En un país donde la regulación por parte del Estado es poco confiable, y los intereses privados dominan los intereses colectivos, algo tan vital como el agua puede llevarnos a la ruina.

 

El agua en cualquiera de sus estados, particularmente en estado líquido, es uno de los recursos más valiosos que conocemos. No sólo es extremadamente rara su existencia en el universo y una precondición para toda forma de vida que conocemos, sino también uno de los pilares de gran parte de nuestras actividades económicas. El agua mueve las industrias agrícolas y ganaderas, grandes segmentos de las manufactureras y extractivas. Impacta en casi todas las demás a través de la generación de electricidad y sus usos en la extracción de combustibles fósiles.

Por estas razones es una conclusión obvia que el agua es un recurso de la máxima importancia y es, por esta importancia, que la aprobación reciente de la Ley de Aguas Nacionales debe llamarnos seriamente la atención. Las implicaciones de esta ley pueden traer consigo una mala administración de este recurso y hacer de su manejo un caso más de lo que Garret Hardin bautizara “la tragedia de los comunes”.

Antes de discutir por qué la Ley de Aguas Nacionales puede volverse un caso más de la tragedia de los comunes, vale la pena hacer una distinción entre tres tipos de bienes que existen en una economía.

  • Bienes privados: aquellos que son excluibles y tienen rivalidad (se puede evitar que personas tengan acceso a ellos y su consumo por un individuo implica que otro no lo pueda disfrutar; por ejemplo, un sándwich).
  • Bienes públicos: aquellos que no son excluibles y no tienen rivalidad (no se puede evitar que se tenga acceso y el hecho de que alguien lo disfrute no evita que alguien más lo pueda hacer; ejemplos: la seguridad nacional, el conocimiento).
  • Recursos comunes: aquellos que no son fácilmente excluibles pero que sí tienen rivalidad (no se puede evitar fácilmente el acceso, pero si alguien lo consume sí puede evitar que alguien más lo disfrute; ejemplo: los recursos naturales).

El agua cae en la tercera categoría. Este tipo de recursos son susceptibles de sobreexplotación y plantean un serio problema sobre cómo administrarlos mejor, para limitar su uso con el fin de asegurar su viabilidad económica futura. La tragedia de los comunes surge cuando, como resultado de la toma de decisiones de manera “racional” por parte de agentes económicos, no lleva a resultados “racionales” para el colectivo, al óptimo social. Por el contrario, lleva a la pérdida del recurso en cuestión.

El caso de la nueva Ley de Aguas Nacionales puede contener de manera particular implicaciones de este tipo al incorporar posibilidades como los trasvases entre cuencas y el concepto de “interés público” a los proyectos que busquen explotar el agua con fines económicos extractivos (como para el uso de la técnica de la fractura hidráulica en la extracción del gas shale).

¿Cómo puede surgir un escenario de la tragedia de los comunes? Resulta sumamente sencillo llegar a un escenario de este tipo. Si es posible hacer trasvases para explotar el agua con fines económicos, y estos fines son considerados de interés público, se están generando incentivos para que los agentes económicos puedan participar de estos beneficios. Dado que este tipo de recurso hace difícil la exclusión pero se tiene rivalidad, entonces la decisión racional para dichos agentes será tratar de explotar la máxima cantidad posible mientras aún exista el recurso. Si a esta conclusión llegan todos los agentes es fácil imaginar un escenario de tragedia de los comunes.

Los promotores de esta ley dirán, en su descargo, que es un problema que no sucederá debido a que se contará con una buena regulación por parte del Estado. Sin embargo, los costos de monitoreo y de aplicación para este tipo de recursos son muy elevados, y en el caso mexicano la regulación suele ser poco efectiva y estar sujeta a la corrupción.

Si el Estado no es capaz de regular de forma efectiva la explotación de estos recursos, algunos propondrán la privatización de su uso (no un caso lejano, cuando la misma ley contempla que Conagua puede ceder algunas de sus funciones a privados), alegando la mayor eficiencia del mercado para proveer bienes y servicios. Sin embargo, el modelo de mercado tampoco es efectivo para la provisión de recursos comunes (ni de bienes públicos), por lo que también en este caso se estaría lejos de llegar al óptimo social.

La tragedia de los comunes es una metáfora de un error muy frecuente que cometemos al tratar de administrar recursos naturales. Ni las soluciones de Estado (centralizando su manejo) ni las de mercado (privatizando) pueden garantizar la sostenibilidad en el tiempo de estos recursos. En la práctica, las soluciones que funcionan para el manejo de recursos son aquellas que pasan por la acción colectiva, métodos de organización que generan sus propios arreglos institucionales entre aquellos que usan los recursos, bajo el amparo del Estado.

Lo que la Ley de Aguas Nacionales hace de manera lamentable es facilitar los escenarios en que la tragedia de los comunes puede manifestarse. Lejos de buscar acciones colectivas para el manejo sustentable del agua y asegurar su permanencia en el tiempo se privilegia la extracción de rentas en el corto plazo.

La experiencia internacional está llena de ejemplos de los resultados de este tipo de iniciativas; por citar uno muy cercano, está la casi desaparición del río Colorado en Estados Unidos, destruyendo un gran ecosistema para que el río pueda alimentar las fuentes de los casinos en Las Vegas. Esta misma experiencia internacional también está llena de casos de éxito como el de la cuenca Raymond en California documentado por Elinor Ostrom en su libro Governing the Commons. Lo que la experiencia internacional nos enseña es que existen alternativas cuando se busca encontrar la forma de maximizar la vida del recurso en cuestión y su valor económico en el tiempo.

En 1968, cuando Hardin acuñó el término tragedia de los comunes en su famoso artículo “The tragedy of the commons” en la revista Science, un fragmento que se volvió célebre decía:

Cada hombre está encerrado en un sistema que lo obliga a aumentar su rebaño sin límite, en un mundo limitado. La ruina es el destino hacia el cual se dirige todo hombre, cada uno persiguiendo su propio interés en una sociedad que se cree en la libertad de los comunes.”

En un país donde la regulación por parte del Estado es poco confiable, donde los intereses privados dominan los intereses colectivos y se sirven de conductas rentistas, algo tan vital como el agua puede llevarnos a la ruina.

 

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