El caso del presidente francés, Francois Hollande, descubierto con una relación extraoficial a la que mantenía con la periodista Valerie Trierweiler, regresó la discusión sobre la delgada línea que divide el interés público del privado.

 

 

 

En días pasados, la revista francesa Closer publicó un reportaje donde se confirmaba un rumor de las últimas semanas. En el mismo, el Presidente Francois Hollande es visto vestido de negro y con un casco, bajando de un motocicleta, en la entrada de un edificio en Paris, donde se encontraba con la actriz Julie Gayet, mientras aún mantenía una relación con la periodista Valerie Trierweiler, quien incluso acudía como su pareja a las reuniones protocolarias, e incluso estaba programada su presencia en la visita que realizaría el Presidente a Estados Unidos a finales de enero.

El cambio en el tratamiento que los franceses han dado a este caso, nos hace pensar no únicamente en una coyuntura mediática donde una baja popularidad del Presidente se combinó con una percepción sobre un mal manejo de los problemas del país, sino también en un sentimiento de hartazgo y decepción sobre los actores políticos, que se refleja no únicamente en una indiferencia interesada hacia el caso de Hollande, sino también en la forma en que eso se traduzca en la posible no reelección del Presidente.

Si bien un episodio como este se habría mantenido en el espacio de las revistas como Closer, en este caso la noticia rápidamente se propagó a medios que identificaron el daño que se había hecho a la imagen presidencial, por lo que también asumieron la nota.

El problema no era que tuviera una aventura con alguien más, pues incluso ni siquiera se casó con su anterior pareja y excandidata presidencial Segolene Royal, como había pasado con otros expresidentes franceses, como Chirac y Miterrand; e incluso Sarkozy libró públicamente bien su relación con Carla Bruni.

El problema es que para muchos franceses el Presidente queda como un mentiroso y desleal, lo que afecta no únicamente la imagen pública de él como jefe de Estado, sino también la perspectiva internacional sobre Francia. Mentiroso porque no dejó clara la relación con su pareja formal, sino que seguía actuando con el protocolo oficial en eventos nacionales e internacionales. Desleal, porque para muchos fue Trierweiler quien realmente manejó la imagen y relaciones públicas de Holland que le permitieron posicionarse como candidato y luego ganar la elección.

Las encuestas, ya de por sí con los niveles más bajos de aprobación para un presidente en la historia reciente de Francia, subieron de 2 a 4 puntos después de la primera declaración del presidente sobre el tema, donde dijo preocuparse más por los asuntos de su país. Sin embargo, el declive en la aprobación se ha mantenido, así como el acenso en la opinión negativa sobre la figura del presidente.

Pero además también abrió una vieja discusión sobre la consideración de Trierweiler como Primera Dama francesa en el protocolo oficial, a pesar de no estar casada con Holland. Quien es electo es el presidente y no su pareja, por lo que para muchos la figura debería desaparecer, con lo que también se resolvería el tema de la vida privada del mismo. Sin embargo, el problema no es sencillo, pues disociar la vida de una pareja del papel público de uno de sus integrantes es casi imposible.

Este caso de la sociedad francesa muestra una especie de doble moral pública, pues si bien para más del 80% de la población es un caso privado, de acuerdo a las encuestas para más del 50% sí afectará su próxima decisión electoral en caso de que Holland sea candidato, lo que obviamente determinará la decisión de diversos actores políticos.

 

 

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