Las palabras película, robo en equipo, criminales carismáticos y fortuna millonaria probablemente se transformarán en su cerebro hasta convertirse en un flujo de acción sin parar, de sorpresas, divertidos diálogos y emoción de saber si los anti héroes logran salirse con la suya. Todo empaquetado por grandes estrellas junto a una ágil edición. Acción al estilo hollywoodense, al fin y al cabo.

Tal vez por eso una cinta como La estafa de los Logan (Logan Lucky, 2017) luzca atípica de entrada, su director no es cualquier chambón saca franquicias y se nota, Steven Soderbergh tiene experiencia en estas lides. Su nuevo trabajo no podría estar más lejano del glamour ostentado en la trilogía de Ocean’s Eleven (2001, 04, 07), aludida aquí de manera bastante sarcástica, aun cuando el reparto también esté lleno de estrellas o nombres próximos a serlo.

Los Logan (Jimmy, Clyde y Mellie) son una familia salpicada por la tragedia, siempre del lado equivocado de la suerte. Jimmy (Channing Tatum) estaba predestinado a ser jugador de la NFL, pero su rodilla lo traicionó provocando el final de su relación con la esposa trofeo (Katie Holmes). Clyde (Adam Driver) partió a Irak buscando honor y regresó sin un brazo. Mellie (Riley Keough) parece ser la más afortunada, aunque su carrera como estilista no tenga muchas salidas al éxito. El pueblo se enseña con ellos por la historia de su clan, aun cuando los palurdos que los molestan o señalan no parezcan en primera instancia mejores que ellos. Tienen la letra escarlata puesta en el apellido. Un día Jimmy pierde su trabajo y la única solución a la vista para resolver sus problemas financieros es organizar un asalto, poniendo a prueba la suerte familiar (por eso el título en inglés resulta más acertado).

Soderbergh (Contagio, Terapia de riesgo) utiliza ese punto de partida para armar una heist movie sin prisas, dándole espacio suficiente a cada personaje para respirar o, en caso de tener participaciones mínimas, permitir que sus rasgos característicos se noten. Piensen en Transformers: El último caballero (Transformers: The Last Knight, 2017) que con su trepidante edición y ritmo de caballo desbocado no logra hilar dos escenas coherentes en sus más de dos horas de duración (¿era un documental de la edad media o ciencia ficción experimental?). La fórmula del cineasta norteamericano no es nada novedosa o especial, es su presentación a contracorriente que resulta en apariencia diferente.

El director de Tráfico (Traffic, 2000) toma como personaje principal a ese pobre diablo olvidado por el mundo del sur estadounidense, ése del que habla Trump desde el inicio de su camino a la Casa Blanca, y lo pone al centro junto con toda la parafernalia que lo caracteriza. Sin glorificarlo o victimizarlo en algún momento, estos hombres y mujeres simplemente son, existen en la misma área gris donde todos nos desarrollamos. Si a eso le sumamos las inspiradas actuaciones de Driver (con ese rostro largo lleno de eterna melancolía) y Daniel Craig, como un experto en explosiones enamorado de los huevos hervidos con un poco de sal, no resulta sorpresivo que la película logre generar la suficiente empatía por sus pobres diablos.

Tal vez el ciclo más reciente en la carrera de Steven Soderbergh no haya arrojado una obra maestra (hasta ahora), sin embargo, resulta interesante ser testigos de los juegos de un cineasta por ampliar su rango, por jugar con su estilo, estirarlo, rearmarlo y desecharlo mientras se divierte haciéndolo. En un mundo lleno de secuelas, refritos y pésimas ideas, eso es más que suficiente.

 

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