero no se aprecia esa intención de satisfacer placeres sexuales o el erotismo propio del activo, o de un apetito carnal inmoderado, pues es un hecho que se dio instantáneo, en un solo momento, sin expresar palabra y sin que se tuviera ese deseo de deleite sexual en detrimento de la víctima’ (Carlos Puig, El país del Juez Anuar González Hemadi). La indignación de la comunidad nacional se manifestó a través de la nueva forma de expresión horizontal que, ahora más que nunca lo podemos observar, rebasó totalmente el control informativo de la media convencional.

En la investigación ‘The Impact of Electronic Media Violencia: Scientific Theory and Research’, L Rowell Huesmann, director del Centro de Investigación para grupos dinámicos del Instituto de Estudios Sociales de la Universidad de Michigan, sostiene que ‘representar la violencia como justificada o sin castigo, incrementa la estimulación de agresión a largo plazo en jóvenes adolescentes’. Esta estimulación a la conducta agresiva, en un seguimiento continuo en el comportamiento de jóvenes adolescentes en lapsos subsiguientes de 3, 10, 15 y 22 años, arroja que el 11% de los jóvenes expuestos a violencia en la media (que va desde la exposición a video juegos, a noticias de carácter violento, diálogos agresivos e insultantes y rumores vía radio, televisión, películas, videos, video juegos, celulares y redes) fueron convictos en un lapso de 15 años posteriores a la infancia media en comparación con el 3% de la población similar que no tuvo la misma exposición intensa a la violencia mediática. 42% tuvo agresiones en contra de su pareja, contra 22%, y 69% contra otra persona, en comparación con un 50% de la población no expuesta a violencia.

Noticias como la justificación ‘jurídica’ del juez Anuar González Hemadi, insertas en un entorno mediático que diariamente reporta asesinatos, fosas clandestinas, cuerpos desmembrados, actos de corrupción por parte de ‘líderes políticos’, aderezados con notas de acusaciones mutuas, declaraciones irreales y agresivas, descalificaciones ofensivas… y mesas redondas y artículos de opinión cargados de ideas y propuestas subjetivas enfocadas al ataque permanente de intereses políticos, han creado un ambiente mediático que contribuye activamente a la reproducción de un modelo de conducta que destruye los valores primordiales de convivencia familiar y social, y establece los parámetros de una forma de subsistencia basada en la violencia como activo primordial. Violencia a la responsabilidad social, al buscar incrustarse en el servicio público como forma de enriquecimiento prematuro; violencia a la responsabilidad personal, al fijar únicamente el éxito económico como estándar de éxito, sin importar la vía para lograrlo -una vez más, corrupción, narcotráfico, tráfico de personas, delincuencia organizada-; violencia la responsabilidad familiar, al sacrificar cualquier tipo de valor transgeneracional por el salvamento de un momento que, sin embargo, permanecerá en la conciencia del sujeto, no obstante el resultado legal, afectando la vida y la dinámica de las vidas a su alrededor para siempre. Librar una orden de aprensión, cuando la culpa es clara y real, no hace inocente al sujeto, sino lo condiciona a una de dos: asumir la culpabilidad en una reconcepción de sí mismo como un delincuente que seguirá por el camino de la afectación moral ilimitadamente —el reforzamiento de las conductas delictivas a las que menciona Huesmann—, o la contrición que significaría el reconocimiento del daño personal, emocional y social, de la conducta delictiva inicial.

Este entorno mediático en donde no existe responsabilidad asumida o castigo para los delincuentes, inicia como un ciclo de autodestrucción nacional cuando los personajes que deberían ser ejemplares para la ciudadanía son los primeros delincuentes en buscar a través de los discursos y las mañas legaloides librarse de responsabilidades sobre sus actos. Con el poder vertical que define a un gobierno en funciones, la contaminación de actos por fuera de la ley —y que también son actos violentos según la definición de Huesmann—, permea de arriba para abajo a toda la estructura de gobierno, y de ahí contamina a la sociedad en general, convirtiéndonos a todos en cómplices de la autodestrucción social. La información propagada diariamente por la media sólo refuerza esta sensación de ‘disculpa’ o ‘pretexto’ para actuar ‘violentamente’, desde el acto de corrupción ínfimo de la ‘mordida’, hasta el desprecio por miembros de la sociedad por su color de piel o situación económica o laboral, emulando a los ejemplos transmitidos por la media en donde pareciera que mientras más ‘elegante’ el ‘licenciado’ es exculpado de cualquier mancha de deshonra por el hecho de poseer un puesto burocrático al que, en secreto, hasta los más críticos del sistema, anhelan tener para ingresar a ese ‘privilegiado’ circulo de corrupción disfrazado de ‘éxito profesional’.

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Este entorno es en el que jóvenes como Diego ‘Porky’ Cruz se siente ventajoso para comprar una salida de la ley, protegido en su deleznable proceder por su familia que, en lugar de reprender las acciones de su hijo, busca esa inercia de impunidad que diariamente es reforzada por las noticias y los comentarios convenientes del establishment, sin por un segundo reflexionar el daño que a largo plazo tendrá la actual situación. Lo mismo ocurre con el gobernador que huye con su mujer, o el que compró terrenos a precios irrisorios en Quintana Roo, o el expresidente que quebró con sus sueños de liderazgo socialista al país, o el funcionario de la paraestatal, o el representante de partido político, o el empresario que birló impuestos… o el comunicador que, con la información en la mano, decide vender el silencio, o entrar en la dinámica entrópica y dañina de la sobreinformación violenta.

Esta sensación de deriva, de miedo permanente, en la parte trasera de nuestras conciencias, en él nos sabemos expuestos a un acto violento en cualquier momento del día y en cualquier lugar de nuestra vida cotidiana, que tanto es un fenómeno intencional? que tanto la desensibilización —‘repetidas exposiciones a actos violentos explícitos provocan que la reacción emotiva negativa ante los mismos disminuya, creando en el adolescente expuesto pensamientos agresivos proactivos’ (Huesmann)— de nuestras emociones es una consecuencia buscada por el establishment para en el desorden social continuar el asalto al país?

La abrumadora reacción de las redes, con respuestas que van desde el insulto atrapado en el discurso de la contaminación violenta del entorno, hasta la observación prudente y contundente, sobre el asunto ‘Porky” es, desde mi punto de vista, la oportunidad de encontrar una salida, un escape al dictado conceptual de la información convencional y romper poco a poco el cerco de violencia en el que estamos atrapados. La detección de informaciones controladas, bots, intentos de influencia en la opinión pública, ha generado una comunidad que está reflexionando de manera natural más activamente y que se ha empoderado con la convicción de su punto de vista en un dialogo horizontal que, en una verdadera autorregulación, está sacando lo mejor de nuestra comunidad, de cada uno de nosotros, al denunciar activamente, al involucrarse activamente en temáticas que, sin esta herramienta, hubieran pasado controladas por la media convencional, como un escándalo de días, para después ocultarse en el laberinto de los intereses informativos. La nueva realidad no permite ya el escape fácil de los responsables y sus actos, aun cuando estamos inundados de violencia que nos intenta mediatizar y mantener al margen.

 

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