El reto para la nación venezolana es, de una vez por todas, dejar de lado la visión paternalista y crecer en conciencia cívica. Entender que el petróleo es de ellos y no un regalo de los gobernantes.

 

Karl Marx inicia El 18 Brumario de Luis Bonaparte asegurando que “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”. Esto aplica perfectamente al caso venezolano: Hugo Chávez fue la tragedia y Nicolás Maduro la farsa.

Chávez Frías enajenó a un pueblo y cooptó una seudoideología que llamó Socialismo del Siglo XXI, con la que sedujo –a golpes de dinero– a la izquierda latinoamericana. Maduro intentó replicar lo hecho por el comandante, sólo que el actual presidente venezolano carece del carisma de aquél y el precio del petróleo está en picada.

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“La tradición de todas las generaciones muertas –continua Marx– oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” Sin duda así lo hizo Chávez respecto a Simón Bolívar y Fidel Castro, y así lo mantuvo Maduro. Pero es evidente que la tercer copia salió borrosa e ilegible, pues ni Chávez levantó a un pueblo en armas para ganar una revolución –recordemos que su golpe de Estado falló– ni Maduro tiene la conciencia revolucionaria ni el discurso culto de Castro. ¡Vamos!, que Maduro es un farsante iletrado que no ha podido siquiera sacarse de encima a las hijas de Chávez que cual princesas viven a costa del erario.

Sin embargo, ése es el menor problema de Venezuela hoy día. El mayor problema son los venezolanos, que, como pueblo, han sido incapaces de trascender lo que Terry Lynn Karl llamó La Paradoja de los Recursos Naturales, la que explica en un amplio volumen con el mismo nombre y que describe el fenómeno en que los países ricos en recursos naturales son al mismo tiempo pobres. En el capítulo siete de su libro, Lynn Karl analiza el caso de Venezuela durante el primer periodo presidencial del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez. Lo define como un petroestado con una amplia burocracia, con estructuras de autoridad débiles y altamente politizadas. Las estructuras de los petroestados, asegura esta autora, no sirven para jalarle la rienda al poder ejecutivo, sino que, por el contrario, han sido diseñadas explícitamente para favorecer el centralismo, la búsqueda de la renta (vivir del presupuesto) y la obediencia a la autoridad presidencial.

Esto último resulta una grave amenaza para los países que viven principalmente de los recursos naturales: tienen un menor desarrollo cívico y político entre los ciudadanos, quienes, al no ver comprometidos sus ingresos vía impuestos e incluso recibir “dádivas” de los gobiernos, dejarán de exigir cuentas a los gobernantes sobre ese dinero que ingresa. Así, los malos manejos del presupuesto público, e incluso la tentación de adquirir préstamos a futuro sobre los posibles recursos, aumenta y se genera un sobreendeudamiento, que al caer los precios de los recursos recrudecerá cualquier crisis económica.

El diagnóstico no sólo no se resolvió, sino que se recrudeció. Los altos precios del petróleo y el embargo a Irán permitieron a la Venezuela de Hugo Chávez derrochar recursos y –en aras de combatir a las oligarquías empresariales– desmantelar la planta productiva del país, pues era más barato importar que producir. Mientras hubo bonanza, los propios venezolanos se compraron la historia y votaron por Chávez, y eventualmente por su sucesor, Nicolás Maduro; sin embargo, a este último se le acabó –literalmente– el combustible que alimentaba la maquinaria de la revolución bolivariana, que, dicho sea de paso, no realizó ningún cambio verdaderamente revolucionario. Por el contrario, se dedicó a cooptar a las instituciones y someterlas, mientras que en el plano internacional compró a un grupo de aliados que hoy han dejado sola a Venezuela y a los venezolanos luego de beneficiarse con los recursos de un pueblo cuyo líder magnánimo dilapidó. A cambio sólo quedan las luminarias con el rostro de Chávez en Managua y las menciones en los discursos de Evo Morales.

El triunfo legislativo de la derecha en Venezuela no debe verse, entonces, como una catástrofe para la izquierda, sino como una muestra del hartazgo del pueblo venezolano. El reto que viene para la nueva asamblea es fortalecer desde dentro la institucionalidad del país, ésa que llevó en algún momento al juicio por corrupción de un presidente en funciones: Carlos Andrés Pérez, al que Chávez intentó darle un golpe de Estado. Y el reto para los venezolanos es, de una vez por todas, dejar de lado la visión paternalista y crecer en conciencia cívica. Entender que el petróleo es de ellos y no un regalo de los gobernantes. El trabajo no será fácil; en 17 años de gobierno bolivariano se desmantelaron muchas estructuras y se montaron otras tantas tendientes a seguir los designios de un par de hombres.

 

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